La inmigración contada por Pardellas
Juan-Manuel García Ramos
La definición de periodismo que más me seduce últimamente es la facilitada por el escritor hispano-peruano Mario Vargas Llosa. El periodismo es la historia haciéndose. Así de simple. Una definición que coincide con la aportada por el gran reportero polaco Ryszard Kapuscinski. El periodismo es la historia in statu nascendi.
Curiosa es la coincidencia entre dos hombres que han hecho de la narración de acontecimientos de todo orden, ya fueran reales o ficticios, una profesión de fe en la palabra y en otros valores como la libertad, la dignidad y la independencia de todos los seres humanos.
Desde 1996, Canarias viene padeciendo un fenómeno social desconocido a lo largo de toda su historia. Fuimos siempre un pueblo emigrante, un pueblo que hubo de buscar en el exterior los medios de subsistencia que le negaba no sólo su propio territorio, sino la incapacidad de sus dirigentes para planificar una economía con ciertos fundamentos.
De pueblo emigrante a pueblo receptor, Canarias ha llegado a convertirse para los países africanos ribereños y del Sahel en una suerte de nueva Arcadia, en puesto fronterizo para redimir tanta hambre, enfermedades, y orfandad padecidas por los habitantes de un continente en extinción, como se refería el Premio Nobel nigeriano Wole Soyinka al África del siglo veinte y del siglo veintiuno.
El problema no acaba sino de empezar y los dramas vividos y contemplados en nuestras costas orientales llevan camino de convertir a Canarias en un gran cementerio marino, donde el primer mundo, el estado de bienestar, observa con estupor cómo se acercan a las migas de su mesa los desheredados de la tierra.
Juan Manuel Pardellas Socas lleva años contándonos lo que sucede con la inmigración en Canarias en su periódico, El País, y ahora ha reunido parte de su trabajo en este libro, Héroes de ébano (Santa Cruz de Tenerife, Ediciones Idea, 2004, 3ª ed.), una colectánea de reportajes donde la información casi podría hablar por sí sola, sin apenas requerir reflexión o juicio alguno; una película donde las palabras y los testimonios de los demás recogidos por el periodista, lo dicen todo.
Un empeño, el de Pardellas, de sobriedad expresiva, de amor por el detalle aparentemente marginal, un afán de precisión noticiera que nos corta el resuello, como antes nos lo pudieron cortar imágenes televisivas grabadas en nuestra memoria, esos cadáveres hinchados y mutilados flotando en las inmediaciones de las espléndidas playas de hoteles de cinco estrellas, donde Europa se solaza y África muere cruelmente en las mismas aguas esmeralda o turquesa y en medio de un trajín de patrulleras, voluntarios de Cruz Roja y gente de buena fe implicada en la atención a esos representantes aciagos del éxodo del Tercer Mundo de ahí al lado.
Juan Manuel Pardellas Socas no da la noticia, la cuenta, y la cuenta como hay que hacer ese trabajo, con todas las grandezas que el lenguaje nos permite y la ingeniería del relato nos facilita. El periodismo escrito de nuestros días, digan lo que digan los celosos profesionales, es puro y simple lenguaje. Lenguaje y back ground, es decir, patrimonio referencial, si ustedes prefieren.
Pardellas Socas pertenece a una generación de periodistas insulares que se ha percatado de la trascendencia del buen uso de las palabras y ha cultivado y puesto a punto sus reflejos verbales, sintácticos y culturales.
Me refiero a una generación integrada por nombres como los del mismo Pardellas, Juan Manuel Bethencourt o Alfonso González Jerez, por citar tan solo los que ahora se me vienen a la cabeza.
Está claro que la información de este tercer milenio corre muy aprisa, pero la información que todavía aparece en el periodismo de papel exige al profesional que nos la suministra una cualidad: la de contarnos las cosas con sabiduría, como tuvo que contar sus historias Scharasad para no ser una víctima más del terrible monarca de Sasán.
Ahora se trata de una guerra entre la galaxia Gutenberg y la galaxia McLuhan, un esfuerzo de supervivencia para la razón y las metáforas, para el intelecto y la imaginación frente al imperio estelar de la imagen.
Ésas son las armas del periodista de nuestros días: hacerse entender y renovar su lenguaje constantemente.
Me he tropezado en el libro de Juan Manuel Pardellas con la palabra 'abarloamiento' y casi tengo que ir al diccionario si no es porque, en el mismo contexto, el periodista nos da su acepción exacta y desconcertante: se da abarloamiento cuando una patrullera -de la Guardia Civil por regla general y humanitaria- acerca su casco al de la patera escueta en tentativas siempre complicadas de rescatar a sus hacinados ocupantes.
Juan Manuel Pardellas se ha hecho con el léxico siniestro de estas crónicas del siglo XXI, saca a relucir su alta cuota de solidaridad humana para hablar de unos recién llegados no bien vistos por nadie, todo ello sin sensiblerías, yendo a los datos de frente, investigando causas, interrogando a los protagonistas y a los actores secundarios, y hasta a los extras de esos documentales de la rutina, estremecedores.
Sabemos por los trabajos de Pardellas lo que significa dejar la tierra natal, ya sea Marruecos, Sahara, Senegal, Guinea, Costa de Marfil, Gambia, Ghana, esa geografía de la patosa, descarnada, improvisada descolonización; dejar atrás a los seres queridos, ser víctima de negreros postmodernos, tan faltos de escrúpulos como los negreros de toda la vida, de gobiernos que hacen la vista gorda.
Nos acercamos a los testimonios de los que han visto morir a su lado a hijos, hermanos, parientes próximos y amigos de toda la vida, en medio del inmenso Atlántico y compartiendo apenas cuatro metros de largo por uno ochenta de ancho, que son las dimensiones de una patera para veinte o treinta personas; sabemos de primera mano de los arrepentimientos de muchos de estos pasajeros del infierno a la hora de llegar al destino que acaso no previeron, de sus estancias y de sus incertidumbres en centros de acogida que se convierten en una estación de tránsito hasta ser devueltos al sitio de partida, a una tortuosa vuelta a empezar.
Pardellas se ha puesto en lugar del otro, su análisis de la situación nos hace compadecernos no sólo de los desheredados sino de los que no podemos hacer nada por ellos.
Porque ésa es otra. Las Islas Canarias, esas islas escondidas en la inmensidad de los abismos oceánicos, como se refirió a ellas hace algunos días el gran pintor Cristino de Vera, no pueden hacerse cargo de errores que ellas nunca cometieron.
El África de hoy, ese continente en extinción, es el resultado de colonizaciones europeas de las que nosotros nunca participamos. Nuestros suelos insulares no dan para más, en apenas cincuenta años hemos triplicado una población que se acerca ya a los dos millones de habitantes.
Ésa sería la otra mirada, la mirada política que todos evitan. Una inmigración que no seamos capaces de integrar social, laboral y culturalmente, es una inmigración abocada a la marginalidad y a la delincuencia, aquí también hay que usar las palabras exactas para no convertir el asunto en un ejercicio de fariseísmo, aunque algunos teman tanto al espectro de la xenofobia.
El libro de Juan Manuel Pardellas nos obliga a hacernos algunas preguntas para las que no atisbamos respuestas convincentes.