Grabar bien los recuerdos

 

Pedro Gonzáles Cánovas  (*)

 

Mohamed Malik vio como se acercaba arrastrando sus pezuñas un camello de envergadura considerable, montado por uno de aquellos altivos guerreros azules que se habían ganado la fama de pendencieros y marciales con el resto de las gentes de vida errante del desierto.

 

El que se aproximaba era un joven, Kel Tamasheq, un hombre de “los del velo” como ellos mismos se definen, cubierto de aquel azul añil que destinta desde sus ropajes hasta su piel y les caracteriza desde tiempos inmemoriales, por lo que también se les conoce por “los hombres azules” o Tuareg.

 

Mohamed Malik estaba en ese momento con las labores de extracción de agua de un pozo que era referente de esta riqueza para su familia y las que les acompañaban en su continuo trotar de mercado en mercado: así discurrían sus vidas de comerciantes. Se trataba de uno de esos rincones de abastecimiento no muy conocidos y que los Zenagas, pueblo bereber al que pertenecía Malik, usaban casi en exclusiva cuando caminaban aquellos lares.

 

Tal vez por esa característica humana de exagerar la exclusividad hasta convertirla en propiedad, Malik encaró su imagen al que llegaba comunicando sin sonidos que, a pesar de su hermanamiento étnico, el otro se adentraba en “lo ajeno”. Pero el hecho pareció pasar desapercibido para el Tuareg que, arrastrando una nube de polvo fue a descabalgar su montura justo ante él.

 

 

      -  Ahul Sanet.

Dijo a modo de saludo el recién llegado.

 

A lo que contestó Mohamed.

-   Malecum salam.  

 

Ignorando el saludo amazigh del Tuareg, y aún dominando lo suficiente dicha lengua.

 

Manteniendo por un momento firme en él su mirada, el del velo, atravesó por delante suya con intención de dirigirse al pozo de agua. Lo que Mohamed Malik no estaba dispuesto a permitir, así que le retuvo agarrándole firmemente el antebrazo.

 

El Tuareg miró la zona de contacto, parando inmediatamente su paso. Después sus miradas se volvieron a encontrar, pero ahora ambas mostraban hombres crispados.

 

El de azul tiró del atrapado brazo y sin saberse cómo desenvainó casi con el mismo gesto su takuba -preciosa espada tuareg- haciéndola brillar en su trayectoria que se alargó hasta impactar contra la de Malik.  

 

Los aceros silbaron y chocaron incesantemente, sin que el duelo pareciera tener fin, hasta que pasados unos largos minutos, casi por acuerdo, ambos se detuvieron sin dejar -por ello- de quedar enfrentados. Las miradas de los dos combatientes impactaban, una contra otra, con tal  firmeza que parecía espesarse el espacio que los separaba.

 

Mohamed Malik afirmó

 

     No puedes coger agua de este pozo. Este agua es nuestra, de comerciantes Zenagas.

 

     Te equivocas. Yo soy Aberkan Ufrin, del pueblo de Kel Tamasheq, y no acepto órdenes de otro hombre como yo: me he hecho y criado en el desierto y, por lo tanto, soy tan dueño como cualquiera de lo que hay en él.

 

La lucha continuó bajando poco a poco su tono, debido al cansancio y el calor que hacía mella en los dos hombres. Fue así que el Zenaga perdió su espada al no poderla contener ante el peso de la del Tuareg. Y se volvió a detener el mundo. El silencio paró el viento. Entonces Aberkan, llevó lo más atrás que pudo su takuba y después hacia delante haciendo un amplio círculo lateral para arrojarla lo más lejos que pudo, ante el estupor de su adversario.  

 

Mohamed dudo sólo un instante, el que le costó encontrar la furia en los ojos del Tuareg, por lo que se abalanzó con fuerza sobre él y acabaron rodando ambos por la arena. La lucha continuó con patadas, puñetazos, codazos y golpes de todo tipo. Agarrones y desgarrones de ropa hasta ir cegando a los dos hombres que ya casi olvidaban porqué peleaban.

 

Poco a poco, muy poco a poco, Aberkan se imponía a Mohamed al tiempo que se acercaban cada vez más al pozo. Y así fue que el Malik quedó boca arriba sollozante y empapado en sudor y sabor a su propia sangre en la boca, de agotado como muerto y al fin rendido a no sabía ya casi a quién ni porqué.

 

El Tuareg se incorporó pesadamente, dolorido como no recordaba haber estado nunca, para asomarse al pozo y costosamente, muy costosamente, sacar de él un cubo de agua, con el que se refrescó, bebió, llamó a su camello y bebió él también. Y de otro cubo, llenó sus guirbas de piel de cabra. Cuando ya se retiraba pasó junto al Zenaga, que ahora estaba boca abajo, y al llegar a la altura de sus extremidades superiores vio que en la arena había escrito Aberkan Ufrin lo que sorprendió al Tuareg que no se paró a nada más que coger las riendas de su camello y montarlo con maestra soltura, para alejarse del lugar levantando una nube de arena.

 

Pasaron los días con sus noches, las semanas y los meses, convirtiendo aquel episodio de sus vidas en un lejano recuerdo.

 

Para ese entonces, las tribus nómadas y sus comerciantes se desplazaban hacia el norte y las zonas donde ya había llovido, en busca de prosperidad. Era caldo de cultivo de los comerciantes.

 

Una de las zonas preferidas para ello había sido siempre el Oasis at Timia, en Níger. La población nativa podía verse multiplicada por la visitante con frecuencia, por lo acogedor del microclima del Valle de Timia y su riqueza acuífera, con lo que esto significa para gentes acostumbradas a sobrevivir con unas gotas de agua.

 

Aberkan paseaba lentamente aquel atardecer. Se notaba un poco cansado a pesar de llevar un par de días acomodado, alojado con unos familiares, en una jaima al borde del Oasis at Timia. El acompasado movimiento de su camello, sólo ayudaba a relajar físicamente a un hombre más hecho a estar subido a lomos de aquel animal que a caminar. 

 

La luz del crepúsculo jugaba a filtrar rayos sobre la vegetación de la orilla, que tomaban forma sólida cuando la nube de humedad que desprendía la propia arena se elevaba y cruzaba su camino. Todo estaba muy tranquilo y Aberkan se regocijaba en ello pensando que él se había ganado disfrutar ahora de esta paz y descanso.

 

De repente, llegó de lo lejos un grito ahogado pidiendo auxilio que sacó a Aberkan de su paraíso. Se giró y vio como una persona se agitaba en el agua al pie de un risco inescalable, ya agotado, resbalando sobre la pulida y húmeda piedra. A unos siete u ocho metros de altura se encontraba el que debía ser su caballo, como asomado nervioso y muy inquieto, seguramente por sentir la pérdida de su dueño.

 

Aberkan se hizo inmediatamente una composición de lo sucedido e imagino que el que fuera jinete de tan hermoso corcel había caído al agua, y ahora intentaba salir de ella de forma apresurada y torpe, por donde era inaccesible su huída del preciado líquido que, sin embargo, parece que no duda en tragarse en sus entrañas a quienes no dominan el arte de desplazarse dejándose acariciar por ella. El agua era así de bendita y diabólica a la vez.

 

 

No dudó en desmontar y desprenderse de parte de su ropaje y calzado, sin hacer lo propio con sus calzones índigo y su velo del mismo color, para lanzarse sin dudar al agua del oasis y nadar a buen ritmo hacia el manantial o, más bien, un poco a su izquierda desviado por las prisas. El Tuareg se paró de repente, tomó resuello y se llenó de aire como si de agua bendita se tratase tras largos días de desierto, y nadó hacia el desconocido con ánimo de auxiliarle.

 

Cuando llegó hasta él se encontró a una persona verdaderamente desesperada, que no atenía a razones y que manoteaba y le agarraba de todos lados a donde alcanzara. Y parecía haber tragado agua hasta por los oídos, tanta que ahora no hacía caso de las peticiones de Aberkan, para conseguir su calma y colaboración. Pudiera parecer desde lo lejos que lucharan a brazo partido y, sin embargo, no había en aquella lucha vencedor, sino dos hombres cada vez más vencidos por el cansancio y el peso de aquel líquido que ahora era su único enemigo.

 

Tras largo rato de lucha, Aberkan consiguió despegar al hombre del resbaladizo risco, atraerlo muy lentamente hasta la orilla opuesta, arenosa y calma, que se les hizo muy lejana, para acabar soltándolo donde hacía pie y llegar gateando a los bordes del agua, totalmente agotado y exhausto. El tuareg cayo totalmente rendido hasta sumirse en un placentero sueño.

 

Al despertar, tuvo que hacer un esfuerzo para poner en orden sus ideas y recordar lo que había pasado. Fue entonces que buscó al hombre que poco antes se ahogaba.

 

Recorrió la orilla con la vista y vio como un hombre, sentado de espaldas a él se viraba para sonreírle a modo de saludo. Le pareció captar un rasgo conocido en su cara. Fue entonces cuando el otro saludó, “Salam Malecum”, dijo, volviéndole a mirar sonriente, pero sólo por un instante, para retomar la labor en la que estaba

 

Entonces lo reconoció: La persona que había salvado no era otro que el Zenaga. Mohamed Malik, le había dicho que se llamaba el día que pelearon hasta el agotamiento, por su empeño en no dejarle extraer agua de la barriga del desierto.

 

La situación era realmente extraña y aún más la actitud de Mohamed, que le daba confiado la espalda, mientras se dedicaba a labrar algo en la piedra golpeando una daga contra ella.

 

Aberkan se incorporó y se asomó a ver la obra de Mohamed. Fue entonces que creció su curiosidad al apreciar que lo que hacía el Zenaga no era otra cosa que grabar hondamente y con caracteres tifinagh su nombre en la sólida roca: ABERKAN UFRIN.

 

Por supuesto, el Tuareg preguntó que cual era el motivo de esto. A lo que respondió Mohamed Malik:

 

     - Cuando nos enfrentamos en nuestro primer encuentro, me sentí humillado por tu victoria. Escribí tu nombre en la arena para acordarme de quien me hizo sentir tan mal. Pero si algo tengo claro, es que ya tiene que estar borrado y ahora, de verdad te digo, no me interesa olvidar el nombre de quién me salvó la vida, por eso quiero que quede grabado en piedra, para poder decir a mis descendientes que tu nombre esta como testigo grabado en el lugar donde casi me ahogo. Y que cuentas con todo mi aprecio y  respeto, para que ellos lo tengan con tus hijos y nietos.

 

Incorporándose, estiró su brazo derecho ofreciéndoselo a Aberkan al tiempo que decía

 

- Ahul Sanet Aberkan

 

Aberkan le respondió

 

-  Malecum Salam Mohamed  

 

Los dos llegaron a ser los más viejos de sus respectivos clanes. El tiempo se encargó de crear un sólido vínculo entre las dos familias. El tiempo y aquellas celebraciones, que duraban días, que se producían cada vez que los viejos se encontraban.

 

Los de Mohamed aprendieron a compartir, de la hospitalidad de los Tuareg. Los de Aberkan aprendieron que de la vida hay que quedarse con los buenos recuerdos y deshechar los malos. Y, lo más importante, todos aprendieron que siendo agradecido se consigue el mayor tesoro: el cariño y la amistad para siempre.

 

 

* Los cuentos son de esas pocas cosas que aún son gratis. Y es que creo que a los seres humanos (y similares) parece encantarnos la comunicación. Casi siempre.

Los cuentos son la transmisión de experiencias y, les aseguro, pueden sostener tradiciones y, por lo tanto, culturas de etnias en peligro de extinción.

 

No dudé en ponerme a hacer este cuentito, que transcribo a continuación, y que me contó un gran amigo al que le tengo perdida la pista y al que me gustaría mandar un fuerte abrazo: Jose Juan Espino.  

 

 

Notas:

 

Aberkan (TMZ) ("el negro o ennegrecido")

Ufrín (TMZ) ("el elegido")

Litam -Velo negro o azul

Takuba - Espada Tuareg

Kel Tenere - Los del velo  

Oasis at Timia - Niger  

Tuareg en el mercado semanal Senedougou, Malí

Ahul Sanet - Saludo amazigh

Malecum salam - Saludo árabe