El hombre como
fábrica de cultura
Juan Jesús Ayala
El
hombre escapado de su trampa biológica, distanciado del eslabón perdido, removiendo
mundos, mares y con ansias de llegar a otros planetas se ha convertido en un
hecho cultural, no tanto por su dimensión de primate humanizado, sino también
por todo lo que encierra que es su propia finalidad y que no es otra cosa que
ser eso, nombre fabricador de cultura y es esa cultura la que lo define bien
de una manera o de otra.
La
cultura es la información que se trasmite entre cerebros, es decir, la
información trasmitida por aprendizaje social. La cultura pues abarca todos los
conocimientos, capacidades y hábitos adquiridos en una sociedad, es decir no
heredados genéticamente. Y si la cultura se caracteriza como herencia es sólo
como herencia social no biológica.
Mediante
la cultura se conservan y acumulan adquisiciones informativas del pasado. Esa
información generada en el pasado, trasmitida por medios no genéticos y
conservadas en el presente forma la tradición cultural, a la que cada
generación añade sus propias aportaciones. Y este carácter acumulativo de la
cultura humana constituye la principal diferencia respecto a la cultura de otros animales
superiores. El triunfo total de
nuestra especie no es el triunfo de la naturaleza humana sino de la cultura
humana. Y tanta importancia tiene la cultura en la dinámica de los pueblos
que ahí estriba la diferencia entre unos y otros. Y no se es mejor porque se
posea más tecnología como no se dispone de más valoración porque se tengan más
o menos recursos económicos. Sí que se puede tener todos los 4 avances
tecnológicos que se quieran, pero eso no dice nada de un pueblo, no dice nada
de la diferencia entre unos
humanos y otros.
La
civilización con sus modernas tecnologías va por un lado y la cultura como
dimensión inherente a lo humano va por otro. Que se puedan cruzar en el
camino, mejor, quizás sea el punto de partida para una convergencia interesante.
Los pueblos se dignifican, determinan y se definen cuando comparten una
cultura, cuando asimilan tradiciones, símbolos, cuando rastrean rastros de su
historia y más aun todos los vestigios y barruntos de la misma. La cultura
compartida y una historia que se recrea en el pasado y otra que se quiere
construir es lo que dará esplendor a un pueblo que no quiere estar sometido a
la dictadura de la tecnología.
Cuando
las naciones como grupo humano se han formado a parte de aquellas que lo han
sido y son por medio de la opresión, dictaduras o maridajes lo han hecho porque
así se ha querido por los que habitan un determinado territorio y comparten la
misma cultura. Cuando un pueblo es quietista, se mira en un pasado que le han
dictado y que ni entiende, cuando pretende dar un paso hacia adelante será un
pueblo adocenado, sin referentes, sin animosidad y alejado de sí mismo.
La
cultura hace al hombre, lo desgaja de su biología humanoide,
lo endereza y pone en disposición y junto al otro para romper esquemas
preestablecidos e ir hacia la búsqueda de su interés.
Los
sistemas socioculturales y las naciones carecen de intereses. Sólo los
individuos tienen intereses. Y la cultura es el medio para satisfacer esos
intereses. Cualquier cambio que conduzca a una mejor satisfacción de sus intereses y
deseos constituirá un progreso cultural y será saludado como tal por propios
y extraños.
Ahora
que las campañas electorales se afinan y donde se habla de identidad, de
pueblo, de patria, de canariedad, es el momento oportuno para afinar el
concepto para dar en el clavo de las cuestiones, de dar satisfacción, y sólo
podrá lograrse si tenemos la certeza como está nuestra cultura si está o no
colonizada, si somos nosotros o somos ellos, si es asimilable, fuerte
o está escurridiza, temblona y tímida, si está o no dinamizada, porque si no
fuera así se estará en la ignorancia de lo que se podrá hacer como hombre cultural,
y como pueblo sí se podrá llegar hasta aquí o hasta más adelante.