La huella
ecológica de las carreteras
Juan Domingo
Delgado García *
La civilización humana se ha expandido por todo el Planeta gracias a
un creciente flujo a través de la infraestructura de transporte terrestre. Hoy
día, el traslado por tierra de personas y mercancías alcanza casi cualquier
parte habitada del globo, y la infraestructura viaria es una necesidad y una
seña de identidad del hombre como especie. La red viaria es una parte integral
del paisaje, y hasta el más radical de los ecologistas usa autopistas,
carreteras y pistas para llegar a los lugares más remotos.
Ahora bien, el comportamiento ecológico de las
mismas está lejos de ser ejemplar. En nuestro archipiélago, la red viaria crece
aún significativamente. Pero la proliferación de las carreteras no es un
problema aislado, sino que implica a otros subsistemas, así el económico-productivo,
el cultural y la planificación territorial; un sistema viario ideal debe
articular tos flujos sin fomentar el desequilibrio entre los sectores
agrícola, urbano, industrial y turístico. Estamos en un círculo vicioso, en el
que los desequilibrios sectoriales promueven un crecimiento desmesurado e
innecesario de la infraestructura viaria y del parque de vehículos para servir
a una población creciente, hambrienta de espacio y dependiente de la producción
exterior.
La legislación de impacto ambiental prescribe qué
sean descritos los efectos de los proyectos viarios sobre el medio ambiente,
francamente infravalorados como causantes de daños a la naturaleza. Pero
muchos estudios de impacto predicen sólo una pequeña parte de los posibles
efectos ecológicos.
Un primer efecto es simplemente la superficie de
ecosistema que es eliminada por cada kilómetro de carretera construido. Una vía
de 7 metros de anchura consume 0,7hectáreas, algo más del equivalente de un campo
de fútbol por kilómetro. Pero, por desgracia, los efectos van más allá de la
simple eliminación del habitat natural. Desde ambas
orillas viarias se propagan los efectos hacia el ecosistema envolvente, desde
unos metros hasta varios kilómetros, y se ha de sumar tal zona de afección para
obtener una estima realista de los daños. En la jerga científica, esto se
conoce como efecto de borde viario. La red viaria de Canarias mide en
total unos 12.000 kilómetros. Si lo multiplicamos por dos, que son los márgenes
de cualquier carretera, tenemos la inquietante cifra de 24.000 kilómetros de
bordes de carreteras: tal es el perímetro de ecosistemas expuestos a efectos
viarios perjudiciales que pueden llegar a penetrar decenas, centenares y hasta
miles de metros en las áreas naturales.
En la tesis doctoral del que suscribe, se midieron
los efectos colaterales de carreteras relativamente estrechas (5-7 m) de los
bosques canarios. Cerca de los bordes la temperatura del suelo y del aire aumenta,
y la luz incide más directamente dentro de la masa forestal. Además pudimos
comprobar que los animales del suelo de bosque de laurisilva,
concretamente los invertebrados (babosas, arañas, insectos, etc.), cuentan con
más individuos de especies introducidas (p.e un
milpiés sudafricano, el bicho carretero) que las especies nativas,
especialmente en los márgenes viarios.
El parque de vehículos insular es enorme; el número
de vehículos por habitante se aproxima bastante a uno. El tráfico de tal volumen
de coches, guaguas y camiones por las carreteras canarias no pasa ecológicamente
desapercibido. Uno de los impactos más evidentes es el ruido. Hemos observado
que una de las dos especies endémicas de palomas de laurisilva,
la paloma turqué, es más escasa cerca de carreteras
forestales muy transitadas y ruidosas, como el acceso a Anaga
desde Las Mercedes,
que en áreas más tranquilas y alejadas. Una carretera es una barrera psicológica
y física para muchas especies animales, incapaces de cruzar una
pistas de sólo 4-5 metros de anchura y sin tráfico (imaginemos una gran
autovía o autopista). El aislamiento es tal, que una misma especie puede formar
poblaciones genéticamente distintas a uno y otro lado de la carretera.
Los modelos continentales de desarrollo no son
fácilmente aplicables a territorios insulares. Aunque teóricamente parece quedar
mucho espacio disponible, comprendamos que las islas tienen sus propios límites
estructurales y ecológicos al desarrollo de carreteras y otras infraestructuras,
que se van amontonando de forma irreversible.
No pretendemos decir que deba detenerse
la restauración y acondicionamiento de la red viaria, antes bien, estas
actuaciones son legítimamente oportunas y necesarias si se observan buenas
prácticas y mecanismos efectivos de evaluación, seguimiento y mitigación de
impactos. No tratamos de demonizar sin más a todas las carreteras; tan solo
sugerimos que hay esquemas viarios que pueden causar daños irreparables
ofreciendo en cambio poco o ningún provecho a medio o largo plazo para el
conjunto de la sociedad isleña. Tengamos presente que los efectos de cualquier
infraestructura superan siempre sus limites y se propagan y multiplican hacia
el medio circundante a grandes distancias. Si por un lado restamos superficie
y dividimos el territorio por una necesidad de transporte, por otro lado debemos
proteger nuevas áreas naturales y mejorar su conectividad, sin prolongar por
más tiempo el asfaltado sin paliativos de las islas y el protagonismo dantesco
del parque de vehículos por encima de otros valores.
* Doctor
en Biología, ULL