Kioto y La Gomera
Wladimiro Rodríguez Brito
Esta semana ha entrado en vigor el ya famoso protocolo de Kioto, con el objetivo de regular y controlar la emisión de gases a la atmósfera. La ciudad de Kioto, que da nombre al citado protocolo, está localizada en la isla japonesa de Hondo, y forma parte de una de las áreas urbanas más densamente pobladas del planeta, en torno a Yokohama, Nagoya, Kobe, etc. No olvidemos que Japón, con 375.000 km2., alberga más de 127 millones de habitantes. Por ello, asociar el protocolo de Kioto a La Gomera, una isla de escasos 20.000 habitantes en algo más de 300 Km2, no es nada más que una referencia con escaso sentido literario, lo que sí merece una reflexión crítica es cómo algunos aspectos de la problemática mundial se reproducen en las pequeñas escalas, en distintas latitudes del mundo, con escasas similitudes geográficas o culturales: "la aldea global".
Si bien el protocolo es una reflexión científica e intelectual de un colectivo a escala planetaria, nosotros, en estos días en que entra por fin en vigor, con todas sus dificultades e incertidumbres, queremos aprovechar estas líneas para analizar la situación canaria, con el ejemplo gomero.
La Gomera es la isla en la que la cultura agraria y, en particular, la cultura de los regadíos ha sido de las más intensas de Canarias. En un recorrido por su arrugada piel, podemos divisar sin dificultad los millones de piedras que los gomeros levantaron para construir miles de kilómetros de paredes. Por otra parte, es la isla con mayor abundancia de agua, junto con La Palma. Como dato curioso, la presa de La Encantadora, en Vallehermoso, tiene los mismos niveles hídricos en septiembre que en marzo, es decir, "el agua para las ranas", pues las tierras antaño regadas hoy están ocupadas por matorrales de las especies autóctonas, mientras tanto, un equipo de "expertos" se ha desplazado a la isla para estudiar por qué la cesta de la compra gomera es la más cara de todo el Archipiélago. Es fácil deducir que la falta de cultivos en la isla hace que hasta los berros hay que importarlos de Tenerife o Gran Canaria. He ahí una de las aparentes vinculaciones de Kioto con la Gomera: gran parte de los alimentos que se consumen en ésta y en otras islas del Archipiélago son transportados en bodegas de aviones o barcos, mantenidos o conservados en frío y, en consecuencia, contribuyendo a verter a la atmósfera gases que propician el "efecto invernadero" y el aumento de las temperaturas a escala global. Al empobrecer nuestro agro más cercano, nos vemos obligados a importar alimentos, desde kiwis de Nueva Zelanda, manzanas de Chile, pollos de Tailandia, cochinos de Polonia y papas de Chipre, mientras La Gomera, de las más de 500 Has. de plátano de 1980, hoy apenas alcanzan las 200, sin ningún tipo de intento de producir alimentos frescos para la propia isla. Mientras esto ocurre, las viejas paredes, mudos testigos del esfuerzo y sacrificio de un pueblo orgulloso y trabajador, se vienen abajo con la desidia de todos. Así, por ejemplo, La Lomada de San Sebastián, regada con agua de las presas de los Chejelipe, la mayor parcela de hortalizas de la Villa, en cambio, hoy es un mero solar dispuesto para ser urbanizado. Se ha impuesto un modo de vida que no sólo nos hace más dependientes del exterior y menos libres, sino es que además nos obliga a depender del petróleo y, por tanto, somos más frágiles medioambientalmente, contaminando más. En ese sentido, no podemos dejar de lado el hecho de que Canarias, en especial las islas capitalinas, cuentan con densidades demográficas similares a las japonesas, que hace apenas unos años nos parecían a los canarios desmesuradas, más de 300 habitan tes/Km2.
No quiero terminar este artículo sin olvidar a los pocos viejos agricultores que aún trabajan en escasos puntos de la geografía gomera, manteniendo a duras penas la producción local de productos agrícolas frescos. En definitiva, La Gomera tiene que plantearse seriamente esta cuestión y no vivir eternamente del paso de Colón hace 500 años y sus fiestas colombinas.
El protocolo de Kioto no sólo mira hacia las chimeneas sino también tiene en cuenta lo que hacemos en nuestras tierras de cultivo y, en particular, con la producción local de alimentos.
* Consejero de Medio Ambiente y Paisaje del Cabildo Insular de Tenerife