Jornada laboral

Lorenzo Doreste

Hace poco estuve en casa de un amigo, en el campo, y quedé admirado de los bonitos y funcionales muebles que tenía. Me explicó que eran obra de un vecino, un carpintero muy inteligente, pero muy vago, que cierra la carpintería tres meses al año para dedicarse a pescar, a cazar, para estar con los amigos y con la familia, y por su vagancia no puede atender todos los encargos que le hacen o intentan hacerle. Yo, aún sin conocer a ese carpintero, no estaba muy de acuerdo con la versión que mi amigo me daba, y le pregunté: "¿Y cuando tiene la carpintería abierta, nueve meses al año, es cumplidor?" "Sí, sí, es muy serio. Cumple siempre los plazos de entrega". "Pues entonces yo creo que ese carpintero no es un vago, sino un hombre sabio, que sabe vivir".

Desde luego, la jornada laboral es un tema en permanente discusión. Los empresarios quieren jornada larga, y los empleados quieren tiempo para dedicarlo a la familia y a vivir su vida. El culto al trabajo es una invención calvinista, que está arraigada con fuerza en Estados Unidos. Consecuencia: Que te conviertes en la primera potencia mundial... pero sólo en lo económico, y lo económico no es el máximo valor en la vida. El ser humano necesita desarrollar una serie de valores de forma armónica, equilibrada.

El sistema capitalista está basado en el consumismo. Consumir es necesario para que las grandes empresas produzcan, para que la productividad llene los bolsillos de unos cuantos, y condene a bastantes a la esclavitud laboral y a las deudas permanentes. Tan acostumbrados estamos a este sistema que es difícil imaginar otro mejor. Leyendo los Recuerdos de niñez y juventud, de mi tío Víctor Doreste, veo que cuando no había consumismo exacerbado la gente se comunicaba más, existían más tertulias. También la gente cultivaba más la música, o la cultivaba de otra forma más directa, pues muchos sabían tocar instrumentos musicales y sabían cantar. Era frecuente en los barrios organizar representaciones teatrales en las que participaban los vecinos.

¿Cómo diseñaríamos un sistema mejor que el actual? Pues la jornada laboral no pasaría de seis horas diarias. Esto les parecerá a muchas personas un disparate, pero yo lo vi hace años en París, en un Instituto de investigación en el que estuve trabajando un tiempo. Los investigadores entraban a trabajar a las diez de la mañana, a las doce se iban a comer, a las dos volvían al trabajo, y a las seis de la tarde no se veía un alma en el Instituto. En total, seis horas al día, pocas, pero muy bien trabajadas, sin distracciones de ningún tipo.

El tiempo libre habría que dedicarlo en primer lugar a la salud, a caminar la hora diaria de reglamento, a hacer meditación, a cultivar aficiones, a relacionarnos más. ¡Cuántos problemas se deben principalmente a la falta de diálogo! Si los padres no estuvieran amarrados a una larga jornada laboral, podrían acudir a menudo por los colegios de sus hijos. Se evitarían casos lamentables de acoso escolar que han tenido trágicas consecuencias.

 Limitar el consumismo ahora es muy difícil. Antes sólo los ricos iban de viaje, de veraneo. El tal veraneo consistía en que vivían habitualmente en la ciudad, y el verano iban a pasarlo a una casa en el campo. Hoy, mucha gente siente la necesidad de irse cada año al extranjero. ¿Cómo vas a quitarle esa costumbre? ¿Y cómo le vas a decirle a la gente que no use el coche sino los transportes públicos?

Ahora existe un consumismo desaforado. El consumismo no se puede eliminar totalmente. Sólo sustituirlo por otro de tono menor, acorde con una forma de vivir más sosegada.

En fin, la lucha en torno a la jornada laboral persistirá. No sé cómo evolucionará la legislación al respecto. En cambio me da la impresión de que la sociedad se va sensibilizando cada vez más al problema, y la gente está actuando en consecuencia. El otro día vi a un amigo, abogado de prestigioso bufete. Me dijo que había cumplido cincuenta años y estaba renunciando a muchos casos. Llevaba sólo unos pocos. Ahora se dedicaba a faenas agrícolas en su finca, a tocar la guitarra, a ir a las reuniones de la Orden del Cachorro Canario, a vivir la vida. Lo felicité efusivamente.