¡El ‘gran espectáculo’ se acerca¡ (I)

 

Ramón Moreno

 

No me refiero al teatro de variedades (corrup­telas, trapícheos, conni­vencias, etcétera), del que ya tenemos una función diaria, no. Se trata del magno espectáculo circen­se que se avecina, y que ofrecerá el Gran Circo Canarias en su próxima tournéet del mes de mayo por todo el Archipiélago, con motivo de las lla­madas elecciones locales y autonó­micas. Un acontecimiento, no por repetido (lo que causa hastío, por­que siempre son lo mismos), menos esperado por la desprestigiada clase política que se quiere perpetuar en el poder, cuando no, acceder a él para hacer de las suyas. Y sobre to­do, por los distintos medios de co­municación, que harán su agosto in­formativo, con todo lo que den de sí las diversas actuaciones y la repre­sentación de los artistas de turno.

 

Un circo en el que, salvo las fie­ras, que ya están amansadas y do­mesticadas, habrá: payasos, funambulistas, trapecistas, travestistas, transfuguistas... una amplia repre­sentación, en suma, de lo más pinto­resco de esa otra fauna que estamos soportando. ¿Hasta cuándo?

 

A modo de ensayo general, y de paso seguir distrayendo al personal (ya inmerso en los preparativos del Carnaval), a principios de semana se celebró en el inoperante Parla­mento de Canarias, una representa­ción previa: la comedia política, en dos actos, protagonizada por un va­riopinto elenco de mediocres acto­res, titulada eufemísticamente, es­tado de la nacionalidad canaria. Un esperpéntico híbrido político-jurídi­co, imposible de digerir (a mí me produce náuseas), y que no se sos­tiene, ni desde el más elemental ri­gor conceptual, ni desde el punto de vista semántico ni, por supuesto, desde la insoslayable praxis jurídi­ca. Máxime, si se tiene en cuenta que este vocablo, el de nacionalidad, fue un invento de los constitucionalistas españoles, padrastros de la Constitución de 1978, sustituyen­do de forma subrepticia, el verdade­ro y auténtico término de nación. Lo que constituye -ya lo he dicho y lo reitero ahora-, una maquiavélica perversión jurídica del concepto de nacionalismo.

 

Por esa regla de tres, si naciona­lismo viene de nación (como taba­quería viene de tabaco, que dijera el extinto compatriota, Juan Valiente Matrero, q.e.p.d.), lo que no es dis­cutible; siguiendo la misma analo­gía y empleando el mismo silogis­mo, la expresión política de nacionalidad, sería, en pura lógica, nacionalidismo. O sea, que los partidos políticos que se autodefinen como nacionalistas -que los medios dan carta de naturaleza, sin más-, acep­tando la boutade de nacionalidad, son realmente nacionalidistas. Ya lo dice el diccionario de la lengua española: "Nacionalidad, carácter peculiar de los pueblos e individuos de una nación". Por tanto, ¡no con­fundamos los términos!, si quere­mos ser mínimamente coherentes.

 

En ese contexto, resultan sinto­máticas las palabras del obispo de la Diócesis de Canarias, Francisco Ca­ses Andreu, pronunciadas no en una homilía, como es habitual, sino en una entrevista concedida a un periódico de Las Palmas y publica­da el pasado domingo [28-01-07]. Dice monse­ñor, aparte de que: "En África se puede producir el colonialismo con las inversiones de las Cámaras", lo que es otro tema; que: 'Veo en Ca­narias un nacionalismo entrañable que subyace la canariedad, lo cual, me parece precioso". Es lógico -añade- "que surja este movimien­to, teniendo en cuenta el gran desconocimiento de Canarias en la Pe­nínsula".

 

Se le olvidó precisar al señor obispo de que península se trata; porque, si se refiere a la Península Ibérica, que es lo más probable, ésta la forman dos estados que se sepa: Portugal y España. Se ve que los perversos y encubridores eufemis­mos han calado también hasta en la jerarquía eclesiástica. Aunque no debe extrañarnos porque, históricamente, la Iglesia ha puesto una vela a Dios y otra al diablo, por si acaso... Y espero que no me excomulguen por esto.

 

Por otra parte, en las declaracio­nes de monseñor Cases Andreu se percibe su profundo conocimiento -el clero suele ser culto por natura­leza- de la enorme dimensión an­tropológica del auténtico naciona­lismo, como fuerza natural y motriz, que está presente en los comporta­mientos humanos, cuando el hom­bre se identifica con su tierra, sus gentes, sus costumbres y su histo­ria; componentes indisociables de las señas de identidad de un pueblo. Tampoco le son ajenos al señor obispo, a tenor de sus reflexiones, los valores intrínsecos del humanis­mo cristiano, inherentes al naciona­lismo que propugnamos y que de­manda imperiosamente Canarias. Lo cual, redundaría en la necesaria integración de valores de nuestro pueblo.

 

Con este panorama, lo cierto es que el circo de las elecciones se acerca, y el gran espectáculo está servido. En estos prolegómenos he­mos visto de todo: insultos, descali­ficaciones, veladas amenazas, alcal­des y concejales en los calabozos de las comisarías... Es el otro espectá­culo a que nos tienen acostumbra­dos esos políticos indignos, falsos representantes del pueblo canario. Con el agravante añadido, de que algunos tienen el cinismo de decir que volverán a ser candidatos, ¡co­mo si tal cosa!

 

Hasta estos extremos nausea­bundos, llegan los males endémicos de esta sociedad. Una sociedad desestructurada, carente en absoluto de un código moral, ético y deontológico; donde priman la corrupción generalizada, el tráfico de influen­cias, la prevaricación, el compa­dreo, el amiguismo, y el enchufis­mo. Con la política judicializada, y la justicia politizada, siguiendo, al parecer, la calculada estrategia de eliminar al contrincante político al precio que sea. ¡De auténtica ver­güenza!

 

rmorenocastilla@hotmail.com