La insularidad, el insularismo

Juan Manuel García Ramos

Al ser un archipiélago dependiente de poderes estatales ajenos a él, el canario ha sido siempre manipulado desde el exterior y enfrentado en su propio territorio repartido.

La insularidad, la naturaleza física fragmentada de Canarias, tiende a atomizarnos anímicamente, a introducir en nosotros un virus de dispersión. Se trata de combatir esa tendencia y de articular un discurso cultural y político superador de las inconveniencias geográficas: o nos convertimos en los siete pecados capitales o en las siete maravillas del mundo, dicho sea todo esto en clave algo exagerada.

La insularidad es una condición geográfica; el insularismo es una ideología. Al ser un archipiélago dependiente de poderes estatales ajenos a él, el canario ha sido siempre manipulado desde el exterior y enfrentado en su propio territorio repartido. Es nuestro sino. También es nuestro mayor reto cultural y político el vencer ese hándicap.

En un "Coloquio con Juan Ramón Jiménez", publicado por primera vez por José Lezama Lima en la Revista Cubana, en enero de 1938, el escritor caribeño afirmaba algo que tiene interés en estos momentos para nosotros.

Dice allí Lezama Lima que el insularismo ha de entenderse no tanto en su acepción geográfica, que desde luego interesa desde todo punto de vista, sino, sobre todo, en cuanto al problema que plantea en la historia de la cultura y aun de la sensibilidad. El insular tiende a vivir hacia dentro.

Se trate de insularidad o de insularismo, como nosotros entendemos uno y otro término, o se trate de insularismo, como lo percibe Lezama Lima, lo cierto es que ambos conceptos impulsan un debate en Canarias que se demora durante siglos y que no logra resolverse en el ámbito político; sí, en parte, en el cultural.

Muchos han sido los que han intentado describir la condición humana del insular canario y ese esfuerzo intelectual se ha hecho, además, desde distintas direcciones y concepciones especulativas.

Vuelvo a Domingo Pérez Minik y a sus ideas sobre el diálogo que el insular busca sin descanso con lo que viene del exterior, con lo foráneo. Para Pérez Minik, el extranjero siempre quiebra nuestro estado de inercia, de estancamiento, de sosiego. Su aparición produce un mundo inquietante de cosas, lo mismo en el recinto de las ideas que en el corazón de una mujer, que en el sistema de arados del campo insular.

El habitante de las islas, que tiende a la placidez en la monotonía de su lugar paradisiaco, frente al extranjero necesita cambiar de posición, tender el músculo, acelerar su tiempo anímico para responder dignamente a esos golpes insólitos que el recién venido da en la puerta de nuestra casa habitual.

Para Pérez Minik no todo lo foráneo es bueno, pero ayuda al insular a desperezarse, a rehabilitarse en su medio, a responder, a descubrirse a sí mismo, a relativizar su misma posición en el mundo.

Para los que conocimos a Pérez Minik personalmente y pudimos discutir con él estas ideas, su argumentación puede parecernos el resultado de su infinita "novelería" por todo lo ajeno a nuestra geografía y a nuestra historia.

Hablaríamos casi de xenofilia excéntrica, provocadora. Domingo, acaso, siempre se soñó nacionalizado británico, pero entendiendo lo británico como un pasaporte cosmopolita a más no poder. A él le gustaba bromear con esas posturas, casi se veía como un turista accidental en sus islas atlánticas, tomándose un whisky a las siete de la tarde, cuando el sol se colocaba a la altura de la botavara de los veleros que cruzaban este océano de Colón, y discutiendo con civilizadas palabras sobre Kipling o Conrad.

Antes de que Pérez Minik nos dejara escritas estas ideas, hubo un libro poco leído, El Regionalismo en las Islas Canarias, tomo I, 1904, de Manuel Ossuna van den Heede, escritor y presidente del Ateneo de La Laguna, que, por encima de cualquier segregación insular, ya planteaba una conciencia colectiva distinta.

Ossuna mantenía que antes de la llegada de los europeos a Canarias aquí había ya una nación reconocible, una nación que, pasados los siglos de conquista y colonización, fue perdiendo poco a poco esa vieja marca.

Lo que está claro es que en el Estado español de nuestros días ninguna comunidad de las diecisiete que lo conforman reúne tantas razones geoestratégicas, políticas, económicas, sociales y culturales para reclamar como nosotros el ser un grupo étnico, un sistema sociocultural independiente conformado por la territorialidad compartida, islas y mar interinsular, la historia, la economía, una modalidad lingüística del español, unas tradiciones y unas instituciones políticas ajustadas a nuestra realidad geográfica.

Hemos de tener en cuenta, además, que ya en 1907, siendo presidente del mismo Ateneo el lanzaroteño Benito Pérez Armas, se había hecho ondear la primera bandera rebelde de Canarias en el asta de esa sociedad cultural, la bandera de fondo azul y siete estrellas blancas que inspiró en su momento, en torno a 1964, la hoy tricolor con siete estrellas verdes.

Es decir, desde principios del siglo XX y desde La Laguna, se insistió en recuperar un sentimiento cultural y político que se colocara por encima de las pequeñas vecindades insulares y se extendiera al conjunto del archipiélago como un solo pueblo.

Esas aspiraciones se comparten, desde Tenerife, con los escritores grancanarios de entonces en la "Fiesta de las Hespérides", celebrada el 11 de septiembre de 1915 en el recién inaugurado Teatro Leal de La Laguna, donde se reúnen los nombres de Luis Rodríguez Figueroa, Antonio Zerolo, Ramón Gil-Roldán y Alonso Quesada, entre otros.

Hoy vemos estas celebraciones desde una perspectiva distinta y no es difícil descalificarlas por el tufo romanticoide que desprenden, incluso para ese tiempo, pero quiero rescatar de esos encuentros el clima de unidad que se vivía en el ámbito del pensamiento y de las letras canarias de esa época. El insularismo había quedado desterrado de las páginas de nuestros escritores con más talento.

Toda esa mentalidad suprainsular, proveniente de los intelectuales canarios de principios del siglo XX, no se correspondió luego con los rumbos políticos, pues la división provincial de 21 de septiembre de 1927 no hizo sino alimentar el pleito decimonónico y elevarlo a categoría de Real Decreto disgregador.

Tuvimos que esperar al Estatuto de Autonomía de 1982 para reencontrar de nuevo el viejo espíritu de la unidad de las islas que hombres y mujeres de las letras y de las artes habían cultivado con esmero y generosidad muchos años antes y muchos años después, hay que reconocerlo.

La autonomía es un trabajo diario y esforzado, pero tenemos la obligación de salvaguardarla. Las islas, cada una por su lado, no van a ningún sitio. Esas islas han de entenderse y de proyectarse más allá de sí mismas en este Atlántico que nos da pistas sobre nuestra manera de ser y de encontrar entre todos una fe común en el futuro.

No son tiempos de insularismo aunque no podamos desentendernos de nuestra insularidad. La insularidad es la geología, el insularismo es la ideología anacrónica y el autonomismo es la obligación de todos. Del Gobierno de Canarias en primer lugar.