¡El ‘gran espectáculo’ se acerca¡ (I)
Ramón Moreno
No me refiero al teatro de variedades (corruptelas, trapícheos, connivencias,
etcétera), del que ya tenemos una función
diaria, no. Se trata del magno espectáculo
circense que se avecina, y que ofrecerá el Gran
Circo Canarias en su próxima tournéet del mes de mayo
por todo el Archipiélago, con motivo de las llamadas elecciones locales y autonómicas. Un acontecimiento, no por repetido (lo que causa hastío, porque siempre son lo mismos), menos esperado por la desprestigiada clase política que se
quiere perpetuar en el poder, cuando
no, acceder a él para hacer de las
suyas. Y sobre todo, por los
distintos medios de comunicación,
que harán su agosto informativo,
con todo lo que den de sí las diversas actuaciones y la representación de los artistas de turno.
Un circo en el que, salvo las fieras, que ya están amansadas y domesticadas, habrá: payasos, funambulistas, trapecistas, travestistas, transfuguistas... una amplia representación, en
suma, de lo más pintoresco de esa otra
fauna que estamos soportando. ¿Hasta cuándo?
A modo de ensayo general, y de paso seguir distrayendo al personal (ya inmerso en
los preparativos del Carnaval), a
principios de semana se celebró en el inoperante Parlamento de Canarias, una representación previa: la comedia política, en dos actos, protagonizada por un variopinto elenco de mediocres actores, titulada eufemísticamente,
estado de la nacionalidad canaria. Un esperpéntico híbrido político-jurídico, imposible de digerir (a mí me produce náuseas), y que no se sostiene, ni desde el
más elemental rigor conceptual, ni desde el
punto de vista semántico ni, por
supuesto, desde la insoslayable praxis
jurídica. Máxime, si se tiene en
cuenta que este vocablo, el de
nacionalidad, fue un invento de los
constitucionalistas españoles, padrastros
de
Por esa regla de tres, si nacionalismo viene de
nación (como tabaquería viene de tabaco, que dijera el extinto compatriota, Juan Valiente Matrero, q.e.p.d.), lo que no es discutible; siguiendo la misma analogía y empleando el mismo silogismo, la expresión política de nacionalidad, sería, en pura lógica, nacionalidismo. O sea, que los partidos políticos que se autodefinen como nacionalistas -que los medios dan carta de naturaleza, sin más-, aceptando la boutade de nacionalidad, son realmente nacionalidistas.
Ya lo dice el diccionario de la
lengua española: "Nacionalidad,
carácter peculiar de los pueblos e
individuos de una nación". Por tanto, ¡no confundamos los términos!, si queremos ser mínimamente coherentes.
En ese contexto, resultan sintomáticas las palabras del obispo de
Se
le olvidó precisar al señor obispo de que península
se trata; porque, si se refiere a
Por otra parte, en las declaraciones de monseñor Cases Andreu se percibe su profundo
conocimiento -el clero suele ser culto por
naturaleza- de la enorme dimensión antropológica del auténtico nacionalismo, como fuerza natural y motriz, que está presente en los comportamientos humanos, cuando el hombre se identifica con su tierra, sus gentes, sus costumbres y su historia; componentes indisociables de las señas de identidad de un pueblo. Tampoco
le son ajenos al señor obispo, a tenor de
sus reflexiones, los valores
intrínsecos del humanismo cristiano, inherentes al nacionalismo que propugnamos y que demanda imperiosamente Canarias. Lo cual, redundaría en la necesaria integración de valores de nuestro pueblo.
Con este panorama, lo cierto es que el circo de las elecciones se acerca, y el gran espectáculo está servido. En estos prolegómenos hemos visto de todo: insultos, descalificaciones, veladas amenazas, alcaldes y concejales en los calabozos de las comisarías... Es el otro espectáculo a que nos
tienen acostumbrados esos políticos indignos, falsos representantes del pueblo canario. Con el agravante
añadido, de que algunos tienen el cinismo de decir que volverán a ser candidatos, ¡como si tal cosa!
Hasta
estos extremos nauseabundos, llegan los
males endémicos de esta sociedad.
Una sociedad desestructurada, carente en absoluto de un código moral, ético y deontológico; donde
priman la corrupción generalizada, el
tráfico de influencias, la prevaricación, el compadreo, el amiguismo, y el enchufismo. Con la política judicializada, y la
justicia politizada, siguiendo, al parecer, la calculada estrategia de eliminar al contrincante político al precio que sea. ¡De auténtica vergüenza!