Don José Escobedo,
primer rector de la Universidad de La Laguna

Hace unos meses, tuve la oportunidad de hablar ampliamente con mi amigo José Manuel Castellano sobre don José Escobedo, a raíz de encargarme que hiciera el prólogo de su biografía. Había tenido referencias del profesor en mi tierna infancia, en aquellos comentarios de sobremesa organizados en una familia de siete hermanos, en plena posguerra. El profesor Escobedo entró alguna vez en los relatos que contaba mi padre, que era un narrador inmenso, cautivador por su voz y sus gestos y atrapador de historias por su imaginación y serenidad.

Don José se me quedó impreso en la cámara oscura de mi memoria, sin que pudiera conocer algo más sobre su personalidad. Pasado el tiempo fue borrándose la figura del ilustre profesor, al no aparecer ni un solo vestigio de su quehacer en el día a día que se nos iba dibujando al paso de los años. La sociedad es así de ingrata. Sólo me quedé con una primera información: don José Escobedo había sido el primer rector de la Universidad de La Laguna, después del decreto de constitución emitido por las autoridades competentes, con motivo de la división interprovincial de Canarias, en 1927, casi inmediatamente hará ochenta años. Después, con el paso de los años, a día de hoy he comprendido que don José fue esencialmente un luchador, incluso un luchador incomprendido.

No hay un solo recuerdo ni placa conmemorativa de ningún Rector de la Universidad, en el Campus o en el edificio que fuera la sede institucional; un recuerdo a tantos esfuerzos, a tantos desvelos como han sido los que se han necesitado para sacar adelante este primer centro universitario de Canarias, que sigue pasando por momentos de agonía y que necesita respiración asistida con tratamientos de urgencia.

Cuando don José Escobedo se incorpora a la docencia en La Laguna, están sumidos en la Dictadura de Primo de Rivera, con todo lo que ello significa. La situación política, los problemas sociales, la cuestión económica y la voluntad popular están bajo presión. Como sucedió el 18 de julio de 1936 y se intentó el 23 de febrero de 1981, el 13 de septiembre de 1923, Miguel Primo de Rivera, capitán general de Cataluña, se sublevó contra el gobierno y dio un golpe de Estado. Marruecos fue el detonante unido a una grave crisis monárquica que no encaja en el siglo XX; tensiones nacionalistas e incapacidad de los partidos políticos para afrontar un régimen democrático pleno, culminan el proceso.

En el panorama internacional se observa que los sistemas democráticos se tambalean en Europa, se implanta el fascismo en Italia en 1922; se funda en Alemania el partido Nazi; Rusia ha quedado sometida después de su revolución, a Stalin y los regímenes totalitarios alcanzan a Portugal y a Polonia. Primo de Rivera en admirada pleitesía a Mussolini asume que es el "apóstol de la campaña contra la anarquía y la corrupción política" y recoge parte del sistema corporativista que ya se implantaba en Italia y que pretendió exportar a España.

Un período de altibajos, con una coyuntura internacional favorable, permite el fortalecimiento industrial con un sistema de autarquía, que precisa de la intervención del Estado frente al atraso de las inversiones privadas. Se desarrollan las comunicaciones, y se realizan proyectos de alto impacto en todo el territorio. Se propició una política hidráulica dándose el salto a la agricultura de regadío. Las regiones industrializadas, como Cataluña y País Vasco, vieron un incremento de su prosperidad económica. Se pasó de un 57% de mano de obra dedicada a la agricultura, a un 45% y se duplicó el parque automóvil en seis años. Añadir que el aumento demográfico provoca las primeras notables emigraciones interiores en la península. Se produjo un incremento de las inversiones públicas para mejorar las comunicaciones, los regadíos y la energía hidráulica.

Ya en 1927, al haberse cambiado el Directorio Militar por uno civil en 1925, se crea una Asamblea Nacional Consultiva a modo de parlamento, sin que asuma el poder legislativo. Este proyecto y la Constitución de 1929 serán los últimos intentos de la dictadura por mantenerse.

Será en 1925 cuando Don José Escobedo saca su cátedra y es nombrado numerario de derecho Canónico en la Sección de Estudios Universitarios de La Laguna, y pasará los primeros años en la gestión de la futura Universidad estando de rector, en su primera etapa, entre 1927 y 1931.

Pero no creo que yo sea la persona adecuada para dibujar un perfil del profesor Escobedo, entre otras razones por mi desconocimiento del personaje, al que he tratado de ubicar en su tiempo y con sus gentes, en esta ciudad de La Laguna para el prólogo que acompaña al magnífico trabajo de Castellano. A mi me correspondería, acaso, para no errar divagando sobre tan ilustre profesor, hablar de la ciudad que vivió y de la sociedad con la que debatió. Será a ustedes, amigos presentes y lectores, a los que les invito a que se interesen por este personaje que en algunas circunstancias ha sido denostado por su ideario humano, que no político, al tratarse de un humanista de derechas, culto, religioso, observador, comunicativo, gestor, respetuoso con sus compañeros, comentarista en medios periodísticos, analítico e intimista y respetuoso con la cosa política en la que, según sus propias palabras, nunca participó.

Malos momentos le tocó vivir al profesor Escobedo y malísimos los que sufrió como Rector Magnífico. De la lectura de sus propios escritos, que representan un importantísimo material de primera mano, clarificador, directo y ecuánime, que significan una narración contada por el propio Escobedo, porque no en vano la documentación utilizada para este trabajo viene, justamente, de los documentos que ha conservado su familia durante más de cincuenta años y que están ordenadamente contextualizados en este precioso trabajo.

La ciudad que encuentra a su llegada el profesor Escobedo, la tengo presente desde aquellas tertulias que disfruté en mi infancia junto a los míos, pertenecientes a los comienzos de aquella etapa difícil que sufrimos los niños de la guerra. Poco se transformó la ciudad antigua, hasta los años sesenta. Se me fueron dibujando las calles de la ciudad, las casas, las plazas, los caminos, las huertas, considerando que habíamos dejado atrás la guerra civil española y seguíamos pasando los apuros correspondientes de la II guerra mundial. Escobedo la descubrió diez años antes y yo he tratado de observar aquella ciudad, de mirarla con el respeto que me inspira su ternura y su longevidad, sabedora de tantos recuerdos, portadora de tantas reflexiones, guardadora de tantos retazos.

La situación de la sociedad de La Laguna, durante este breve período de tres años, es confusa y ha sido poco estudiada. Así y todo análisis del entorno de la Segunda República y sus momentos previos, dan noticia sobre el movimiento obrero durante la Dictadura de Primo de Rivera. En la prensa de la época puede leerse una defensa a las asociaciones obreras donde proponen la instalación de un centro obrero en La Laguna 1929, definiendo su labor como "de cultura, y en ella la escuela, las conferencias, los libros, las revistas han de ser su primera finalidad..." Habría que añadir que según datos publicados en el periódico La Prensa, hay gran cantidad de niños que callejean por La Laguna durante un largo período de tiempo donde existe una enorme escasez de escuelas, pero que a finales de los años veinte, aumentaron en cifras absolutas notablemente los niveles de escolarización. Como puede suponerse la situación escolar no es del todo favorable como para proyectar una labor universitaria importante en un futuro cercano.

La ciudad comenzaba a desperezarse y llevaba a cabo importantes manifestaciones urbanas, que daban las líneas necesarias para una nueva planificación al urbanizarse caminos por la vega o realizarse pequeñas obras de infraestructura que ayudaban al desarrollo urbano que a su vez, mostraba ya importantes edificios eclécticos como eran el Casino, el Teatro Leal, el Palacete de don Martín Rodríguez, la Catedral, el colegio de las Dominicas, el chalet de Domingo Cabrera etc., obras de los arquitecto e ingenieros más notables de la época: Rodrigo Vallabriga, Estanga, Pintor, etc., todo ello unido a los edificios históricos que le daban raigambre de ciudad monumental dentro de las coordenadas insulares.

Pero a pesar de haber vivido más de setenta años en ella, soy consciente de que no puedo ser cronista de su larga historia y sobre todo de que no se pueden acercar, de un solo vistazo, tantos actos y sucesos; no se pueden conocer de una sola mirada tantos hechos y personajes; no es posible oler de una sola inspiración, tantas aromas de inciensos o de alfombras, de cohetes o de frutales; no se pueden sentir de un solo golpe, tantas emociones ni rescatar en un instante tantos sonidos, tantas voces, tantas músicas, tantos coros eclesiales; ni siquiera se pueden percibir tantas lluvias, tantos sucesos, tantas huidas e incluso tanta santidad, porque la vida de la ciudad se construye día a día, año a año, siglo a siglo y de ellos va quedando como un poso que se adhiere a las piedras, a los musgos, a los berodes, a las gárgolas, a las columnas, a los quicios de las puertas, a las molduras de las ventanas, a los aleros y a los balcones, musgo y líquenes que suele nacer sobre los blasones de piedra o de mármol.

Supongo que esta pudo haber sido, incluso, la impresión que se llevó el catedrático Escobedo al penetrar por la calle de San Agustín, entrar en la antigua casa de los Jesuitas que ahora abría sus puertas como sede de la Universidad, pasar por la puerta barroca y encontrarse ante el salón grande, ante el propio oratorio que dejaran casi sin usar desde finales del siglo XVIII, y que luego fuera Escuela pública y Aula de Historia de la Iglesia, y Escuela de Magisterio, y Biblioteca de la Real Sociedad Económica en un primer momento y Universidad Literaria. O quizás el adentrarse en Lercaro, renacentista y popular, y reconstruir en su mente el patio, casi claustro, con los esgrafiados de la segunda crujía y los capiteles o zapatas de los pasillos altos con caras de monstruos casi medievales. O con sus paseos por el Instituto de Canarias, disfrutando los claustros y el Paraninfo y la biblioteca Agustina, donde las enormes bolas del mundo reposaban junto a la mesa principal, tras el silencio provocador de los estudiantes ensimismados en la ciencia.

La ciudad fue siempre un lugar de recogimiento en paz, con sus calles semidesiertas, adoquinadas o empedradas, sus plazuelas recoletas y arboladas, salpicadas de humedad permanente, de araucarias y dragos, de reluciente serenada, de hierbajos en los aleros o entre las rendijas de los adoquines o de los pretiles de basalto que perduraron desde tiempo inmemorial; las plazas con los bancos antiguos y las fuentes minuciosas; el arbolado añejo y frondoso parece resucitar en cada primavera, a través de los muros de las huertas o de los tapiales, en nuevas hojas que aumentan la perennidad de las ramas más menudas, que se desarrollan minuciosamente en las copas tupidas de los laureles de India, venidos algún día en los viajes de vuelta, entre cajas de caoba y cinturones repletos de oro, en aquel último viaje sin retorno.

La ciudad recibe a propios y a extraños agolpándose, a sus ventanas silenciosas, sus habitantes de siempre, de tres o cuatro siglos; las señoras antiguas con sus tocados y sus trajes de brocados, que también seguían paseando los comienzos del siglo; los caballeros con sus capas y espadas, con sus caballos incluso con sus carros de cargas campesinas; o con sus sombreros y bigotes y pajizos de los años veinte; o también allí las curias eclesiásticas y sus conventos repletos de monjas franciscanas o dominicas que entregaban sus dotes en ceremonias de matrimonio con Dios, para dejar fuera lo terrenal y vivir dentro, desde una celda humilde, el resto de sus vidas virginales; o de monjes dominicos, agustinos y franciscanos, que enseñaban gramática y peleaban, más tarde, con los jesuitas, sus pleitos religiosos universales y universitarios, desde los púlpitos y desde las aulas abiertas a los pudientes de aquellas sociedades.

Don José pudo sentir la grandeza de lo insignificante, viviendo una ciudad pueblo, menuda, arruinada en lo escolar y abandonada en lo económico. Una ciudad que, sin embargo, parecía volver a empezar a vivir otra vida iluminada por los nuevos conceptos arquitectónicos. La biblioteca del Marques de Villanueva, la de los Agustinos y poco más, salvando los documentos dominicos y los restos de bibliotecas institucionales que quedarían por algún reducto aun inexplorado de las casas de los viejos clérigos como Ossuna, Rodríguez Moure y algún que otro estudioso. O quizás en este mismo y bellísimo rincón resucitado, donde ahora nos encontramos, donde ya vivía doña Laura de la Puerta y don Domingo Cabrera, en este hermoso recinto hecho por Mariano Estanga en el bautizado Paseo de la Universidad.

Pero la poca motivación de los políticos, especialmente del Cabildo, la escasa falta de entusiasmo que la sociedad canaria que toma por la puesta en marcha de la Escuela Politécnica, son una reflexión constante del Rector Escobedo a finales de 1930. Documentos personales, muestran el lamentable estado de la enseñanza, la dejación del Ministerio y la inactividad de las autoridades insulares, e incluso la importante reunión en el Ministerio con políticos canarios en Madrid y autoridades locales para aclarar la situación del futuro de la Universidad de Canarias, que estuvo a punto de ser cerrada.

Aun en esta ciudad se respira, quizás, en los silenciosos amaneceres, o en los lúgubres atardeceres, cuando se llega a coro a desgranar plegarias en monodias medievales o en polifonías de Tomás Luis de Victoria o Palestrina, y el olor al incienso se entremezcla con el primer café o con el aroma del pan caliente en los hornos de las panaderías, ese aroma que se percibe entremezclado resumando azahar en los prolegómenos del invierno, o se revuelve en el hiriente matiz de los jazmines, que anuncian plazas y jardines interiores.

Y a pesar del período político, de la complejidad de la Dictadura del General Primo de Rivera, de la posible renovación de sucesos antiguos o la esperanza de lo que iba a llegar de inmediato en 1931, Escobedo va y viene, camina sus calles, escribe en los periódicos, guarda documentos de controversia con la administración central y va dejando su perfil de humanista guardado entre los viejos papeles que se van agrupando en carpetas llenas de una historia que no se llegó a conocer cuando se produjo y que ahora estamos descubriendo desde este texto que nos ayuda a conocer el tiempo.

El cambio político con la caída de la dictadura trajo una renovación de la vida política del país. Escobedo como rector junto a los vicerrectores y decanos presentó su dimisión a principios de marzo de 1930, quedando por razones de servicio, como rector, hasta mayo de 1931.

La proclamación de la República supuso la reactivación de toda la vida política, así como del movimiento obrero, cuyos problemas específicos vuelven a cobrar protagonismo social e informativo. En La Laguna se recupera la Agrupación Socialista y la intervención de la Federación Obrera en todo el movimiento obrero de las islas, con gran protagonismo. La sucesión de huelgas inicia 1932 con problemas en los transportes, tabacalera, construcción, gas y electricidad. Distintos medios de comunicación local se radicalizan pero el más radical fue Minerva que inicia su publicación en 1932 y que después de la huelga general que a principios de 1933 paraliza Santa Cruz y La Laguna, dice que "desventurados obreros, enloquecidos y alucinados, tratan de formar una argamasa de sangre y cenizas para levantar la futura sociedad".

Bellas jardineras, inmaculadas y frondosas, pasto de mariposas, y de libadoras abejas que se arremolinan sobre las flores que brotan en el lugar abierto de una losa extraída en el claustro centenario; geranios matizando sus rojos y malvas sobre los verdes jardines cargados de humedales; calas, flores de mundo, incluso amapolas y bellas margaritas, junto a la siemprevivas, activando el concierto de espléndidos aromas y singulares pinceladas, que caracterizan las parcelas históricas del Jardín de la Hespérides, donde los dragos y las palmeras, hermanos mayores de la vegetación, se alzan anunciando una plaza o definiendo un claustro conventual, que termina en un ciprés que, a su vez, acuchilla la penumbra de los atardeceres y guarda nidos de mirlos que amarillean con sus picos los entresijos de toda la enramada.

Momentos difíciles, gestiones ruinosas, viajes imprevisibles y silencios claustrales. A comienzo de los años treinta Escobedo cuelga su traje negro de rector y se arropa en su muceta roja de catedrático de derecho. Descansará unos años hasta los albores del 36, donde por más antiguo le corresponde volver a retomar el bastón de mando rectoral.

Poco a poco la oscuridad va ocultando misterios y las luces van encendiendo ventanas y las que miran al poniente, se reavivan con la puesta de sol que hoy derrama rojos de atardecer y en otras aparecen azules intensos. La tenue luz de los últimos rayos, da toques cobrizos a los tejados ondulantes que se amontonan para ofrecernos el perfil justo de la skayline histórica rota, abruptamente, por las pesadas sombras amorfas e imprecisas de la modernidad, que hará complejo el reconocimiento de la realidad que empieza a dibujarse.

En mayo de 1933 se legaliza Radio Comunista de La Laguna. El 29 de mayo una Asamblea en el Teatro Leal estudia el problema tabaquero. La sucesión de acontecimientos lleva a Minerva a recordar, con nostalgia, la dictadura de Primo de Rivera. A comienzo de este período la Federación Obrera de La Laguna pasa a la clandestinidad y en 1934 se crea la Juventud Socialista en la ciudad.

La repercusión en La Laguna de las huelgas de la construcción y del tabaco, en mayo de 1935, parecen indicar un punto de inflexión confirmado con la victoria electoral del Frente Popular.

Dentro de este espectro político la Universidad de La Laguna no sólo fue noticia periodística por su penoso desenvolvimiento. En efecto, sus carencias no impidieron al centro de la ciencia canaria asumir sus responsabilidades en la Región abriendo sus puertas a la sociedad isleña para dinamizar la empobrecida vida cultural de entonces. Los "Cursillos de Extensión Universitaria" en los que alumnos y profesores recorrían diferentes pueblos isleños, impartiendo charlas y debatiendo problemas, son una buena muestra de ello. Por esos años y como en otras universidades del estado, en La Laguna se fundó la F.U.E. asociación que daba cauce al movimiento estudiantil liberal de tendencia laica.

La sociedad va evolucionando y recreando nuevas expectativas, nuevas libertades que aparecen con la Segunda República. Cinco nuevos años de esperanzas para una sociedad controlada, sumisa y sometida a la voluntad del dictador primero, que se relaja y respira fuertemente un nuevo aire que se verá ensombrecido prontamente por el dictador segundo.

El oscuro manto de la noche deja encendidas las claraboyas y los claustros; las ranuras que como viejas heridas, de las antiguas ventanas, enrojecen con su luz los nudos y las fibras laminadas de las teas, que estructuran las nobles carpinterías. Como en la vida misma. El vuelo de una rapaz rompe la quietud del cansado crepúsculo y se dibuja en lo alto del caballete, erguido, del coro del convento. Todo abajo es silencio y a pesar de la implacable nocturnidad, la rapaz dilata sus pupilas y descubre con su diafragma perfecto a aquel roedor que persiste en los sacos de la cosecha, que llegaron esta mañana de las fincas de Anaga. A pesar del silencio la sagacidad permite que se cumpla con esa ley, escrita, de la muerte y la vida. Así se volvió también la vida entre las pobres gentes y los vigilantes de la rectitud dictatorial.

Los años de la segunda república dieron a la ciudad un cambio radical en la enseñanza escolar y en la situación de las familias. Eran los años en los que se decía que los perros se ataban con longanizas. Es un período que Escobedo ejerce la cátedra, escribe textos, muchos de los cuales quedarán inéditos; ve crecer a sus hijos, cultiva la lectura y conversa con sus amigos Serra y Villaverde. Y pasean la ciudad y la viven intensamente, porque ellos disfrutaron la esencia de la calle de San Agustín, y el Bar Central en la Plaza de la Catedral y los teatros de Viana y Leal y convivieron con el Ateneo, lleno de intelectuales de singulares hábitos.

Le tocó vivir el difícil momento de la Guerra Civil. Tiene un papel complicado cuando le piden informes de profesores de la Universidad, ya que como decano de derecho se lo pide el Rector a él y a los demás decanos. Son cosas que no se perdonan aunque no las hayas hecho o respondido como así parece que fue. Fue respetuoso con las gentes de su generación; así se evidencia con sus documentos en defensa de Elías Serra y la exculpación de una serie de profesores que ni siquiera habían impartido docencia universitaria. Malos ratos le hizo pasar el Gobernador Civil Orbaneja, aplicándole ofensas personales, incluso amenazas de encierro en comisaría. Un mal momento para una vida que pudo ser diferente, pero de la que hoy podemos recuperar su grandeza.

Si interesante es conocer el momento político, social y de gestión en que se mueve don José Escobedo y la propia sociedad de la época, que queda sobradamente contemplado en lo anteriormente dicho, no lo es menos el conocer su visión de la política como un hombre de derechas, respetuoso con la izquierda y con los diversos pensamientos que surgieron en los difíciles momentos en que vivió. En un escrito suyo se lee "nunca he actuado en política; nunca he militado en partido político..."

Altas crecen las torres, la de La Concepción, bajada y subida hasta tres veces, y las de la Catedral, reformadas hace un par de años y ahora pendientes de su cubierta corrompida por la humedad y la mala construcción, y quizás las malas reparaciones que de todo ha habido; altas crecen sobre la línea del cielo de una ciudad que hace unos años se despertó Patrimonio de la Humanidad y ahora se revisa para detectar sus más insignificantes problemas estructurales, con el deseo de encontrar otra ciudad debajo de esta; aquella ciudad alegre y bullanguera llena de estudiantes y colmada de alegrías, con una Universidad presente; aquella ciudad que un día fue llamada de la Cultura y que ha ido deshojándose, marchitándose año tras año, sin que podamos hacer nada especial para recuperarla, aunque seguimos empujando y esperando.

Esta misma ciudad que acabo de narrar entre lo bucólico y la ensoñación, fue la que vivió don José Escobedo y escuchen ahora su rememoración en un documento escrito por el catedrático de Derecho y primer Rector de nuestra Universidad, en 1928 y que titula: El Alma de La Laguna.

¿Cómo mostrarla? Al través de su cuerpo. Fijaos en él. La Laguna tiene por pedestal a Santa Cruz, por frontera el Atlántico, por soberana la tradición, por eso tiene señorío. La Laguna tiene una catedral gótica, y un palacio episcopal barroco, y conventos de grandes muros, y muchas campanas que repican a gloria, convocan el clero, y lloran los difuntos, por eso tiene fe. La Laguna tiene un callejón, y el callejón se llama "de las Monjas", por eso tiene poetas. La Laguna tiene la merced de "Las Mercedes", y "la vega lagunera", y el sol que la fecunda, y la luna que la poetiza, por eso tiene el poder de la atracción. La Laguna tiene magas que visten sombreros, cantan folias, y labran los campos, por eso tiene vida. La Laguna tiene profesores con nostalgia, estudiantes que sueñan, cortejan y trabajan; edificios escolares que lloran sus achaques y piden su jubilación, por eso aspira a tener ciencia. La Laguna tendrá Universidad, y tendrá ciencia, y reinará en el Archipiélago sometiéndole a la soberanía de la inteligencia.

José Escobedo
Rector de la Universidad
La Laguna, 25 Marzo de 1928

Agradecer a la editorial Baile del Sol la iniciativa de la edición; al CIT del Noroeste de Tenerife por haber cedido estas bellísimas instalaciones por lo que aprovecho para felicitarles por la iniciativa de devolvernos el Castillo de doña Laura y don Domingo; a la Concejalía de Cultura del Excmo. Ayuntamiento de La Laguna y a su Concejal don Juan Torvisco, por aprovechar una oportunidad tan especial; a Rioja Bordón por su colaboración. Y por ultimo ofrecer mis respetos a Ana y Rafael. Personas a las que siempre he considerado y con las que me he distinguido con su amistad. Ahora me encuentro mucho más cerca de ustedes.

En especial a José Manuel Castellano por haberme rescatado de una casi segura catarsis jubilatoria, ofreciéndome las páginas en blanco previas a una hermosa historia, y permitiéndome la oportunidad de hacer dos prólogos, caso insólito, uno para acompañar los pasos previos, marcar el territorio, señalar los hechos e introducir las escenas, y otro para acercarles a todos ustedes, hoy, la oportunidad de degustar en un texto exacto y libre de alharacas, la auténtica historia de un ser humano al que le complicaron la posibilidad de consolidar la enseñanza superior en Canarias.

En un texto periodístico de 1933, Juan Pérez Delgado (Nijota), decía: "La Universidad es un islote cultural inhabitable, en mitad de un océano de indiferencias"

Esta frase sirve de preámbulo al libro que ahora presentamos. Sin embargo quiero pensar que han pasado más de setenta años de su publicación y que la referencia se pudiera haber ido diluyendo y acercándonos a una situación radicalmente diferente, por eso quiero concluir con las últimas palabras del prólogo de este libro que escribí en la vorágine periodística sobre la Universidad de hace dos meses.

El conocimiento de don José Escobedo me reconcilia con los difíciles momentos de mi propio nacimiento, con el período de entreguerras, con la singularidad de una ciudad que estaba encerrada en su pobreza y razonablemente abierta a las corrientes modernas, llevada con grandes dificultades por la sutil manipulación política y la difícil situación económica.

Pero hay algo que se destaca por encima de todo lo demás, me refiero a la inoperancia de la administración pública, local, insular, provincial y nacional, para resolver un problema capital como fue el apoyo a ciegas a la Universidad de Canarias, que tardó veinticinco años en arrancar, por la ineficacia de los políticos, que siempre han debido permanecer al margen de la gestión de la cultura y de las ideas. La Universidad, como moldeadora de ideales e ilustradora de conocimientos, no debe pertenecer a ninguna ideología. Sus profesores son de un lado o de otro o de ninguno. Cada momento político de un signo o de otro, tiene el deber de alimentarla económicamente, propiciarle los materiales, laboratorios, seminarios, bibliotecas, espacios de relación y de debate suficientes. Pero jamás deben los políticos intervenir en la gestión que ha corresponder a personal especializado en este tipo de instituciones.

De ahí que la actual situación de la Universidad de La Laguna, la que tanto costó poner en marcha, a la que el resto de las islas negó el pan y la sal, pero mandó a sus estudiantes a formarse sin adquirir compromisos y que ahora recibe reprimendas, controles, molestas acusaciones, nefastas actuaciones y peores soluciones económicas, debe ser gestionada por un órgano aséptico, sin ideología, formado por profesionales que sepan sacarle la calidad que de sus gentes se supone y de sus servicios ha de desprenderse.

A ustedes, pedirles disculpas por la extensión de mis palabras, pero esto se lo debía a la historia y al momento. Señalar por último que al rescatar la figura del ilustre catedrático, me reafirmo en la creencia de que tenemos que profundizar en el alma de los seres humanos, desde el conocimiento de sus actos. Hay situaciones en la vida de las gentes que nos perturban su imagen real. Confundimos los hechos, nos trastornan los actos y nos engañan las circunstancias. Incluso hacemos nuestros argumentos escuchados, de dudoso rigor, que terminamos teniendo por ciertos sin la posibilidad del contraste histórico. A veces hay que aflojar la crítica, ponderar las situaciones y aclarar las ideas. Nunca un intelectual podrá ser perfecto, como tampoco todos los seres pueden llegar a ser intelectuales. Nunca tendremos derecho a juzgar a nadie. Por eso me quedo con la imagen que me han dado sus escritos, con el recuerdo de este personaje luchador, que tan bien ha redibujado José Manuel Castellano, desde sus propios escritos y que le tocó vivir en un momento difícil. Don José, sea usted bienvenido.

(*) Presentación a cargo de Adrián Alemán