El intelectual, en la encrucijada

Juan Jesús Ayala

En un mundo manidosamente globalizado, en donde el espacio se mide por unidades esperpénticas y lo pequeño apenas si existe, el intelectual sometido a la influencia de lo artificial, ¿tiene algo que decir?. ¿Se siente bien amparado por las ondas del silencio o por el contrario se sitúa en una pugna ya de antemano perdida camino de la personal insatisfacción como cosecha?

¿Y quién es hoy intelectual y así se considera o lo consideran? Edward Said, quien ha pensado sobre esta cuestión, relata que allá por el año 1981 la revista The Nation convocó un congreso de intelectuales y aparecieron en un hotel del centro de Manhattan cientos y cientos de personas que se consideraban a sí mismos como intelectuales.

El debate se instauró alrededor de esta definición y, antes que nada y desde los acaloramientos del mismo, se intentó descifrar a quien se podía considerar como intelectual. Y como de intelectuales se trataba, la solución fue cero, prácticamente cero, o sea que se llegó a la devaluadísima conclusión que intelectual era aquel que así se consideraba o al que había emborronado alguna que otra vez alguna que otra cuartilla.

Y si esto es así y así se ve por los poderosos del pensamiento quienes son o no los intelectuales, si desde dentro de su mismo cogollo y sustancia mental lo que se les ocurre es la conclusión esa a la que se llegó, no cabe duda que desde aquel momento y continuando hasta hoy, el intelectual está en la encrucijada, de capa caída por lo poco considerado que está.

El intelectual, dejando atrás los que han transitado por los recovecos del pensamiento y han sido capaces de crear nuevos conceptos y que de alguna manera han sido colaboradores del mundo, del mundo del pensamiento, hay que decir que poco o nada han contribuido a que las cuestiones que atenazan a la humanidad se hayan arreglado o al menos puesto en tela de juicio. Su colaboración ante la listeza de los poderes públicos se ha quedado en la cuneta de la historia.

Habrá que considerar que el intelectual de hoy, o sea aquel que así se considera por el mero hecho de emborronar cuartillas o largar a través de las ondas de su cerebro todo aquello que le venga y con la voluntad y el deseo de mejorar la sociedad, está en el dique seco y quizás sometido, si es serio en sus devaneos mentales, al borde no de un ataque de nervios pero si instaurado en una depresión galopante.

El intelectual de hoy, y surge alguno que otro, porque, desde mi punto de vista y de muchos mas, se considera como tal al que produce ideas nuevas, con contundencia y con una formalidad hasta cierto punto apabullante, está en horas bajas. Basta asomarse a cualquier medio y si es televisivo mejor, para darnos cuenta quiénes son los que sientan cátedra, quiénes son los que desde la atalaya de la estulticia se creen poseedores de la gracia y de la alegría inusitada que les embarga al creerse haber dado en el clavo.

El intelectual se esconde, se aparta de la memez y de la estolidez y así, claro, se confunde todo, porque todos son confusos, unos y otros se creen acreedores de un concepto que no tienen. Se quedan en loros o en papagayos recogidos en el silencio de sus voces que no dicen nada, solo son retumbo de si mismos, de sus miserias incontrolables.

El intelectual, el que crea ideas, se refugia dentro de sí, es la soledad quien lo acompaña, es la mediocridad de los otros la que le sobrepasa y la pobreza de una sociedad de la imagen la que asume que es eso lo dominante y que la letra, la buena letra, la que es capaz de marcar caminos sigue en la oscuridad porque al intelectual no se le admite, se le desdibuja, se le trastoca, y se le considera como un espécimen a extinguir. Y desde esa vertiente, el intelectual, nuestro querido intelectual, está en una encrucijada muy difícil de llevar y de muy difícil salida.

Y a quien le dolerá esta situación será a todos porque el hedonismo y la bobaliconería continuará dominando mientras la ausencia será lo único que de vida a las verdades como puños.