Juan Manuel García
Ramos
María Rosa
Alonso
Cuando estamos colonizados es ahora, amigo García
Ramos. Claro que compartimos la desdicha con otros territorios hispanos o iberohispanos. Colonizados por la gentuza foránea que nos
avasalla y nos tiene convertidos en minorías. Véase lo que pasa en
Fuerteventura: hallar en ella un majorero de pura cepa es un alfiler perdido en
un pajar.
Mi muy inteligente
amigo, Juan Manuel García Ramos, me parece que sufre en estos últimos tiempos
un increíble desconcierto. El hombre, jaleado por la prensa, ha perdido un poco
el compás. En un país que anda algo mal de la vista (tal vez porque le
convenga) resulta que el tuerto se cree rey. Un rey de pacotilla. Porque no me
vaya usted a decir que los doce pares de Francia son veinticuatro.
Ha pasado a ser el
amigo al número primero de los que llaman famosos, pero una cosa es ser famoso
y otra es ser importante, y mi amigo don Juan Manuel no lo es.
Resulta que tampoco lo
soy yo. Y no por falsa modestia hipócrita, sino porque acostumbro a autocriticarme, y sé muy bien lo que me digo. Tuve, como
quien dice ayer y sigo teniendo hoy, ideas socialistas, pero no políticas sino
teóricas, pero usted, amigo, se me ha pasado a un "nacionalismo"
decimonónico y chato y se está inventando un atlantismo de virutas rizadas.
¿Vocación atlantista?
No diga cosas raras. Estamos anclados en el Atlántico, como lo están las
Baleares en el Mediterráneo, que pese a las últimas bobadas de los catalanes
(no de todos, claro), es tierra más civilizada. Nada de vocación ni de cultura
atlántica... Nuestra cultura y lengua es española con variantes regionales,
aunque usted, amigo, reniegue de España. Da igual.
No afirme cosas
inexactas ¿En qué consiste la cultura atlántica? ¿Qué es lo que la caracteriza
de gran apartado, de los matices de las otras regiones (o "naciones")
del conjunto peninsular, como no sea los naturales matices que cada una tiene?
Unas islas como las
nuestras están siempre deseando más tierra que nos falta. Nos falta compañía y
nos sobra soledad. Madeira y Azores no deben tener
nuestros problemas y el máximo nuestro (y ya lo he escrito) es estar tan cerca
del moro. "Yo sé, Claudio, que un día tus islas naturales / navegarán con
rumbo hacia la tierra mía", escribió Rafael Alberti (1902–1999) a Claudio
de
Usted se me remonta a
Pedro de Vera y Alonso Fernández de Lugo, gente contraproducente y enemiga
suya. No sabe el amigo ni una palabra de Historia, como no sea la de los
manuales corrientes..., y nos asegura que sobre ellos (que detesta) no podemos
basar nuestro futuro... ¿Ah, no? ¿En quién, pues? En los pobres guanches (que por cierto parece que llegaron de Libia
(Mediterráneo, orilla sur), según los arqueólogos). Repito: ¿en los pobres guanches sobrevivientes, que bastante hicieron con morir
sin casi nadie, solitos, y acabaron por ser bilingües las últimas generaciones,
sobre todo mujeres y niños?
Qué latas da usted,
amigo, con eso de la colonia. Nunca me he sentido colonizada, voz
latina, pues Roma fue la gran colonizadora del mundo antiguo y para bien de la
civilización románica. Una gran ciudad alemana se llama Colonia (Kolonie), pero en aquellos tiempos ser colonia romana era
una gloria para el mundo de entonces.
Nuestra tierra... Me
carga eso de que cada quisque diga "mi
tierra"; pues no es sólo suya, sino de todos los demás canarios. Nuestra
tierra nunca ha sido colonia. Desde la segunda mitad del XVI, ya teníamos
escritores nacidos en Canarias; pocos, pero los había; nunca hemos sido
colonia; tuvimos un siglo XVIII bastante ilustre, como para proyectarnos en
Cuando estamos
colonizados es ahora, amigo García Ramos. Claro que compartimos la desdicha con
otros territorios hispanos o iberohispanos.
Colonizados por la gentuza foránea que nos avasalla y nos tiene convertidos en
minorías. Véase lo que pasa en Fuerteventura: hallar en ella un majorero de
pura cepa es un alfiler perdido en un pajar.
Lo que ahora nos
coloniza es algo muy sutil o soterrado. Como esta tierra tiene fama de ser el Paraíso
perdido de Milton (1608-1674), resulta que las parejas de viejitos extranjis
compran su casita donde pasar sus últimos días vivientes. ¿Cómo no venderles la
casita, o dejar que ellos, con su fisquito de huerta o jardín, la fabriquen, si
lo pagan bien, aunque sea caro, y nosotros vamos al negocio fácil, pero nos
vamos quedando con menos tierra nuestra?... ¡Ah, pero y el negocio!...
Entre tales
"eventos" y el gentuallo que nos visita
y... se queda, vamos viviendo. Tal vez los menos ofensivos sean los pobres subsaharianos que comen poco en sus míseras patrias, a
menos que sean senegaleses, que aprovechan Canarias paso intermedio para
invadir Italia. No todos los del Senegal son así, claro, pero sí muchos de allí
lo son y bastante frescos y confianzudos resultan algunos.
Es ahora cuando
estamos perdiendo tierra y colonizados, bajo la máscara del turismo falso, por
la gentuza que sobra en los países comunistas o excomunistas
del Este: Polacos, búlgaros, rumanos, etc...
Culpables de una violencia callejera de la que carecíamos antes y nos invade el
temor de salir de noche o solos por la calle, porque un tipejo rumano... etc.,
nos mate para quitarnos el reloj, el dinero o el teléfono móvil. Eso antes
nunca había ocurrido. Estamos "colonizados" por el miedo y el gentuallo externo que aguantamos. ¡Ahora sí que estamos
colonizados, amigo García Ramos!
Nuestra tierra es una
región más entre esta problemática España invertebrada que vio Ortega, con
grandes temores, a sus veinte y un años (más o menos, doy fechas aproximadas) y
tales preocupaciones las recogió en la primera edición de sus entonces obras
completas, de 1932, fecha de lo que llamábamos sus lectores de entonces
"el tomo naranja", debido al color de la encuadernada portada. Al reproducirla
en la edición grande de unos ocho o nueve volúmenes de su obra completa,
publicada después de su muerte, en 1955, el trabajo citado se amplió, no salió
exacto, y el lector atento puede comprobarlo.
Las visitas de don
Miguel de Unamuno (1864-1936) le permitieron destacar
en nuestra tierra el carácter específico de la misma, como de isloteño, más que de isleño, tanto en su primera visita a
Las Palmas, por 1910, de mantenedor de una fiesta, como mucho más tarde, en
1924, cuando la llamada "dictablanda" del
general Miguel Primo de Rivera (1870-1930) lo desterró a Fuerteventura, donde
estuvo un tiempo, hizo allí amistades hasta que huyó en un barco que lo llevó
al sur de Francia (Hendaya).
Claro está que nuestra
tierra es, en tanto que islas, un país con sus notas muy destacadas y suyas;
estos siete peñascos, son distintos los siete (dejemos las menudas islitas del
llamado archipiélago chinijo, del que he estado en
Graciosa e Isla de Lobos). He visitado, por mi cuenta y riesgo, las siete, y
certifico que son distintas entre sí, tanto en su geografía, como en el
carácter, conducta y habla de sus habitantes.
La cuestión del habla
es asunto espinoso y aparte, al que alguna vez me he referido y volveré a ello
en otra ocasión; aquí en
No pretendo convencer
a mi culto amigo en mi postura cultural y literaria: seremos adversarios;
enemigos, jamás. Él opone, frente a mi postura, unos argumentos avalados con
nombres y textos de autores y obras importantes y me da la impresión, al leer
sus artículos, de que el resto de las minorías lectoras desconocemos los
autores y textos manejados y entendidos por él. Le debemos parecer que el resto
de las minorías lectoras isleñas estamos en el reino de Babia, como yo, por
ejemplo, poseedora de una cultura bastante mediana, pero la que suscribe,
aparte de reconocer su averiada vejez, y sin quitarme años, reconozco mis
grandes pobrezas culturales.
Juan Manuel García
Ramos nos apabulla al citarnos la gran obra del hispanista francés Fernand Braudel (1902-1985), cuya
obra fundamental fue
Otro hispanista, ahora
británico que tampoco debemos conocer nosotros, que no somos ni cultos ni
famosos, ni muy importantes, es Jhon Elliott (nacido en 1930 y vivo, afortunadamente); no poseo
el trabajo que este hispanista leyó en Las Palmas por el año 2001; sabía su
existencia pero me cuesta mucho lograr algo de la isla redonda, tan lejos como
Cantabria, pues mis grandes y muy valiosos amigos que allí tuve se me han
muerto; pero el señor Elliott es conocido por sus
obras como La rebelión de los catalanes, 1963;
Le repito a nuestra
gran figura regional, con semejantes avales y prensa amiga, que nos da la
impresión de que es el único Premio Canarias de Literatura, la única presencia
de las Islas, que ni intento convertirlo a mis ideas ni menosprecio su
grandísima cultura. Lo que digo es que, dada la gran fama y poderío que
ostenta, según leo, da la sensación de ser el único más valioso, el único que
lee textos que nadie, excepto él, conoce, de autores que los medianos, como la
que suscribe, no tenemos la menor idea. Pero le advierto que entre sus
compañeros profesores de
Las alturas son
siempre peligrosas. Los humos hay que bajarlos y nadie es más que los que más.
Sería una injusticia por mi parte ignorar que, muerto mi gran amigo José
Arozena Paredes (al que llamé "gran lector del reino") usted es,
además de profesor de Filosofía y Letras (en Románicas) el heredero del cargo
de Arozena, y tal vez ahora sea el personaje que más lee en estas tierras que
menos leen, según dicen las encuestas. Usted lo lee todo, amigo García Ramos,
sabe literatura iberoamericana como aquí casi nadie sabe; está usted al día en
lecturas nacionales y, a veces, extranjeras; y vive nuestro presente cultural
como pocos aquí viven.
Pensarán sus amigos
que le tengo envidia. A fin de año (si es que llego a él) tendré 97 años, con
la proa al último viaje, al misterio del no ser y del olvido... Allá ellos, pero
cada cual sirve a su tierra como sabe y puede. Personalmente me es usted grato,
me cae bien por simpático y guapetón y además lo quiero. ¡Qué, caramba, es así!
Pero no se me encumbre "que toda afectación es mala", como dice
Cervantes, que nunca tuvo Don. Métase conmigo, cuando quiera, no soy
víctima de nada, y tengo la cabeza tan clara como la suya. No lo olvide: a base
de un rencor, nunca se puede alimentar un buen futuro.
Fuente: El Día