¿Inteligentes o estúpidos?
Juan Manuel García Ramos
A fuerza de verlo figurar semana tras semana en las listas de libros más vendidos, compré el último título de José Antonio Marina, La inteligencia fracasada. Teoría y práctica de la estupidez. Dice la contracubierta que la finalidad de esa obra es ponernos a salvo de la estupidez y de esa manera ayudarnos a reducir la desdicha humana, una tarea muy conmovedora, por otra parte.
Llevo años leyendo libros de autoayuda y éste que ahora publica Marina me parece contagiado de esa moda editorial. Libros refrescantes para una atmósfera algo irrespirable. La de este mundo nuestro.
Dice Marina en sus páginas recientes que el triunfo de la inteligencia personal es la felicidad y que el triunfo de la inteligencia social -colectiva- es la justicia, y que la desdicha privada es el dolor, mientras la desdicha pública es el mal, es decir, la injusticia.
Si las sociedades se comportaran de manera tan exacta como se comportan las acepciones de los conceptos -los de inteligencia, felicidad, justicia, desdicha- otro gallo nos cantaría a todos los humanos. El lenguaje es una invención social que ha llegado a cotas muy altas de perfección, y como nos recuerda el mismo Marina a través de una cita del filólogo francés Émile Benveniste, la palabra sirve, sobre todo, para vivir.
También sirve para morir o, al menos, para darnos cuenta de que ya no nos entusiasma tanto la vida.
Por motivos que ahora no vienen a cuento, sigo con atención desde hace unos años la enfermedad padecida por Friedrich Nietzsche desde muy joven, una afección de bipolaridad que lo llevaba de la euforia y el talento a la depresión paralizante, de la verborrea al silencio, de la luz a la oscuridad.
La presencia y la ausencia de lenguaje en una persona, el tono y la fuerza de su dicción, me sirven como síntomas inestimables para hacer mis diagnósticos particulares sobre la salud mental de un hablante. Por eso creo en la filología, esa disciplina que no sólo se ocupa del amor a la palabra creadora, sino del amor y de la valoración de la palabra en general.
He hablado en anteriores ocasiones de la doctrina terapéutica del psiquiatra austriaco Víctor E. Frankl (1905-1997) conocida como "Logoterapia". Según la explica el mismo Frank, la logoterapia persigue encontrar un sentido para la vida de cada paciente, ayuda al paciente a encontrar su propio itinerario. Y si no posee ese sentido, ese itinerario, pues tendrá que inventarlo, y todo se inventa con palabras.
No quiero presumir de iniciado en ninguna terapia, pero les aseguro que en algunas ocasiones he colaborado a sacar a alguien de un foso depresivo mediante la aportación de palabras distintas a las que ese alguien se venía diciendo durante una temporada.
Todos somos una novela, como se dijo Napoleón en su último destierro de la isla de Santa Elena, y sólo se trata de buscar los vocablos más útiles para salir de los muchos atolladeros que la vida nos envía. Se trata de reeducar la voz de nuestra conciencia interior y de crearle nuevos repertorios léxicos que la animen a mirar al mundo desde otra perspectiva.
La vida del mismo Nietzsche fue un permanente fluir de palabras, cuando las fases de desánimo no lo acometían, por supuesto. Y en ese chorro imparable de conciencia verbal nos dejó dicho secretos de nuestra existencia que a nadie se le habían ocurrido antes.
"Vive de modo que desees volver a vivir; ¡tú vivirás otra vez! Quien desee el esfuerzo, que se esfuerce; quien desee el descanso, que descanse; quien desee el orden, la consecuencia, la obediencia, que obedezca. ¡Pero que tenga conciencia de su fin y no retroceda ante los medios!"
Bellísimo pasaje de la teoría del "eterno retorno" de un Nietzsche al que tanto le costó vivir cada minuto de su terrible vida.
Desde luego, esos pensamientos del atormentado Nietzsche me parecen más lúcidos que las recomendaciones de bolsillo de José Antonio Marina en el libro recién entregado. Sobre todo cuando Marina nos dice que la inteligencia fracasa cuando es incapaz de ajustarse a la realidad, de comprender lo que pasa o lo que nos pasa, de solucionar los problemas afectivos o sociales o políticos; cuando esa inteligencia se equivoca sistemáticamente, emprende metas disparatadas, o se empeña en usar medios ineficaces; cuando desaprovecha las ocasiones; cuando decide amargarse la vida.
Marina parece recomendar una adaptación mecánica a cualquier situación, sea ésta la que sea, y él mismo cae en cierta contradicción cuando páginas más adelante nos enumera algunas de las ocasiones en las que las colectividades han alentado disparates del tipo de la Alemania de Hitler o la Rusia de Stalin, disparates que tuvieron que ser combatidos por alguien, o por álguienes, si me permiten la expresión, que no quiso o no quisieron ajustarse a esa realidad que se les ofrecía.
¿Qué fracaso de la inteligencia le adjudicaríamos a un opositor al III Reich o a los caprichos de poder de Stalin?
En otro orden de cosas, me interesa el Marina que nos advierte de ciertos peligros sociales, como el de la sociedad industrial avanzada que construye en nuestros días una economía que esquilma irreversiblemente la naturaleza o que impone un sistema que hace incompatible la vida laboral y la vida familiar, o el peligro de la globalización que aumenta de modo imparable la brecha entre países pobres y países ricos.
Dice Marina que todos estos nuevos rumbos son ejemplos de fracasos de la inteligencia compartida -colectiva-, y tiene toda la razón. Pero, ¿cómo se combaten esos nuevos comportamientos tan generalizados: acomodando nuestra inteligencia a sus reglas o rompiendo con ellas? ¿Quién sería el inteligente para Marina, el ejecutivo que adapta su vida al sistema como el pie se adapta a un cómodo zapato o el joven iracundo que revienta escaparates en una manifestación en Seattle?
En 1999, dijo el sociólogo francés Edgar Morin que el siglo XXI había comenzado en Seattle.
La historia humana es un permanente recomienzo donde el error existe al lado de la sabiduría. Es muy difícil dictar reglas para reparar la estupidez o facilitar el acierto. La inteligencia personal y la inteligencia colectiva van de la mano. Han ido siempre, para bien o para mal. Acaso, con más frecuencia, para mal.
Las neurosis y las psicosis de cada uno de los enfermos mentales, son las neurosis y las psicosis de las sociedades a las que pertenecen. El hombre se equivoca como se equivocan los países.
Edward W. Said comparaba a las naciones con narraciones y, como ya dije, Napoleón pensó que su vida no era, ni más ni menos, que una novela desaprovechada. Todo lo que existe en este mundo son palabras y se trata de utilizarlas con mejor o peor fortuna.
Los enfermos mentales manejan mal las palabras: o les faltan o les sobran; desconocen el equilibrio verbal. Las sociedades sufren de lo mismo: o saben construir su argumento o padecen su ausencia.
La lectura del libro de José Antonio Marina me ha conducido a todos estos pensamientos encadenados. Para algo me ha servido.