Las heridas de África

Juan Jesús Ayala

África se desvanece, está herida de muerte. La peste del sida, la hambruna, las guerras tribales y la influencia económica de las multinacionales que tienen a los países de África endeudados son boquetes desgarradores por donde se derrama la sangre de un continente destinado al fracaso, a no levantar cabeza porque no tiene disponibilidades propias para hacerlo, aun teniéndolas, y es porque es necesario para el desarrollo de algunos el subdesarrollo de muchos. Así lo dicta la ética protestante que es la que conduce al mundo capitalista, o al que hoy se le llama globalizado o de los G-8.

Y a nosotros, canarios, que contemplamos estupefactos los vaivenes de una tierra cercana lo que nos puede preocupar por vecindad sea esa parte del mundo subsahariano. Expertos del Centro de Desarrollo de la OCDE y de la Banca Africana del Desarrollo presentaron un estudio que analiza la economía de esa parte del continente africano. El peso de África en la economía mundial ha disminuido en el curso de los últimos cincuenta años de manera inquietante tanto desde el punto de vista del PIB como de las exportaciones y de las inversiones externas. Y el único ámbito en que la cuota del continente continúa aumentando es en de la población. Entre 1950 y hasta hace bien poco la población africana ha crecido del 8 al 13 por ciento del total mundial, pero el PIB ha disminuido del 3,5 a poco menos que el 2,5; las exportaciones del 7 al 2 por ciento y las inversiones extranjeras del 6 al 1 por ciento. Con esto se deduce que al mundo internacional del negocio lo único que le interesa de África son solo sus materia primas y menos aun salvaguardar de la terrible enfermedad del sida que afecta al 8 por ciento de la población y que deja cerca de 10 millones de niños huérfanos.

Y por otro lado están las guerras tribales, que a veces son de difícil explicación aunque la más que se acerca a la realidad sea la apetencia por la riqueza y mediatizada como no podía ser de otra manera por ciertos poderes ocultos occidentales que no son tan ocultos porque sabemos quiénes son los instigadores.

El africanista francés Jean Francois Bayar manifiesta que África se ha convertido en una especie de régimen guerrero que regula la alternancia en el poder, el acceso a la riqueza, la movilización política de la juventud, la legitimación de las autoridades, el cambio social entre las relaciones de los sexos, la modernización tecnológica y que condiciona y como telón de fondo el fracaso de una política distributiva.

Sería pues necesario que África auspicie el camino de la revolución para ver si la redistribución de la riqueza se hace más equititativa y los desheredados que son los que parten hacia el primer mundo se queden y participen de los beneficios de una fuerza de trabajo joven y que se dice que son útiles, para que esos inmigrantes apuntalen el estado del bienestar europeo. La revolución sería la solución porque los señores de la guerra son los que en realidad fabrican los conflictos y son personajes que reúnen entre sí el componente militar político y económico, o sea son empresarios político-militares que usan la guerra como medio de producción para buscar su provecho mediante riquezas que pretenden atesorar y están en Liberia, Somalia, Sierra Leona, Angola, Zaire... Y de ahí la pregunta: ¿si la guerra la promueven los cincuenta poderosos para desheredar a una multitud, no sería más lógico y consecuente que sean esos cincuenta o cien los que tengan que venir en cayucos o lo que sea y el resto se queden para que una vez que la riqueza se distribuya se vaya la pobreza extinguiendo y desde un control cuasi revolucionario las cosas se pongan su sitio y que no es otro que se tenga que comer y se provea de una vida digna a los que mercanchifles del tráfico de personas y emprendedores de guerras tribales están usurpando?

Las heridas de África no se pueden cicatrizar fácilmente porque su extensión es muy amplia y desordenada que cuando se intenta suturar por un lado aparece la hemorragia por otro, y cuando no es la rivalidad tribal es el desamparo, además que da la impresión que se desea un África empobrecida y mendigante porque el comercio de las armas y la explotación del hombre por el hombre no cesará y siempre hay que tener pretextos para que los poderosos intervengan y sigan forrándose de la calamidades y carencias de los menesterosos.