Julián Marías

Juan Jesús Ayala

Días pasados fallecía a la edad de noventa y un años, Julián Marías Aguilera, uno de los filósofos españoles que vivió su filosofía encerrado en sí mismo, proyectándose, paradójicamente, más hacia afuera que hacia las cuestiones candentes que bamboleaban en el país, al cual no le prestó la debida atención quizás por eso, por ser demasiado intimista y por el afán que tuvo de manera denodada en demostrar que la metafísica no se limitara sólo a la teoría de la vida, que no fuera sólo una entidad forjada arbitrariamente, sino la condición misma de la vida.

Fue discípulo de Xavier Zubiri y, sobre todo, de Ortega y Gasset, con el cual fundó en 1948 el Instituto de Humanidades. Se consideraba perteneciente a la Escuela de Madrid donde desarrolló muchas de las cuestiones iniciadas por el maestro Ortega o insinuadas en las enseñanzas orales del mismo. Marías entiende la filosofía como un hacer humano y un saber que debe atenerse a la situación real. La filosofía debe ser un saber radical y a la vez sistemático y circunstancial.

Escribió mucho, desde la Historia de la Filosofía en 1941; La filofía Actual y existencialismo en España, El Tiempo que ni vuelve ni tropieza, hasta La Devolución de España en 1977. Pero como una de las preocupaciones existenciales de sí mismo y de los demás fue ésa, la condición humana, qué hacer, qué proyección hay que darle, dónde el hombre está situado, que le espera, qué puede hacer para construirse y consolidarse como persona fue precisamente en su obra Persona en 1966 donde aborda estas cuestiones.

Y a ella precisamente quiero referirme, porque en este libro intenta hacer comprender la realidad más importante de este mundo, "la más misteriosa y elusiva clave de toda comprensión: la persona humana". Y asume este estudio por la dificultad de encontrar el método adecuado, y sobre todo, las categorías que permiten entender ese extrañísimo modo de realidad que es la persona.

Hace, entre otras cuestiones, Julián Marías, hincapié en la proyección del ser, hacia dónde debe ir, y hacia dónde, definitivamente, va. No descarta el filósofo ninguna categoría máxima entre la persona, no hay nadie mejor que nadie, ni nadie está facultado para sentirse en su conciencia más persona que el otro aunque sea rico y poderoso. La persona es un concepto, una categoría que se implanta en cualquiera que tenga capacidad para ello. "Aun la vida más rutinaria y monótona, la que parece atenerse a su cotidianidad, sin conciencia especial de innovación tiene carácter intrínsicamente proyectivo".

"La persona es tarea, empresa, aventura, meta que se alcanza o sé abandona o se frustra. Es imaginación de sí misma, vocación realizada con recursos que están en la mano propia, y a la cual se puede ser más o menos fiel". Y todo esto está encerrado en el Destino. Quizás estos pensamientos de Julián Marías alrededor de la persona cobren actualidad de manera fuerte y contundente. Y más ahora cuando la persona como categoría y como espécimen está en la rodadura de la devaluación, cuando los valores no sirven para nada, cuando el poder no se quiere para favorecer y gestionar, sino para encumbrase sobre sí mismo y para destruir más que para crear.

Ahora cuando la vorágine de los acontecimientos y las guerras imprevistas y bien pensadas atosigan y asolan a buena parte de la humanidad, la persona se tambalea, por más que se empaquen las palabras, por más que se invistan los hechos de oropeles y falacias aberrantes.

La persona es raíz de todo lo humano, dice el filósofo. Y esto nos permite levantar la mirada del que esté preocupado por lo que acontece a su alrededor y más allá si es posible; si no es así no se podrá entender nada de lo que nos sucede. Parece fácil y que no requiere esfuerzo pero la construcción de cualquiera como persona no va por ese camino, para obtener el título en la universidad de la vida, como se suele decir, hay que currárselo. Si no es así deambularemos errantes, vagando como sombras que no atrapamos, que huyen de uno mismo. Y si se continúa sin rumbo aunque muchos se empeñen en decir desde altas tribunas que han tocado la gloria no se enterarán que continúan con los pies en un infierno que ellos mismos han fabricado con sus engreimientos y torpezas galopantes.

Es bueno comentar estas cosas que siempre enriquecen aunque sea, desgraciadamente, tras la extinción de una vida dedicada al pensamiento y a la reflexión como la del filósofo Julián Marías.