LA HISTORIA Y SU VEREDICTO (I)
Tanajara
A raíz de los recientes acontecimientos acaecidos en Francia y protagonizados por los inmigrantes y su descendencia, en los cuales en dos semanas ardieron miles de vehículos, inmuebles y otros bienes, amén de saqueos y protestas, cuya magnitud, ante el asombro mundial, requirió de emergencias y toques de queda, ya que la represión, el miedo y la amenaza, no fueron suficientes para imponer el orden en un país que exhibe un rostro de modelo a seguir, dada su condición de altamente desarrollado, avanzado, muy civilizado y de los primeros en el selecto y reducido grupo de las economías más y mejor ordenadas, desarrolladas y estables del mundo. Esto aun es más grave, cuando se observa que el estallido social fue espontáneo, casi sin previa organización y los participantes fueron en un 80 o 90% jóvenes que viven en los barrios más pobres y segregados, ello desnuda una verdad oculta en ese pomposo Primer Mundo. Así de grandes y abundantes son los bolsones de miseria que se anidan en sus entrañas. Por si fuese poco, el movimiento en apenas días, involucró a las principales ciudades del país, iniciándose en París y extendiéndose a otras pequeñas y medianas ciudades, presentando conatos en otros países vecinos.
Pasada por ahora la tormenta, los poderosos intereses en juego, han adoptado la hipócrita posición que les caracteriza, han lanzado un manto de silencio sobre el caso y lo poco que se ha dicho lleva el inconfundible sello de la manipulación, de la minimización del hecho, de presentarle como si fuese un fenómeno circunstancial, que responde a causas transitorias, exacerbadas por la salvaje represión de la policía y las provocativas e imprudentes declaraciones del Ministro del Interior Nicolás Sarkosy, como si el Ministro hubiese dicho algo diferente a lo que se ha repetido millones de veces a lo largo de 5 siglos con relación a los colonizados, tratándoles de hordas, chusma, gentuza despreciable, escoria social y otros epítetos degradantes.
Tras estas simplezas se trata de ocultar un problema de dimensiones históricas, que el sistema social imperante no tiene capacidad para solucionar, ya que su solución tiene obligatoriamente que pasar por hondas y profundas transformaciones económicas, políticas, sociales, jurídicas y sobre todo culturales.
Antes de entrar a exponer un escueto resumen histórico, es necesario decirle al distinguido lector, quienes eran los que, cansados de esperar y clamar por justicia y respeto a su condición humana, protagonizan estos actos de desesperación, ya que ellos –tal como veremos– no son otra cosa que el producto creado por esa Europa Imperial a lo largo de no menos de 500 años.
Lo que se quiere presentar como la causa central de los disturbios, la muerte de dos jóvenes inmigrantes electrocutados al esconderse en una caseta de electricidad, huyendo de la policía, porque el tener cara de árabe, asiático, latinoamericano, ser negro o mulato, es delito suficiente para ser detenido y maltratado. Este hecho es apenas la gota que rebozó el vaso. Los disturbios se inician en los suburbios de París el 28 de octubre, para el 5 de noviembre, los enfrentamientos con la policía, la quema de vehículos, la destrucción de edificios públicos, los tiroteos indiscriminados, las manifestaciones callejeras, no solo abrazaban a París, sino que se habían extendido a las principales ciudades francesas, como: Marsella, Niza, Cannes, Lille, Estrasburgo, Toulouse, Rennes, Dijón, etc., prácticamente el país desde el Canal de la Mancha al Mediterráneo, conoció los estallidos sociales y la emergencia que le sacudió, habiendo ligeros conatos en países vecinos. ¿Quiénes eran los protagonistas de tan descomunal perturbación?, eran inmigrantes e hijos de inmigrantes, principalmente africanos, musulmanes y de otras regiones provenientes de ex colonias francesas, cuyas condiciones de vida en sus esquilmados y empobrecidos países los expelen a la antigua metrópoli en busca de mejores condiciones de vida, pero allí les espera una profundización de la miseria, del hambre, de la segregación, de la marginalidad, de la exclusión social, de la que huyen, cuya situación llega al clímax al sumársele el desprecio racista, el trato despectivo, la merma de sus reducidos derechos, la indefensión, la incertidumbre, el aislamiento, la soledad, etc., etc. Si a este largo etc., le sumamos el aplastante peso histórico heredado de los procesos coloniales en sus países de origen y del cual son portadores, no debe extrañarnos que envueltos en ese infernal manto de agresividad reprimida que más que llenar el saco de su subconsciente lo reboza, abra una válvula de escape llevándoles a estados psico–emocionales de enajenación que se expresan en el enorme poder destructivo demostrado en los sucesos a que hacemos referencias.
Los intereses en juego saben que este problema no tiene solución dentro de los estrechos parámetros que el sistema social vigente puede ofrecer, de allí la táctica de minimizarle para ganar tiempo y estudiar el pañito caliente que más convenga, ya que entre otras cosas este es un problema nacido al calor de sus monumentales contradicciones.
Esto obliga a ir a la historia para poder medir sus alcances y consecuencias.
Continúa...