Las islas se nos escapan de las manos

Juan Jesús Ayala

 

Hablan de perforar montañas, de hacer túneles que comuni­quen el Norte con el Sur, de montar in­fraestructuras innecesarias donde quizás la más acentuada por su escaso rea­lismo sea esa segunda pista del aeropuerto del sur. Hablan tam­bién de hacerse los Jocos y no con­trolar la población foránea ilegal que paso a paso va desestructu­rando una sociedad como la del sur de la isla que comienza y ya termina, a la vez, con un mosaico de identidades donde el transcurso de la historia hizo se fabricase la del hombre del Sur, imbuido en sus negocios, en sus influencias en el turismo o también en los res­coldos pintando sus barcos de pesca.

 

Nos dicen también a través de las portavocías de las políticas que nuestro bienestar es estupendo, que nadie tiene que envidiarnos, que nuestro posicionamiento en la isla es totalmente operativo; ve­mos, sentimos y todo aquello que deseamos se nos presenta como positivo y alcanzable.

 

Pero lo cierto es que la isla se nos escapa de las manos. Vas ha­cia arriba, hacia las faldas del Teide y por el camino tropiezas con un solar isleño totalmente abiga­rrado de edificios, de casas, donde el campo duerme, donde los me­dianeros apenas si existen y la agricultura de nuestro Norte lan­guidece y todo parece girar entor­no a la expectativa de ese túnel que quieren hacer para acabar de enterrar la poca tierra que queda. Bajas a la costa y ahí el desagui­sado y la esquilmación que se ha hecho al territorio es flagrante; costa totalmente desconocida y acribillada por la especulación y los negocios no todos limpios que hacen que por ahí se nos escape con más premura que casi ya ni la conocemos; no es nuestra, forma parte de un escenario inventado en el que uno se siente raro, pues­to a dedo e instalado en el desconcierto. La isla por el sur desapare­ce, poco queda de ella.

 

Entre el Norte y el Sur, apreta­da como si se le quisiera exprimir la isla se queda empequeñecida y no acertamos a descifrar como desde la indolencia, desde el opor­tunismo y desde la fábrica que da votos se le ha dejado sin cabos de amarre y sometida  a vientos que la bambo­lean de un lado hacia otro.

 

La isla se nos escapa de las manos y cuan­do los políticos que han ocasio­nado el dispa­rate nos llegan con el mismo discurso grandilocuente no se si se darán cuenta que están volvien­do a meter la pata. Y no es que de­bamos olvidar u orillar el mensaje social y nos escapemos del nues­tro, del identitario. No es eso. Pero habrá que compaginar el progreso -hay que entender qué es eso del progreso- con la fortaleza de la is­la. Combinar el discurso con el fu­turo que queremos para Tenerife. No debe seguirse por el mismo ca­mino, a oscuras, donde los trompi­cones es lo que suena; hay que de­jar atrás mensajes sórdidos y ram­plones.

 

_____          La isla está a la espera de un nuevo discur­so, de otro mensaje que no debe venir de los que si­guen pensando en especular, en preservar la influencia de los poderosos; tiene que venir desde la limpieza y de una manera diferente de afrontar los proble­mas; sin titubeos, sin ambages y con las miras puestas en un solo y único objetivo que debe ser poner a la isla en el mejor sitio posible. No dejar marearnos por cantos de sirena de los que llegan desde otros lares para desvirtuar lo nuestro, para mediatizar y hasta si se quiere para acojonar a la gente. Seamos nosotros y seguro que así llegaremos aun a tiempo para que la isla no se nos escape de las ma­nos.

 

Y no es que se quiera ser pesi­mista y se vea el futuro bajo una lente opaca, pero la cuestión no está para bromear con ella y to­márselo con cierta tranquilidad.

 

La isla está cansada de su pere­za, está pidiendo voz en la cita que ha perdido con su historia, no de­jemos que sobre ella influyan las rutinas, las mediocridades y que aquellos que deseen soportar su responsabilidad que sepan que no todo descansa sobre lo que ya em­pieza a tambalearse; hablo del tu­rismo decadente, y hablo de su imagen difuminada.

 

Pensemos mejor la isla para dar con ella y una vez que sea así se estará en disposición de tenderle un cabo para que no termine de ír­senos de las manos.