Inmigración, cinismo e insolidaridad

 

Justo Fernández Rodríguez

 

La llegada de pateras o cayucos a Canarias, buscando entrar en Europa, se ha convertido en un serio problema de muy difícil solución, no sólo para Canarias y España, sino, incluso, para la Unión Europea. Salvo en cuestiones económicas, la cohesión, solidaridad e interés común de quienes han fracasado en su objetivo de lograr un espacio político común brilla por su ausencia. Favorecidos por las posiciones de descalificación permanente del Partido Popular, algunos dirigentes políticos europeos han pretendido justificar sus posiciones de irresponsabilidad, indiferencia e insolidaridad, aludiendo a la inconveniencia de la regularización de inmigrantes ilegales acometida por el Gobierno de Rodríguez Zapatero en 2005. No es casualidad que los gobiernos conservadores de Alemania, Austria, Francia o Bélgica -todos han realizado regularizaciones de inmigrantes- se sientan presionados por el ascenso electoral de partidos de extrema derecha, neonazis y xenófobos.


La utilización de la inmigración por parte de los dirigentes del PP como arma para la confrontación política, con fines electorales, me obliga en esta ocasión a intentar clarificar lo que verdaderamente ocurrió y quiénes fueron los responsables.


El proceso de legalización de trabajadores extranjeros en situación irregular se realizó de acuerdo con el Reglamento de la Ley Orgánica sobre derechos, libertades e integración social de los inmigrantes en situación irregular.


Al contrario de lo sucedido con anteriores regularizaciones, se trató de un procedimiento excepcional que intentaba paliar la chapucera política de inmigración desarrollada por los Gobiernos del Partido Popular, que dejó millón y medio de inmigrantes ilegales y 832.000 expedientes sin resolver, de inmigrantes que no fueron expulsados ni legalizados.


La decisión del Gobierno de Rodríguez Zapatero contó con el apoyo decidido de todas las fuerzas políticas parlamentarias, excepto el PP, la colaboración de las organizaciones sindicales y empresariales y de la gran mayoría de las ONG. La medida se adoptó con los informes favorables del Consejo de Estado, Consejo Económico y Social y Consejo General del Poder Judicial.


Se trataba de regularizar a cientos de miles de inmigrantes que ya vivían y trabajaban en España; que utilizaban toda clase de servicios públicos: colegios, sanidad, infraestructuras, sin aportar cotización social alguna ni pagar impuestos. No se trataba, como dicen los dirigentes del PP, de dar "papeles para todos" o de reproducir el "efecto llamada". Fue una regulación selectiva. Sólo tuvieron papeles aquellos que pudieron exhibir un contrato de trabajo y llevaran residiendo en España más de seis meses. Esta vez, como ocurrió en las regularizaciones del PP, no valía exhibir billetes de metro o autobús, certificados médicos, contratos de luz o agua, sin ninguna exigencia de estar trabajando legalmente. Tampoco se pagó el viaje de ida y vuelta a más de veinte mil ecuatorianos para que fueran a su país y consiguieran papeles. La regularización sirvió para combatir la economía sumergida, haciendo aflorar, cada año, más de 2.000 millones de euros de ingresos para el Estado y aumentar los cotizantes a la Seguridad Social, garantizando el futuro de los pensionistas españoles.


Nada de esto evitó que el Partido Popular lanzara a sus notables hooligans a descalificar el proceso. La acusacion de Ángel Acebes, ex ministro de Interior, asegurando que "nuestras fronteras son ahora un auténtico coladero" fue contestada por la CEOE, criticando a quienes lanzaban mensajes alarmistas sobre el proceso de normalización. Incluso Ana Botella, concejal de Empleo y Servicios al Ciudadano del Ayuntamiento de Madrid y esposa de Aznar, dirigió una carta a la Secretaría de Estado para la Inmigración, fechada el 11 de enero de 2005. En su primer párrafo, ofrecía la "total colaboración del Ayuntamiento de Madrid en el proceso de normalización" y añadía "una colaboración entusiasta para llevar a buen término este importante proceso para el país y la capital, un proceso en el que tantas esperanzas tienen cientos de miles de trabajadores inmigrantes y que es positivo para el conjunto de la convivencia".


Ángel Acebes y José Manuel Soria, presidente del PP de Canarias, buscaban otros objetivos más espúreos, descubriendo detrás de la regularización "los intereses electorales del Gobierno de Rodríguez Zapatero".


Manuel Pimentel, ex ministro de Trabajo, que dimitió por su rechazo a la política de inmigración del Gobierno de Aznar, fue muy concreto en cuanto a la estrategia del PP: "Como siempre se oyen voces demagógicas asustando con las hordas que acudirán al efecto llamada, intentando atemorizar a la población. El caso es vender miedo al inmigrante, para cosechar votos, vendiendo seguridad contra ellos".


Las acusaciones de Rajoy, Acebes y Zaplana de que se trataba de una reforma hecha a espaldas de la Unión Europea fue desmentida por los más importantes cargos de la Comisión Europea. Vladimir Spidia, comisario de Empleo y Asuntos Sociales, respaldó la regulación porque, afirmó, "todas las personas en la Unión Europea deben tener un empleo legal, que respete las condiciones de trabajo". El presidente semestral de la Unión Europea, el luxemburgués Nicolas Schimit, defendió la decisión española, calificándola de "muy sensata" y augurando "consecuencias positivas para el resto de Europa".


El Gobieno de Rodríguez Zapatero no tiene de qué avergonzarse. Contra el histerismo xenófobo-electoralista de los dirigentes del Partido Popular, a los que se han sumado algunos miembros del Gobierno canario, incapaces de ofrecer una sola alternativa viable, tiene que defender la política de inmigración puesta en marcha. La actitud de los primeros es coherente con su ideología y la política que practicaron cuando gobernaron. Los otros, los autodenominados nacionalistas canarios, más pragmáticos, han incrementado el tono de sus críticas y los trazos racistas, propios de cualquier nacionalismo, por la cercanía de las elecciones municipales y autonómicas. Alguno, caracterizado por su incapacidad absoluta en los puestos que ha desempeñado y responsable del anticonstitucional expolio a unos ciudadanos tinerfeños para la ampliación ilegal del Parlamento, cuyas millonarias indemnizaciones tenemos que pagar todos, ha intentado crear un clima de alarma y miedo, anunciando que "seis mil negros" iban a ser soltados por haberse cumplido el plazo legal de internamiento. Con independencia de la falsedad de tales afirmaciones, los inmigrantes no son asesinos, ni delincuentes. Simplemente son personas que buscan una salida a una situación desesperada, sin más horizonte que el hambre, la enfermedad y la muerte. Sin embargo, al margen de la aberrante lucha partidaria, teniendo en cuenta que, en importante medida, las causas de la inmigración ilegal, procedente de América Latina, de Europa Oriental o de África, son de origen económico, desempleo crónico, hambruna o exclusión social. Así que parece claro que no puede abordarse en solitario por España. El problema, uno de los más importantes que hemos de abordar en la primera parte de este siglo, ha de resolverse desde una perspectiva de coordinación europea, en sus aspectos políticos, económicos, sociales y policiales. Para ello hay que continuar exigiendo a la Unión Europea una mayor implicación en su solución. Queda una solución: ayudar a los inmigrantes a acercarse a la frontera francesa.