Internet y el nuevo orden (I)
Ramón Moreno
Es conocida la frase de Karl Marx: "Dadme el molino de viento y os daré la Edad Media". Parafraseando el aserto, podríamos muy bien añadir: "Dadme la máquina de vapor y os daré la era industrial". O, aplicándola a la época contemporánea, a nuestros días: "Dadme un ordenador y os daré la globalización".
Incluso aunque tales determinaciones sean forzosamente excesivas, resumen bien la idea central: en momentos de cambio histórico, una invención capital -que jamás se deriva del azar- transforma el orden de las cosas, sirve de punto de inflexión en la trayectoria de una sociedad y arrastra consigo un nuevo movimiento de larga duración. Imperceptiblemente, tras un largo decenio, hemos entrado en un movimiento de este tipo.
A finales del siglo XVIII, la máquina de vapor, impulsando la revolución industrial, cambió la faz del mundo: extensión del capitalismo, aparición de la clase obrera, nacimiento del socialismo, expansión del colonialismo... Aunque, en definitiva, esta máquina no hacía sino sustituir al músculo. Con su vocación de reemplazar al cerebro, el ordenador está provocando ante nuestros ojos mutaciones aún más inéditas y formidables. La gente constata, en efecto, que todo está cambiando ya a su alrededor: el contexto económico, los datos políticos, los parámetros ecológicos, los valores sociales, los criterios culturales e, inclusive, las actitudes individuales, el comportamiento humano.
Las tecnologías de la información y de la comunicación, así como la revolución digital, nos hacen entrar en una nueva era cuya característica central es el transporte instantáneo de datos inmateriales, y la proliferación de enlaces y redes electrónicas. Internet constituye el corazón, la encrucijada y la síntesis de la gran mutación en marcha. Las autopistas de la información suponen hoy en día lo que los ferrocarriles supusieron en la era industrial: factores potentes de impulsión y de intensificación de los intercambios.
La celebración de la primera Cumbre Mundial sobre la Sociedad de la Información fue un acontecimiento de gran envergadura, comparable, en materia de tecnologías de la comunicación, por su amplitud, sus efectos y sus desafíos, con lo que representó para el medio ambiente la Cumbre de la Tierra de Río de Janeiro (Brasil), o la Cumbre Mundial sobre Desarrollo Sostenible de Johannesburgo, en Africa del Sur.
En esta Cumbre Mundial, que se celebró en Ginebra (Suiza) los días 10 al 12 de diciembre de 2003, organizada a petición de la ONU, por la Unión Internacional de Telecomunicaciones OIT), participaron más de 10.000 delegados de alrededor de 175 países y unos 50 jefes de Estado y de Gobierno. Por primera vez, señal inequívoca de las transformaciones en curso, esta Cumbre de las Naciones Unidas reunía a los representantes de los Estados, jefes de empresas y responsables de Organizaciones No Gubernamentales (ONG).
Y es que ya nada es como antes. Hace menos de diez años que Internet llegó al gran público... En tan poco tiempo ha trastocado franjas enteras de la vida política, económica, social, cultural, asociativa... Hasta el punto de que en adelante, a propósito del estado de la información y la comunicación en el mundo, cabría hablar de un nuevo orden internet.
El aceleramiento y la fiabilidad de las redes han modificado la manera de comunicarse, de estudiar, de comprar, de informarse, de distraerse, de organizarse, de cultivarse y de trabajar de una importante proporción de los habitantes del planeta. El correo electrónico y la consulta de internet colocan al ordenador en el centro de un dispositivo de intercambio (relevado por el nuevo teléfono que sirve para todo) que conmociona el universo profesional en todos los sectores de la actividad.
Pero esta formidable transformación beneficia sobre todo a los países más avanzados, ya beneficiarios de las revoluciones industriales precedentes, y agrava lo que se denomina la fractura digital, ese abismo que se abre entre los bien provistos de tecnologías de la información y los desprovistos de ellas, que son mucho más numerosos. Dos cifras resumen la injusticia: el 19% de los habitantes de la Tierra representa el 91% de los usuarios de internet. La brecha digital aumenta y acentúa la tradicional fractura Norte-Sur como asimismo la desigualdad entre ricos y pobres (recordemos que el 20% de la población de los países ricos dispone del 85% del ingreso mundial).
Si no se hace nada, la explosión de las nuevas tecnologías cibernéticas desconectará definitivamente a los habitantes de los países menos adelantados, especialmente a los del Africa negra (apenas un 1% de los usuarios de Internet, entre ellos muy pocas mujeres).
Este problema no puede dejar indiferentes a quienes queremos -en mi caso, con mi modesta aportación- contribuir a la construcción de un mundo menos desigual, aunque solo sea denunciando en los medios de comunicación tamañas injusticias que, por otra parte, son de sobra conocidas.
La Cumbre de Ginebra se hizo eco de este grave problema, que estuvo en el centro de los debates, si bien es cierto que la Declaración final no pudo, lamentablemente, disimular el fracaso de las principales cuestiones, como el proyecto de crear un Fondo solidario digital, el control que ejercen sobre Internet muchos Estados autoritarios, o el modo de regular y gestionar la Red.
Continúa...
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