Historia mágica del campus
Juan-Manuel García Ramos
El campus al que me refiero es el de Guajara, en La Laguna, donde doy clases una parte del año y donde me sucedió algo insólito el pasado martes.
Como casi todos los mediodías, llegué al aparcamiento reservado -todavía- a los profesores y ascendí luego a pie por unas escalinatas, escoltadas por frescas palmeras y bellos y esbeltos cipreses -que para mí no son árboles mortuorios sino memoria de mis paseos excitantes por la bella región de Toscana- hasta desembocar en la plaza -merecida plaza- "José Carlos Alberto Bethencourt", en la que se encuentran los edificios de Psicología, de Geografía e Historia y Filología, facultad esta última donde tenemos nuestro despacho.
Es un trayecto rutinario que hago con gusto porque los jardines del campus están cuidados con esmero y resultan reconfortantes para todos los que transitamos por ellos.
La mencionada plaza está presidida, en el centro, por una escultura algo erótica de Claude Viseux, unos metales relucientes que contrastan con la arboleda del entorno, eucaliptos silvestres y una modalidad de acacias apaciguadoras, como las que plantó José Arcadio Buendía cuando llegó a Macondo en Cien años de soledad.
En los días soleados, esa plaza está habitada de alumnos y alumnas jóvenes que hablan en corrillo, otros que toman sol en los bancos o llaman a sus amados o a sus amadas por teléfonos móviles de tarjeta.
Ése es el paisaje humano con el que me encuentro cada mediodía laboral, es el paisaje que esperan mis retinas cuando termino de subir las escalinatas que me conducen desde el aparcamiento hasta la plaza rodeada de los pórticos de los edificios de las facultades aludidas.
Pero el pasado martes ese paisaje estaba completamente transformado, radicalmente sustituido, y en lugar de tantos proyectos de vida como representan los jóvenes de todos los días, me di de bruces con una muchedumbre de ancianos que hablaban en corrillos, tomaban el sol en los bancos y no llamaban a nadie por sus teléfonos móviles, porque no existían esos artefactos en sus manos, sino que animaban una parranda armada con un acordeón bien afinado que resonaba en todo el recinto y bailaban unos con otros, más mujeres con mujeres que mujeres con hombres, porque los hombres eran más bien escasos y estaban cohibidos con el ambiente reinante.
Aquello me pareció un espejismo: de pronto, los jóvenes consabidos se habían metamorfoseado en viejos sorprendentes. Lo habitual se convertía en inquietante. En mi mente literaria, se me antojó que los jóvenes de todos los días habían envejecido repentinamente y ahora descubría en los rostros de los ancianos rasgos atribuibles a los adolescentes de mis jornadas tradicionales. ¿Era posible aquello?
Por supuesto, el Kafka de La metamorfosis y el Jorge Luis Borges de tantas ruinas circulares venían en mi auxilio para aliviarme de cualquier riesgo de enloquecimiento. Esa escena inhabitual era una broma de la naturaleza que debía tratar de entender y de asimilar.
Acaso a mí me satisfizo equivocarme, tal vez venía predispuesto a dejarme engañar con las falsas apariencias de una realidad consuetudinaria.
¿Dónde estaban los jóvenes de siempre? ¿Quiénes eran esos viejos intrusos? ¿Cómo podía haberse dado una permuta de papeles tan categórica? ¿Y por qué aquel acordeón tronando a los cuatro vientos?
La casualidad de la vida también se cruzaba en mi camino: esa tarde íbamos a ver en clase un capítulo de Cien años de soledad donde el protagonista es un bisnieto de Úrsula Iguarán, la fundadora de Macondo, un Aureliano Segundo que se pasa el día armando parrandas con su acordeón a cuestas, imitando a los grandes del vallenato colombiano, entre ellos a aquel Francisco el Hombre que tuvo un desafío con el diablo y vivió doscientos años.
Con aquel escenario cambiado me metí en mi despacho, preparé los asuntos de la clase y me dirigí al aula, que se encuentra en un edificio al fondo de la plaza de marras. Cuando atravesé la muchedumbre de ancianos, algunos de ellos me miraron con mucho respeto pero con rostros extrañados por mi presencia; estaban en posesión del territorio y yo era un advenedizo en su jurisdicción de música, de meneos armónicos de cuerpos acartonados, de eucaliptos silvestres y de acacias floridas, de metales refulgentes y de sol amable sobre sus cabezas agrisadas por la edad.
Cuando llegué al aula y me encontré con mis alumnos les confesé todo lo que había sentido minutos antes.
- ¡Temí que se me hubieran envejecido de pronto debido a cualquier peste del tiempo que hubiera entrado en nuestras instalaciones académicas! -les espeté con ciertas ganas de provocarlos-.
Sin duda, los cogí por sorpresa, pues algunos de ellos no sabían de la presencia hegemónica de los viejos en la plaza y mi comentario les sonaba a algún desvarío de su profesor. Seguí la broma y les hablé de la confusión que había padecido antes de incorporarme a clase. Extremé las cosas y les expliqué que en los ancianos de la plaza yo había detectado algunos de los rasgos y los perfiles de algunos de ellos, de esos alumnos que tenía ahora delante, y que por unos momentos había temido por la vertiginosa decrepitud sufrida. En esos instantes la clase se llenó de literatura.
La literatura está en todos los entresijos de la vida a poco que queramos detectarla. Nos sirve para salir de nosotros mismos y para visualizar nuestro paso por este mundo desde otros sentires y padeceres, valgan las palabrejas. Todo el ejercicio de imaginación que yo había hecho esa tarde de martes, cuando contemplé los escenarios de mi rutina alterados, era producto de mi mente formada tanto por la realidad pedestre como por la ficción de mis lecturas.
Les confieso que me divertí mucho excitándome a mí mismo con mis pensamientos desaforados, viendo lo que quise ver, construyendo el mundo a mi antojo y mutando, como ya dije, lo habitual en insólito, y la realidad convencional en algo inesperado y angustioso. Es un buen método para conjugar a nuestro antojo lo que nos sucede, para divertirnos con los lances de la vida y jugar con nuestros propios naufragios. La literatura tiene como finalidad primera constituir el universo interior de las personas que a ella se acercan, dotarlas de reflejos más ricos y hacerlas menos dependientes de los convencionalismos al uso.
La historia mágica del campus que yo había construido en mi cabeza de veterano profesor y de novelista discontinuo era tan sólo una jornada de puertas abiertas universitarias a la tercera edad. Los jóvenes de todos los días estaban a salvo con sus cumpleaños inalterados y no había ocurrido ningún milagro triste de panes y peces cronológicos. El tiempo seguía en su sitio.
Cuando salí de clase, una hora después, no había rastro alguno de la presencia de los ancianos en la plaza. De nuevo estaba ocupada por la juventud de siempre, que hablaba plácidamente en corrillos, tomaba el sol con regocijo y llamaba a sus enamorados/as con voz quejumbrosa.
¿Habían siquiera existido los ancianos aquella tarde en ese sitio? ¿Era todo un extravío de un profesor de literatura cualquiera?