Grilletes virtuales
Juan Jesús Ayala
Estamos en un mundo pleno de virtualidad, la realidad se tiene que disfrazar con miles de componendas enmarcadas dentro de un lenguaje confuso para que se instale en la sociedad el disimulo y también para tapar las vergüenzas y pensar que al hacerlo así engañamos a no se sabe quien y siempre a nosotros mismos.
Los esclavos se vendían en el mercado hasta hace apenas un siglo, el hombre blanco que era heredero de una cultura exquisita y bajo la influencia de insignes literatos y filósofos de nada le valió, porque al fin vivió subsumido por políticos que desde la tiranía y el despotismo propiciaban el comercio con seres humanos, que engrilletados iban de África a América y a Europa.
Los grilletes eran el símbolo de la opresión, de la ignonimia y de la bajeza más lacerante que el mundo civilizado a puesto en práctica. La esclavitud se abolió y por esta causa se-produjo alguna que otra guerra civil, sin olvidar la de Secesión americana, y a los que habían llegado de Tanzania, El Senegal o El Congo se intentó dignificarlos como personas y sus cadenas fueron rotas para que pudieran circular por el mundo con los mismos derechos que el resto de los mortales. Y se sabe que a pesar de ello, muchos, en algunos países, siguieron teniendo la condición de esclavos, pero no con tanta indignidad y se liberaron de las jaulas carcelarias y sus cadenas ya oxidadas cayeron al fondo de los mares por donde habían llegado como remeros forzados de galeras mercantiles.
Pero el lenguaje y su virtualidad ha venido a decir o querer decir que la esclavitud no existe y que si existe es de una manera solapada y subrepticia porque no se oyen tintineos de campanillas atadas a los tobillos de los desheredados de la tierra, ni arrastres de grilletes como no sea en las prisiones de los EEUU. Se ha dicho que la esclavitud no existe porque está incrustada en la virtualidad que favorece su dilución dentro de una realidad vergonzante y perfectamente palpable y contrastable.
La esclavitud no ha desaparecido y el runruneo de las cadenas se sigue oyendo, los grilletes contemporáneos que pertenecen a la economía global están adecuadamente engrasados y más que nunca por la violencia física, la amenaza, la confiscación de pasaportes o la carencia de alternativas en un sistema productivo viciado. Alguien dijo que la esclavitud contemporánea se diferencia de la tradicional, en que es indiferente al color y raza aunque irremisiblemente afecta a los colectivos pobres azotados por la guerras o sin expectativas de futuro. Después del tráfico de armas y de drogas la trata de personas es la actividad ilegal más lucrativa del mundo que mueve un negocio que ronda lo 7.000 millones de dólares al año, tiene ramificaciones en un centenar de países e incorpora entre 600.000 y 800.000 nuevas víctimas al año.
Y la gran paradoja es que los nuevos esclavos son presentados por los gobiernos europeos como dinamizadores de la economía. O sea los que en su día perdieron la historia ahora aunque se haga algún tipo de ajustes siguen siendo los grandes derrotados de su historia actual.
Y las Islas, las nuestras, están siendo campo de operaciones y de experiencias, ya no piloto, sino en pleno rendimiento de ese tipo de esclavitud modernista; ingentes cantidades de personas circulan, mal circulan, por este territorio arrastrando cadenas y privadas del bienestar apetecido. Canarias no ha sido irrespetuosa con el que llega, pero cuando las avalanchas son incontables, cuando los requisitos legales se bordean o se eluden, cuando no existe el control para que los que llegan lo hagan en condiciones para poder realizar su trabajo sin tapujos, se esta colaborando con esta esclavitud sujeta a grilletes virtuales.
Se hace necesario que los gobiernos, los que intervienen, o deben hacerlo, en las cuestiones de estado se enteren que están contribuyendo de alguna manera por sus desidias y sus inoperati-vos silencios a que la esclavitud siga implantada en el planeta dado que las medidas que se toman son livianas, de andar por casa y todo estriba en hacerse la vista gorda cuando delante de los ojos tenemos lo que tenemos ya que la evidencia es clara pero da la sensación que esto no va con nosotros, que esta en la lejanía y que apenas nos toca.