Grabar
bien los recuerdos
Mohamed Malik vio como se acercaba
arrastrando sus pezuñas un camello de envergadura considerable, montado por uno
de aquellos altivos guerreros azules que se habían ganado la fama de
pendencieros y marciales con el resto de las gentes de vida errante del
desierto.
El
que se aproximaba era un joven, Kel Tamasheq, un
hombre de “los del velo” como ellos mismos se definen, cubierto de
aquel azul añil que destinta desde sus ropajes hasta su piel y les caracteriza
desde tiempos inmemoriales, por lo que también se les conoce por “los
hombres azules” o Tuareg.
Mohamed
Malik estaba en ese momento con las labores de extracción de agua de un pozo
que era referente de esta riqueza para su familia y las que les acompañaban en
su continuo trotar de mercado en mercado: así discurrían sus vidas de
comerciantes. Se trataba de uno de esos rincones de abastecimiento no muy
conocidos y que los Zenagas, pueblo bereber al que pertenecía Malik, usaban
casi en exclusiva cuando caminaban aquellos lares.
Tal vez por esa característica
humana de exagerar la exclusividad hasta convertirla en propiedad, Malik encaró
su imagen al que llegaba comunicando sin sonidos que, a pesar de su
hermanamiento étnico, el otro se adentraba en “lo ajeno”. Pero el hecho
pareció pasar desapercibido para el Tuareg que, arrastrando una nube de polvo
fue a descabalgar su montura justo ante él.
- Ahul Sanet.
Dijo
a modo de saludo el recién llegado.
A
lo que contestó Mohamed.
-
Malecum salam.
Ignorando el saludo amazigh
del Tuareg, y aún dominando lo suficiente dicha lengua.
Manteniendo
por un momento firme en él su mirada, el del velo, atravesó por delante
suya con intención de dirigirse al pozo de agua. Lo que Mohamed Malik no estaba
dispuesto a permitir, así que le retuvo agarrándole firmemente el antebrazo.
El
Tuareg miró la zona de contacto, parando inmediatamente su paso. Después sus
miradas se volvieron a encontrar, pero ahora ambas mostraban hombres crispados.
El
de azul tiró del atrapado brazo y sin saberse cómo desenvainó casi con
el mismo gesto su takuba -preciosa espada tuareg- haciéndola brillar en su
trayectoria que se alargó hasta impactar contra la de Malik.
Los
aceros silbaron y chocaron incesantemente, sin que el duelo pareciera tener fin,
hasta que pasados unos largos minutos, casi por acuerdo, ambos se detuvieron sin
dejar -por ello- de quedar enfrentados. Las miradas de los dos combatientes
impactaban, una contra otra, con tal firmeza que parecía espesarse el
espacio que los separaba.
Mohamed
Malik afirmó
- No puedes coger agua de este pozo.
Este agua es nuestra, de comerciantes Zenagas.
- Te equivocas. Yo soy Aberkan Ufrin,
del pueblo de Kel Tamasheq, y no acepto órdenes de otro hombre como yo: me he
hecho y criado en el desierto y, por lo tanto, soy tan dueño como cualquiera de
lo que hay en él.
La
lucha continuó bajando poco a poco su tono, debido al cansancio y el calor que
hacía mella en los dos hombres. Fue así que el Zenaga perdió su espada al no
poderla contener ante el peso de la del Tuareg. Y se volvió a detener el mundo.
El silencio paró el viento. Entonces Aberkan, llevó lo más atrás que pudo su
takuba y después hacia delante haciendo un amplio círculo lateral para
arrojarla lo más lejos que pudo, ante el estupor de su adversario.
Mohamed
dudo sólo un instante, el que le costó encontrar la furia en los ojos del
Tuareg, por lo que se abalanzó con fuerza sobre él y acabaron rodando ambos
por la arena. La lucha continuó con patadas, puñetazos, codazos y golpes de
todo tipo. Agarrones y desgarrones de ropa hasta ir cegando a los dos hombres
que ya casi olvidaban porqué peleaban.
Poco
a poco, muy poco a poco, Aberkan se imponía a Mohamed al tiempo que se
acercaban cada vez más al pozo. Y así fue que el Malik quedó boca arriba
sollozante y empapado en sudor y sabor a su propia sangre en la boca, de agotado
como muerto y al fin rendido a no sabía ya casi a quién ni porqué.
El
Tuareg se incorporó pesadamente, dolorido como no recordaba haber estado nunca,
para asomarse al pozo y costosamente, muy costosamente, sacar de él un cubo de
agua, con el que se refrescó, bebió, llamó a su camello y bebió él también.
Y de otro cubo, llenó sus guirbas de piel de cabra. Cuando ya se
retiraba pasó junto al Zenaga, que ahora estaba boca abajo, y al llegar a la
altura de sus extremidades superiores vio que en la arena había escrito “Aberkan Ufrin” lo que sorprendió al Tuareg que no se paró
a nada más que coger las riendas de su camello y montarlo con maestra soltura,
para alejarse del lugar levantando una nube de arena.
Pasaron
los días con sus noches, las semanas y los meses, convirtiendo aquel episodio
de sus vidas en un lejano recuerdo.
Para
ese entonces, las tribus nómadas y sus comerciantes se desplazaban hacia el
norte y las zonas donde ya había llovido, en busca de prosperidad. Era caldo de
cultivo de los comerciantes.
Una
de las zonas preferidas para ello había sido siempre el Oasis
at Timia, en Níger. La población nativa podía verse multiplicada por la
visitante con frecuencia, por lo acogedor del microclima del Valle de Timia y su
riqueza acuífera, con lo que esto significa para gentes acostumbradas a
sobrevivir con unas gotas de agua.
Aberkan
paseaba lentamente aquel atardecer. Se notaba un poco cansado a pesar de llevar
un par de días acomodado, alojado con unos familiares, en una jaima al borde
del Oasis at Timia. El acompasado movimiento de su camello, sólo ayudaba a
relajar físicamente a un hombre más hecho a estar subido a lomos de aquel
animal que a caminar.
La
luz del crepúsculo jugaba a filtrar rayos sobre la vegetación de la orilla,
que tomaban forma sólida cuando la nube de humedad que desprendía la propia
arena se elevaba y cruzaba su camino. Todo estaba muy tranquilo y Aberkan se
regocijaba en ello pensando que él se había ganado disfrutar ahora de esta paz
y descanso.
De repente, llegó de lo
lejos un grito ahogado pidiendo auxilio que sacó a Aberkan de su paraíso. Se
giró y vio como una persona se agitaba en el agua al pie de un risco
inescalable, ya agotado, resbalando sobre la pulida y húmeda piedra. A unos
siete u ocho metros de altura se encontraba el que debía ser su caballo, como
asomado nervioso y muy inquieto, seguramente por sentir la pérdida de su dueño.
Aberkan
se hizo inmediatamente una composición de lo sucedido e imagino que el que
fuera jinete de tan hermoso corcel había caído al agua, y ahora intentaba
salir de ella de forma apresurada y torpe, por donde era inaccesible su huída
del preciado líquido que, sin embargo, parece que no duda en tragarse en sus
entrañas a quienes no dominan el arte de desplazarse dejándose acariciar por
ella. El agua era así de bendita y diabólica a la vez.
No
dudó en desmontar y desprenderse de parte de su ropaje y calzado, sin hacer lo
propio con sus calzones índigo y su velo del mismo color, para lanzarse sin dudar al agua del oasis y nadar
a buen ritmo hacia el manantial o, más bien, un poco a su izquierda desviado
por las prisas. El Tuareg se paró de repente, tomó resuello y se llenó de
aire como si de agua bendita se tratase tras largos días de desierto, y
nadó hacia el desconocido con ánimo de auxiliarle.
Cuando
llegó hasta él se encontró a una persona verdaderamente desesperada, que no
atenía a razones y que manoteaba y le agarraba de todos lados a donde
alcanzara. Y parecía haber tragado agua hasta por los oídos, tanta que ahora
no hacía caso de las peticiones de Aberkan, para conseguir su calma y
colaboración. Pudiera parecer desde lo lejos que lucharan a brazo partido y,
sin embargo, no había en aquella lucha vencedor, sino dos hombres cada
vez más vencidos por el cansancio y el peso de aquel líquido que ahora
era su único enemigo.
Tras
largo rato de lucha, Aberkan consiguió despegar al hombre del
resbaladizo risco, atraerlo muy lentamente hasta la orilla opuesta, arenosa y
calma, que se les hizo muy lejana, para acabar soltándolo donde hacía pie y
llegar gateando a los bordes del agua, totalmente agotado y exhausto. El tuareg
cayo totalmente rendido hasta sumirse en un placentero sueño.
Al
despertar, tuvo que hacer un esfuerzo para poner en orden sus ideas y recordar
lo que había pasado. Fue entonces que buscó al hombre que poco antes se
ahogaba.
Recorrió
la orilla con la vista y vio como un hombre, sentado de espaldas a él se viraba
para sonreírle a modo de saludo. Le pareció captar un rasgo conocido en su
cara. Fue entonces cuando el otro saludó, “Salam Malecum”, dijo, volviéndole
a mirar sonriente, pero sólo por un instante, para retomar la labor en la que
estaba
Entonces
lo reconoció: La persona que había salvado no era otro que el Zenaga. Mohamed
Malik, le había dicho que se llamaba el día que pelearon hasta el agotamiento,
por su empeño en no dejarle extraer agua de la barriga del desierto.
La
situación era realmente extraña y aún más la actitud de Mohamed, que le daba
confiado la espalda, mientras se dedicaba a labrar algo en la piedra golpeando
una daga contra ella.
Aberkan
se incorporó y se asomó a ver la obra de Mohamed. Fue entonces que creció su
curiosidad al apreciar que lo que hacía el Zenaga no era otra cosa que grabar
hondamente y con caracteres tifinagh su nombre en la sólida roca: ABERKAN
UFRIN.
Por
supuesto, el Tuareg preguntó que cual era el motivo de esto. A lo que respondió
Mohamed Malik:
- Cuando nos enfrentamos en nuestro primer
encuentro, me sentí humillado por tu victoria. Escribí tu nombre en la arena
para acordarme de quien me hizo sentir tan mal. Pero si algo tengo claro, es que
ya tiene que estar borrado y ahora, de verdad te digo, no me interesa olvidar el
nombre de quién me salvó la vida, por eso quiero que quede grabado en piedra,
para poder decir a mis descendientes que tu nombre esta como testigo grabado en
el lugar donde casi me ahogo. Y que cuentas con todo mi aprecio y respeto,
para que ellos lo tengan con tus hijos y nietos.
Incorporándose,
estiró su brazo derecho ofreciéndoselo a Aberkan al tiempo que decía
-
Ahul Sanet Aberkan
Aberkan
le respondió
-
Malecum Salam Mohamed
Los
dos llegaron a ser los más viejos de sus respectivos clanes. El tiempo se
encargó de crear un sólido vínculo entre las dos familias. El tiempo y
aquellas celebraciones, que duraban días, que se producían cada vez que los
viejos se encontraban.
Los
de Mohamed aprendieron a compartir, de la hospitalidad de los Tuareg. Los de
Aberkan aprendieron que de la vida hay que quedarse con los buenos recuerdos y
deshechar los malos. Y, lo más importante, todos aprendieron que siendo
agradecido se consigue el mayor tesoro: el cariño y la amistad para siempre.
*
Los cuentos son de esas pocas cosas que aún
son gratis. Y es que creo que a los seres humanos (y similares) parece
encantarnos la comunicación. Casi siempre.
Los cuentos son la transmisión de
experiencias y, les aseguro, pueden sostener tradiciones y, por lo tanto,
culturas de etnias en peligro de extinción.
No dudé en ponerme a hacer este cuentito,
que transcribo a continuación, y que me contó un gran amigo al que le tengo
perdida la pista y al que me gustaría mandar un fuerte abrazo: Jose Juan
Espino.
Notas:
Aberkan
(TMZ) ("el negro o ennegrecido")
Litam
-Velo negro o azul
Takuba - Espada Tuareg
Oasis
at Timia - Niger
Tuareg
en el mercado semanal
Ahul Sanet - Saludo amazigh
Malecum salam - Saludo árabe