La ideología nacionalista
Juan Jesús Ayala
El título de este artículo seguro que a muchos de los que opinan sobre el nacionalismo le chocará y quizás hasta les produzca cierta hilaridad dado que no se cansan de decir que el nacionalismo es un sentimiento, un apego por el terruño y que lo que pretende es desbloquear las señas de identidad de los pueblos, para que, junto con una simbología ramplona o inventada, caminen hacia el pronunciamiento de un territorio concreto que denominan región, nacionalidad o lo que ustedes quieran.
Los que eso comentan y así lo manifiestan, están dándole patadas descaradas a los conceptos que la teoría política tiene más que estudiados y estructurados para que determinadas cuestiones y términos como el nacionalismo tengan perfectamente asimilado que este es una ideología.
Es evidente que lo que prima actualmente en el debate político del mundo occidental y lo que tiende a organizar la sociedad de buena parte de ese mundo no es la categoría de clase la que como tal está disminuida, infravalorada y sin la carga ideológica como la que tuvo hacia finales del siglo XIX y gran parte del XX. Hoy es más definitorio y definitivo la categoría de nación que la categoría de clase. Las clases que han emergido dentro del Estado del Bienestar se han ido aproximando, y así como la izquierda marxista se ha difuminado tras la caída del Muro de Berlín, la derecha liberal y la izquierda socialdemócrata tienen mas puntos en común que marcadas diferencias, y si no que se lo pregunten a Tony Blair con su propuesta del socialismo liberal o la opción de la Tercera Vía que decididamente apuesta por un cruce entre lo social y lo liberal. O sea, la derecha y la izquierda se han encontrado y es ese el paradigma que se pretende imitar.
Por lo tanto, sucede que el nacionalismo, que es un fenómeno no moderno que crea modernidad, está en lisa, en el palpito de la opinión y sobre el cual los desvíos conceptuales son determinantes y creadores de confusión.
¿Es o no una ideología el nacionalismo? Sabemos que el concepto de ideología es un tanto astuto y escurridizo, y que se remonta desde los viejos tiempos. Concretamente, Platón ya distinguió entre el mundo cognoscitivo o apariencia y el de las esencias y realidades. Sin embargo, cuando se reafirma el término de ideología es a comienzos del siglo XIX para definir la ciencia de las ideas. Su inventor fue Destutt de Tracy, director que fue del Instituto de Investigación Científica de Francia; concepto desarrollado más tarde por Saint-Simon y Comte. Sin embargo, la mejor definición de ideología fue la de Marx, para quien la ideología es capaz de transformar una colectividad de individuos en una fuerza social completa y dirigida hacia una acción coordinada dentro de una lucha común. La ideología hace posible que se pospongan fines e intereses particulares ante un objetivo común. La ideología es según Gramsci el resorte principal del real drama humano.
El núcleo de una ideología es el compromiso con un ideal y las consiguientes acciones para alcanzarlo. Y esa ideología surge de las necesidades, sobre todo, de las necesidades de encontrar sentido a situaciones sociales y políticas. Y es la necesidad por tanto lo que domina e impregna el intelecto de las personas y se intenta poner en tránsito para, ante violencias aculturizantes, legislativas y ante carencias de poder usurpadas por terceros, desarrollarla y situarla en el núcleo de una colectividad, para entre los que así piensan llegar a una estructura determinada, llámese nación, vía del nacionalismo. El nacionalismo persigue la construcción de una conciencia nacional a través del desarrollo intelectual.
Hoy la gente sufre y se debate en la incertidumbre de un territorio concreto; la lucha de clases se ha quedado sin ser el motor de la historia, como dirían los marxistas ortodoxos. Las guerras del momento, aunque sean de religión, son por el territorio. Ahí el debate es más cruento, entre la vida y la muerte.
El territorio es lo dominante, es lo que interesa, es lo que hay que defender, y más cuando los peligros que se ciernen sobre él vienen por diferentes lados, y las más de las veces se intuyen fantasmas desdibujados en miles de pretensiones que se nos escapan de las manos.
El nacionalismo intenta como ideología ordenar un universo desordenado, maniatado, tergiversado y mediatizado; un universo sobre el cual no se dispone, donde nos encontramos extraños; un universo que busca su dimensión política y su espacio cultural, y ahí en ese compromiso se mezclan las clases, la derecha y la izquierda en el intento de la búsqueda de una solución que es ni más ni menos que a través de la elaboración de una conciencia nacional clara y determinante lograr la meta final que no es ni debe ser otra que la construcción de la nación.