La Provincia, 5-06-2005

Intifada a golpe de móvil

No es fácil vivir en el Sahara. Desempleo, falta de expectativas, libertades a medias. Las reformas hacia una democracia institucional puestas en marcha por Mohamed VI en Marruecos avanzan con lentitud y se topan con los intentos de involución de la vieja guardia de Hassan II, que sustentó su régimen en prebendas repartidas entre los clanes que siguen dominando la sociedad saharaui.

En este caldo de cultivo crece una generación con pleno acceso a Internet, hay un cibercafé a cada paso, que ve a través de las cadenas europeas un mundo tan lejano que florece a sólo un puñado de kilómetros. Estos jóvenes, muchos de ellos formados en la Universidad y cuyo único futuro es ocupar un puesto oficial y vivir un poco mejor que el resto, son el Marruecos que está a la vuelta de la esquina.

En El Aaiún viven unas 200.000 personas, de las cuales tan sólo unas 40.000 son realmente saharauis, aunque a veces las diferencias son difusas debido al carácter nómada de sus antepasados. El resto, la aplastante mayoría, ha ido llegando en distintas oleadas desde las ciudades del norte, como Tan Tan, Guelmim o Agadir, o más al norte todavía, de Rabat o el Rif, siguiendo las directrices marcadas por el Gobierno para ir colonizando los territorios en disputa. Pero ahora muchos de ellos se sienten tan saharauis como el que más e incluso algunos de sus hijos se declaran independentistas.

Son estos jóvenes, que han pasado toda su vida bajo dominio marroquí, quienes han asumido estos días el relevo de la llamada resistencia saharaui, aprovechando, por un lado, el incipiente aperturismo oficial y, por otro, las nuevas tecnologías. El uso del teléfono móvil, por ejemplo, se ha revelado como un factor clave en la organización de las protestas, convocadas por SMS. Entre ellos juegan un destacado papel las mujeres, a las que se ha visto estos días alzando la voz en los actos de la autoproclamada Intifada saharaui. Precisamente las torturas y palizas a las chicas de las manifestaciones han sentado muy mal a los activistas y a los saharauis en general, porque en su cultura golpear o tan sólo gritar o maltratar a una mujer se considera un descrédito social, algo en lo que también se diferencian de raíz de la cultura marroquí.

Un paso más atrás de esta primera línea están los activistas por los Derechos Humanos, también hombres y mujeres saharauis que han conocido la dureza de las cárceles marroquíes y que, tras la subida de Mohamed VI al trono en 1999, han escogido esta forma de lucha como mecanismo para su propia supervivencia dentro del sistema. Hasta hace poco estuvieron aglutinados en torno al Foro por la Verdad y la Justicia. Uno de ellos es Brahim Numria. "Pero veinte o treinta personas no podemos organizar a un pueblo entero", asegura. Su actuación durante las protestas ha sido la denuncia de la represión y gracias a gente como Aminatou Haidan, El Ghalia Djimi, Fatima Ayach o Mohamed Fadel Gaoudi ha sido posible que las revueltas den el salto a la prensa internacional. "Ahora toca su turno a la comunidad internacional, que debe poner freno a tanta brutalidad. De manera muy especial a España, que en 1975 nos vendió como un corral de ovejas", asegura Numria.

PREMIO RAFTO.

Sidi Mohamed Dadash, que ha pasado 25 años en la Cárcel Negra de El Aaiún y que recibió el Premio Rafto de los Derechos Humanos por su defensa de los presos de conciencia saharauis, se mantiene también, hasta ahora, en un discreto segundo plano.

Mientras las manifestaciones van saltando de una ciudad a otra, una incógnita se cierne sobre este movimiento popular. ¿Hasta dónde van a llegar estos jóvenes y hasta dónde está dispuesto a resistir Marruecos esta desestabilización?

Uno de los grandes riesgos que planea sobre el Sáhara es que se repitan los incidentes de 1999 con enfrentamientos entre la población marroquí y la saharaui. Talib Mohamed, profesor de francés en El Aaiún, cree que eso no va a ocurrir. Talib es un marroquí que llegó al Sáhara a principios de los años 90 que se muestra tan crítico con el proceder del Gobierno como con las protestas saharauis.

"Quienes están discriminados en El Aaiún son los marroquíes, no los saharauis. Por poner un ejemplo, yo no me puedo presentar a las elecciones aquí", asegura. "Todos los días hay manifestaciones en Marruecos, pero sólo salen en la prensa internacional cuando hay por medio un traje tradicional saharaui. La información se politiza".

Sin embargo, opina que la brutal represión que ha sucedido a las protestas, con palizas y torturas en comisarías, no es de recibo en un país que se dice democrático. A su juicio, esta reacción es un síntoma de la lucha por el poder en Marruecos entre el Antiguo y el Nuevo Régimen, una manera de dar la razón a quienes reclaman que la mano dura no debe cesar y es la solución para acabar con las revueltas.

Talib pertenece a una cierta élite intelectual marroquí, porque la mayor parte de la población llegada del norte de aluvión se hacina en barrios insalubres y suponen un problema para unas autoridades que necesitan su presencia en el territorio, pero que no pueden hacer frente a sus necesidades. Muchos cobran un sueldo sin hacer nada, porque la escasa actividad económica es incapaz de absorberlos.

AYUDA MUTUA.

Por su parte, los saharauis no opinan lo mismo que Talib. Para ellos, todo es una cuestión de elección. Quienes han aceptado la presencia de Marruecos en el territorio o pertenecen a familias pactistas, pueden optar a buenas casas y puestos de trabajo; sin embargo, aquellos que se rebelan ante la situación o sus familiares son destacados activistas, están destinados al paro y a vivir de esa conocida práctica africana, la ayuda mutua.

Otro actor importante de este conflicto es el Frente Polisario, con quien los hechos de estos días tienen una indudable conexión, aunque no han sido los protagonistas. Desde la óptica de Tindouf, la incapacidad de Marruecos para integrar y dar satisfacción a las inquietudes de estos jóvenes y la explosión popular de la revuelta supone la continuidad del espíritu de rebeldía que ellos iniciaron en los años setenta.

Como Marruecos sabe muy bien, la extensión del conflicto durante más de treinta años y la permanencia en suelo saharaui de cientos de miles de pobladores procedentes del norte convierten la solución al problema del Sáhara en un ejercicio de auténtico equilibrismo político y diplomático. Pero la irrupción en la escena internacional del drama en toda su crudeza del exilio interior obliga al menos a la toma de decisiones, algo de lo que los saharauis están muy necesitados.