Playa y cumbre
El Imperio por dentro
Lorenzo Doreste
Pues a mí los Reyes Magos siempre me traen ropa, y papá Noel, libros, y entre los libros de este año hay uno que recomiendo a todas las personas que quieran conocer algunas claves importantes del mundo en que vivimos. Se titula "Confesiones de un gángster económico", su autor es John Perkins, y la editorial, Tendencias.
John Perkins es un yanqui de Nueva Inglaterra con tres siglos de solera familiar. Nació en 1945 y se graduó en economía en la Universidad. Comenzó a trabajar en la MAIN, una consultoría internacional. Fue destinado a Indonesia, formando parte de un equipo de once hombres. Después cumplió otras misiones en África, Asia, Latinoamérica y Oriente Próximo, pero en todas partes su objetivo era el mismo: Sobredimensionar. Sí, había un país subdesarrollado, pero con grandes rentas petrolíferas, rentas reales o rentas en potencia. Entonces las empresas como la MAIN se dedicaban a convencer a los políticos locales para hacer grandes obras de infraestructuras: centrales eléctricas, puertos, aeropuertos, carreteras, etc. Pero, por supuesto, obras mastodónticas, que exceden de las necesidades reales del país. John Perkins tomó conciencia de que era un gángster económico cuando hacía un estudio y veía que el crecimiento de la demanda de energía eléctrica iba a aumentar en un país un 7 por ciento en los próximos cinco años, y sus jefes le exigían que arreglase el informe para que en conclusión resultase un crecimiento del 17 por ciento.
Si el país tiene rentas en efectivo, como Arabia Saudí o el Irán del sha, se negocia para que invierta sus petrodólares en títulos del Tesoro estadounidense, y el Tesoro aplica los intereses de la inversión en ese país en obras de infraestructuras exageradas que hacen más ricos a los ricos y más pobres a los pobres. Si el país tiene rentas en potencia, como Ecuador o Colombia, se hacen también grandes obras, pero se financian a base de enormes créditos que dejan al país exhausto, teniendo que pagar una deuda externa que le impide atender a sus pobres.
Este libro nos explica cómo se crea y se desarrolla el Imperio que quiere dominar al mundo. Miles de hombres y mujeres han participado y participan en enriquecer a compañías de Estados Unidos, arruinando a países subdesarrollados. Algunos, como John Perkins, sabían lo que estaban haciendo. Pero la gran mayoría se limita aplicar lo que se les ha enseñado durante sus estudios de administración de empresas, ingeniería o derecho. Estos participantes se ven a sí mismo llenos de buenas intenciones, y los más optimistas de ellos consideran que están haciendo una buena labor, ayudando a un país pobre.
Son inconscientes y engañados, o autoengañados en muchos casos, pero no están juramentados en ninguna conspiración clandestina. Son producto de un sistema que lleva adelante una forma de imperialismo muy sutil. No hubo nadie que dijera: "Vamos a extender nuestro Imperio por el mundo. Vamos a buscar hombres y mujeres amorales, que se dejen seducir por sobornos o por amenazas". Esos hombres y mujeres ya estaban reclutados por las compañías, los bancos y las agencias de administración. En vez de sobornos se les ofrecían buenos salarios, incentivos, planes de pensiones y pólizas de seguros. Amenazas no existían, porque no se les anunciaban daños ilegales si no cumplían. Tan solo se les advertía de que, en caso de no cumplir bien, serían mal vistos por la sociedad, serían aventajados por las compañías rivales o no podrían ofrecer unos estudios y un buen porvenir a sus hijos. De este modo, el éxito del sistema ha sido espectacular. Por ejemplo, Ecuador, es un país totalmente entrampado. John Perkins escribe al respecto: "Lo teníamos agarrado como el padrino de la Mafia tiene agarrado a un seguidor después de ayudarle a pagar la boda de su hija y la puesta en marcha de su pequeño negocio. Como buenos mafiosos, habíamos procedido cautelosamente. Podíamos permitirnos el lujo de ser pacientes sabiendo que debajo de la selva amazónica ecuatoriana yacía un mar de petróleo. Cada cosa a su debido tiempo".
Pero John Perkins no era un gángster económico tan ideal como preveían sus jefes. Había algo que acabaría salvándolo, y era su gusto por hablar con toda clase de gentes. Así, de sus largas conversaciones con los indonesios de la época de Suharto, con los iraníes de la época del sha y con los indígenas colombianos y ecuatorianos perjudicados por las compañías estadounidenses, resultó que se fue poniendo de parte de los oprimidos. Y así proyectos que él veía como muy buenos, comprendió que no lo eran tanto, ya que destruían las culturas locales. Por ejemplo, en Irán elogió la inmensa repoblación forestal que se proponía el sha. Un amigo iraní le hizo comprender que el desierto es parte de su cultura. Hay millonarios árabes que van de vacaciones con su familia al desierto durante una semana o más al año.
El antiguo gángster económico es ahora defensor de los derechos indígenas y de los movimientos ecologistas, y trabaja en especial con las tribus amazónicas que luchan por la preservación del bosque húmedo tropical.
* Artículo publicado en "La Gaceta de Canarias" el lunes, 2 de enero de 2006