La enseñanza de Jacques Derrida
Juan Jesús Ayala
Cuando un filósofo se nos va y deja la huella de su pensamiento en los libros que ha escrito, a pesar de ello, los vacíos no se acaban de llenar, porque aunque estén en su mundo, en sus discursos y los veamos distantes es necesario no sólo lo que nos trasmiten por la escritura para mantenerse en pie ante la miseria intelectual que nos acosa sino que el saber que están ahí es como si fueran un agarradero para no tambalearnos en el abismo de las memeces y de las boberías rampantes del día a día.
Y uno de los filósofos que nos han dejado es Derrida y a pesar de lo enrevesado de su filosofía, de su deconstrucción en ella nos trasmite que no hay que ir a la parte central de las cuestiones, no hay que buscar el meollo de los asuntos escarbando en las profundidades ya que además de ser agobiantes desvirtúan la realidad y no es posible dar con la razón de ser de las cosas. Para Derrida es la marginalidad y en las anotaciones de las márgenes del libro donde aparece lo esencial.
Remarca que la propia deconstrucción no es factible por sí sola porque a toda deconstrucción le sigue una construcción que deberá ser deconstruida y así sucesivamente, "el lenguaje tiene que disolverse para dar lugar a la escritura". No se puede decir siquiera que el fuera es el dentro. De ahí que todos los temas que se tratan como fundamentales hay que irse a la otra orilla puesto que en esa ribera es donde podrá brillar con luz propia la verdad.
El filósofo nacido en Argel tiene su aspiración que la refleja durante su vida y a lo largo de su pensamiento que es vomitar la filosofía y situarla en el campo de lo general para decapitarla que es ni más ni menos que irle quitando el cemento que enlaza los argumentos y dejarla en el mas puro esqueleto. Desde ahí se comprenderá mejor lo que nos preocupa y aquello que nos quieren meter como si fuera gato por liebre.
Su filosofía que da la sensación de empalagosa y antipática y que ha saltado por el estructuralismo hasta llegar al marxismo es en realidad un método analítico de suma transcendencia y sencillo de admitir puesto que con él se nos pone en pista de las cosas desde la sencillez, despiezando los sistemas y las estructuras desde fuera. El retrato en blanco y negro nos dará una mejor visión de uno mismo que una amplia panorámica en color. El sueño nos dará mejor certeza que la vigilia. La vigilia espanta a los acontecimientos, los estrangula mientras que la parsimonia y la templanza les quita hierro a las cosas y el pensar que son mas sencillas de lo que parece en volver sobre ellas con entereza y certeza.
Caminemos pues por los márgenes, desechemos los discursos grandilocuentes, andemos por los linderos y de esa manera se demolerán las estructuras que se pretenden construir con historias inventadas y razonamientos henchidos de sofismas.
No cabe duda que aquellos, como Derrida, que han transitado por los vericuetos del pensamiento, que se han detenido a reflexionar son los que dan luminosidad a muchas cuestiones que hoy nos agobian y a las que no encontramos la respuesta adecuada a las miles de preguntas que circulan por ahí. Desde la guerra de Irak, hasta la memez de los debates entre Bush y Kerry; desde los muertos en Palestina, o la operatividad de las mafias en las playas de El Aaiun hasta la falta de reflejos de los que gobiernan que confunden lo fundamental con lo marginal y no acaban de darse cuenta que eso, la que se anota, lo que canta es lo importante y es lo que hay que solucionar y no andarse por las ramas y dando palos de ciego como si se estuviera en posesión de la verdad absoluta cuando lo que pasa es que están perdidos en el marasmo de papeles, y de argumentos complicados cuando lo sencillo es lo que hay que resolver. Ahí está el meollo de la cuestión. Derrida lo dejó pensado.