¿Dónde está el intelecto?
Ramón Moreno
Ha desaparecido. No existe. La intelectualidad brilla por su ausencia. Salvo algunas pinceladas academicistas, nuestra vida cotidiana adolece de esta característica fundamental del ser humano, que en Canarias hace tiempo que se ha perdido, lamentablemente. ¡Y así nos va!
Por ello, hoy quiero rememorar a un grupo de canarios ilustres que formaban una de las tertulias más brillantes de su época, y que constituyen -en mi opinión- todo un referente de nuestra historia más reciente.
Como cabeza visible de esa zaga de intelectuales, don Manuel Verdugo y Barlet. Nacido en Filipinas (cuando era provincia española), de padre militar; por razones que desconozco, recaló en Canarias residiendo en la ciudad de La Laguna.
Nuestro personaje era un tipo elegante, alto, enjuto y usaba un monóculo que le otorgaba un porte distinguido. Siempre acompañado de su inseparable bastón, a lo Antonio Gala.
Como no pretendo ser su biógrafo, sólo esbozaré algunos aspectos de su relevante personalidad, sus grandes dosis de ingenio, y su portentosa capacidad de improvisación. En la ciudad de Agüere ejerció, según parece, su profesión de abogado, al tiempo que vivía una existencia tormentosa, si tenemos en cuenta que don Manuel Verdugo era homosexual.
Condición que, pese a ser todo un estigma en la época, tenía perfectamente asumida -sin haber salido del armario-; hasta el extremo que para burlarse, supongo, de quienes criticaban sus inclinaciones, había compuesto un versito que decía así: "Si quiere el hombre imperfecto/ a la perfección llegar/ el camino más directo es el recto/ y por él debe tomar".
Todos los días se levantaba muy temprano, y desde la Plaza del Adelantado, calle de La Carrera arriba, caminaba hasta la iglesia de la Concepción. Y siempre, indefectiblemente, se cruzaba con Carolina, una empleada de hogar -como se dice ahora- que coincidía en el trayecto con don Manuel. Dada la fama de éste de improvisar versos, Carolina siempre le decía lo mismo: "Buenos días don Manuel, ¿por qué no me hace un versito?", y él con gesto adusto, y llevándose las manos a los bolsillos como si buscara algo, le contestaba impertérrito: "Ahora no llevo papel, otro día".
Hasta que una mañana gélida, como son las invernales mañanas laguneras, nuestra Carolina sorprendió al señor Verdugo, al que esperaba con estoica paciencia, y nada más verle le espetó: "Buenos días don Manuel, ande hágame un versito que me voy a casar", al tiempo que le mostraba una especie de tarjeta postal, sustituida del papel que nunca llevaba don Manuel.
Este, sorprendido del desparpajo y la audacia de su admiradora, tomó la postal (en la que estaba fotografiado un taxi, reclamo publicitario de la parada próxima), y en el dorso de la misma escribió sobre la marcha: "¿Te gusta el automóvil Carolina?/ para viaje de novios lo detesto/ ¡qué olor a gasolina!/ ¡qué polvo más molesto!".
Una prueba evidente del nivel intelectual de don Manuel Verdugo, y de su exquisita sensibilidad, es un poema dedicado al amor del que extraigo la primera estrofa (que ya ofrecí en Navidades a los protagonistas de "Una bella historia de amor"), que dice así: "Describir el amor será posible/ cuando se pueda disecar un beso/ encerrar en un molde lo intangible/ y de un suspiro conocer el peso". ¡Bellísimo!
Coetáneos de don Manuel Verdugo eran: don Ramón Gil Roldan, abogado y diputado a Cortes; don Manuel López Ruiz, pintor de marinas; don Juan Pérez Delgado (ni jota), poeta; todos de Tenerife, y el grancanario Carmelo Cabral, músico, que junto a Verdugo eran los verdaderos puntales de una de las tertulias más ilustradas de su tiempo.
Tenían un circuito de copas: al mediodía el Bar-Restaurante El Águila, situado en la antigua calle del Norte, hoy Valentín Sanz, donde se tomaban el aperitivo, y luego por la tarde-noche continuaban el copeteo en el bar La Marina en la calle del mismo nombre. Los juegos florales que tenían lugar en estos santuarios podían formar parte del Anecdotario Intelectual de Canarias, tal era el nivel dialéctico e ingenio de nuestros contertulios.
- Don Manuel Verdugo, medio colocadillo -todos eran consumados bebedores-, a Carmelo Cabral, piernas cruzadas, en su mesa habitual, botella de ron y un vaso, con su amante, la guitarra: "Bebe Carmelo que la vida es corta/ y mirada a través de una botella/ aún por fortuna nos parece bella/ cuando quieras vencer un desaliento/ y esperar la desgracia indiferente/ destruye con una copa de aguardiente/ la inútil facultad del pensamiento".
- Gil Roldan y López Ruiz en la presentación de un amigo llegado de "la península": "Amigo mío, le presenta a don Manuel López Ruiz, la sota de copas". Respuesta fulminante de López Ruiz: "Mucho gusto señor, y yo tengo el honor de presentarle al as del mismo palo".
- Don Ramón Gil Roldan en una sesión parlamentaria, y ante las continuas interrupciones de la directora general de prisiones, Victoria Kent -mujer de vida alegre-, llamó a un ujier y le entregó una nota manuscrita que había redactado en su escaño dirigida a la misma que decía lo siguiente: "Hay quienes, por servil adulación/ os han comparado, comparando mal/ con aquella gran mujer que al criminal/ hablaba de virtud y redención/ odiosa e infeliz comparación/ porque vos, directora general/ podéis ser por lo estéril arenal/ más, nunca por lo pura Concepción.
Y yo oigo: ¡Cualquier parecido con la realidad actual de Canarias, es pura y simple coincidencia.
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