Identidades destruidas
Juan Jesús Ayala
Había comentado días pasados sobre el concepto de identidades construidas el que se significaba desde de las reflexiones político-filosóficas de Habermas con el que se daba la dimensión necesaria para que pueblos que permanecían fosilizados en lo que respecta a su identidad, para sobrevivir y para optar a ser un pueblo diferenciado no tenían otra alternativa que imaginar e inventar otra nueva.
Sin embargo, la historia nos dice que muchos pueblos y naciones han sido arrasadas desde su esencia mas íntima por políticas violentas, unas veces que ha hecho que desaparezcan de su entorno sus esencias culturales y otras desde una aculturización atroz y en el tiempo, ocasionando que sean irreconocibles. Y ejemplos hay de un lado y de otro.
Con el final de la guerra fría y la caída del comunismo se suponía que el peligro de una tercera conflagración mundial se había extinguido pero nos encontramos con la gran paradoja que han sido mas las víctimas por las guerras de religión, étnicas y de clanes que las ocasionadas en el periodo que va desde 1939 a 1945. Por lo que se ha llegado a decir que "la mundialización tiene una gran contrapartida cual es la exacerbación de los particularismos". En Europa los irlandeses católicos y los británicos protestantes pelean en el Ulster en vías "de lograr al fin una paz. Lo mismo los serbios y albanos de Kosovo; los turcos y los griegos en Chipre. En Francia el problema corso. En la España nacional la cuestión vasca, la catalana, y la dormida cuestión canaria. En Canadá los francófonos de Quebec que reivindican su identidad en relación con el Canadá anglófono. En Ruanda, en Burundi, en Nigeria, en los dos Congos, en el Chad, en el Níger, en Senegal, Etiopía, Somalia, etcétera. En Asia los kurdos luchando para sobrevivir como pueblo. Israelitas y palestinos que parece que después de dejar un reguero de destrucción inician unas conversaciones de paz que es de desear no cristalice en una guerra interminable por los radicalismos exacerbados. En Afganistán, en la India los musulmanes de Cachemira. En China los budistas tibetanos resisten al poder central y comunista de Pekín. En el norte de Timor se lucha en contra del poder indonesio; en Oceanía los canaques de Nueva Caledonia y los amori de Nueva Zelanda. Estos son ejemplos que nos hacen sentar la teoría que existe una predisposición perfectamente calculada por algunos poderes, a veces político y mas económico-político en íntimo maridaje que deja tras de si los rastros de una identidad que esta dejando de ser.
Además, se sabe que cada grupo social puede tener dentro de si dos componentes identitarios por lo que se debe lograr para que exista un adecuado equilibrio que sea la primigenia, la original la que mande, la que timonee el futuro y trace el camino que hay que cruzar para conseguir la realización de su estructura socio-política, en caso contrario cuando es lo foráneo lo que se imita y lo que prevalece el caos está a la vuelta de la esquina.
Las identidades destruidas no son asumidas por aquellas políticas que amparadas en la ambigüedad además, colaboran para que en el tiempo se extingan valores culturales asimilados desde la formación de pueblos que la aculturización penetrante los desdibuja y desfigura no quedándole otra alternativa a estos para dar con sus raíces que ir a los libros de historia. De una historia nostálgica que no acude a la memoria, que se queda en el umbral y que hace que muchos comunidades sean solo testigos mudos de sus páginas muertas.
¿No estaremos nosotros, como pueblo, como entidad cultural, como comunidad política sometida a una permanente desaparición de todo aquello que nuestros antepasados construyeron y que desde un pasotismo y quietismo desesperante se está colaborando a que los silencios de años se vuelvan aun mas ensordecedores y que no oigamos mas que lo cantos de sirena que nos suenan al oído por las voces de los embaucadores? ¿No estaremos, tal vez, entre todos contribuyendo a que la identidad canaria apenas ya si exista, y estemos hablando de una entelequia que no nos queda más remedio que inventar, construir, como dice Habermas si es que queremos sobrevivir como pueblo? A lo mejor. Y ahí el dilema: o somos capaces de debatir nuestro futuro o este se nos escapara, como lo está haciendo, de las manos.