Inconexos. (¿Debate?)

Juan Jesús Ayala

Muchas veces el pensamiento enrollado en la fragancia de la idea no fluye con elegancia y desorientado camina por vericuetos y campos cerebrales que en nada tiene que ver con la intencionalidad primigenia. Y desde ahí decantándose en fraseologías inconsecuentes sirve, no como nexo de un discurso bien elaborado, sino como paradigma del despiste y del enrocamiento personal que hace que la realidad no suene, vaya por un lado muy diferente a todo aquello que se pretende decir o apuntar.

Debates, peroratas, oposición y comentarios de todo tipo aparecen en el orden del día como saltimbanquis caprichosos que lo único que hacen es situarnos en la tesitura del sarcasmo o de la risa. Oír frases descarriladas, palabras deseosas de decir lo contrario de lo que se piensa es la labor de un día que se pone como triunfal, como si en esos momentos ya se despejaran todas las incógnitas, todas las motivaciones de los personajes maniobreros de la política que en un afán de protagonismo repiten y repiten lo de otro día cualquiera y lo hacen sin concierto, sin respeto a si mismos y como petimetres personajes de una opereta o saínete cualquiera

Y la seriedad en el gesto nos turba; el dato estadístico nos duerme; la frase ocurrente nos despierta, y el predicamento agudo nos guía hacia ninguna parte, al sitio de ayer o al de antes de ayer. Oír, como se han oído en los retumbos parlamentarios de esta tierra esas inconexiones que es lo que con más fuerza brilló, es una gozada para la pereza, es una hecatombe para el pensamiento y mas si se quiere, es el regodeo de un descalabro intelectual perfectamente planificado.

En lo inconexo brilla la rutilancia de la pobreza argumental y no sólo del que nos quiere dar lecciones de grandeza y de eficacia sino de aquellos que desde otra tribuna más baja, si se quiere, pretenden corregir el rumbo, y se equivocan una vez más como los otros; y no digamos nada de los traidores, de los que se han vendido por un plato de lentejas y que enarbolan para despistar un discurso abocado a la risotada y que, a pesar del gesto adusto y dando la impresión que están situados en la verdad se descubren a sí mismos como personajes simplones de una tierra que empieza sentirse harta de tanta inconexión.

¿Y este es el camino? Hay otro, por supuesto, pero es el que se nos ha leído para entretenernos, para caricaturizarnos y hacernos infantiles, y es tanto el énfasis, el barullo y tanta la mentira que hasta se llega a creer que puede que sea uno el equivocado y que nada se puede hacer ante tanta magnificencia. Desde la inconexión que a veces se aprecia con talantes esquizoides se puede lograr fabricar uno de los mejores esperpentos deseables y ponerlo en circulación para pasmo de cualquiera. Situados en la inconexión es la mejor manera de despistar, de no acabar, de dejar de dar en el clavo, de engatusar al no decir nada, al no concluir, por lo que así, de esa manera, se tirará hasta el año siguiente en que la modorra, el adulamiento y las quintaesencias acompañados de una estólida farragosidad llegarán de nuevo con fuerza y con mas inconexión, si cabe, para seguir diciéndonos simplemente: nada.

Quizás en estos debates, en estos foros de la inconsistencia lo que interesa es que tome presencia un surrealismo de urgencia y que desde el se intente justificar o trazar los caminos del triunfalismo de los subvertidos o intentar clarificar lo que la gente de la calle desea oír. Y por eso desde esa inconexión manifiesta se quiera diseñar un hombre de la calle nuevo, que sea diferente y que creen les entienden, por fin, las lindezas de sus discursos. Pudiera ser que desde ahí, desde las altas tribunas a parte de pasar el rato y, como no, cobrar unas dietas por asistencia, tengan los que predican la sensación que están en lo cierto, que han acertado y que alelado ese hombre nuevo de la calle despojado de argumentos y de entusiasmo, efectivamente, forme parte de una inconexión mas, pero ahora ya total. Lo que sería terrible que así sucediera.