La identidad
Iván Vega
"Escribe
sobre la identidad", me sugirió no hace mucho una amiga. Y a punto estuve de defraudarla porque, francamente, no veía modo de abordar el tema. Reconozcamos ya de entrada que la identidad canaria sigue siendo un asunto muy espinoso, prácticamente un tabú en nuestra sociedad actual, un tema pretendidamente superado por todos los que componemos una sociedad moderna y (sí, han adivinado) cosmopolita como la nuestra, crisol de culturas, encrucijada continental y demás necedades al uso vacías de contenido. De ahí lo sorprendente de que una persona leída, muy viajada, originaria de los confines del norte de Europa y conocedora de la realidad canaria, de entre todos los temas, me pida que escoja el de la identidad. Suelen ser los elementos externos al problema los que identifican sus causas con el menor esfuerzo.Digo que el tema es espinoso porque basta que lo saque uno de refilón para que lo tachen de trasnochado, estrecho de miras, ignorante o incluso independentista recalcitrante, y uno también tiene su corazoncito como para que se lo maltraten de esa manera. Tampoco es que albergue yo dudas de mi canariedad: me encanta el mojo picón, como gofio como el que más, qué me gusta una romería, toco el timple con bastante solvencia (tengo testigos oculares y acústicos) y hablo con un deje y un léxico isleño no sólo marcado sino cabezota porque no recula a pesar de los años fuera de las islas y de España. Pero miren por donde que no se me va la matraquilla de que la identidad debe de ser algo más que ron y pejines y vestirse de mago una vez al año.
Me pregunto, por ejemplo, qué ocurre con la historia de Canarias, o más bien con la visión que tenemos de ella: empieza en el siglo XV con la conquista de las islas y su incorporación a la corona castellana y salta prácticamente al siglo XX. ¿Qué pasó en el entretanto? ¿Y antes? ¿Tenemos siquiera una idea básica de cómo se fue conformando a lo largo de los siglos lo que somos hoy? Es curioso cómo cultivamos la impresión de que en Canarias nunca pasa realmente nada digno de mención, ni entonces ni ahora; tras el paso de la tormenta Delta uno de los comentarios más repetidos era "el día que venga una de verdad ". Resulta que lo que ocurrió aquí fue ficticio. De igual manera, tampoco ha dado casi el Archipiélago personalidades con proyección que merezcan ser recordadas, o eso parece ser lo que la mayoría piensa, a pesar de que ejemplos de lo contrario los hay en buen número. En otras palabras: ¿dónde están nuestros referentes, esos que se supone aportan cohesión a la idea que tiene de sí misma una sociedad? ¿Cuáles son?
Es el tan traído y llevado desconocimiento que tenemos de lo propio, que a mi modo de ver los canarios aderezamos con unas gotas de acomplejamiento. Que me perdonen los adelantados de la Canarias ultramoderna y globalizada, pero es que la realidad se empeña en ir por su lado. Tomemos como ejemplo algo tan cotidiano y al mismo tiempo conformador de la persona y el grupo como es la lengua: los isleños tenemos una forma de hablar que al foráneo resulta curiosa, agradable e incluso melodiosa, que tiene su gracia, vaya, lo que nos enorgullece enormemente, sobretodo si quien lo dice es de fuera. Hasta que toca hablar en un registro más culto; y, claro, nuestro modo de expresarnos ya no vale para eso. No resulta fino. A cuántos de nosotros no nos habrán chocado las palabras de, pongamos por caso, un sacerdote o un presidente de comunidad de vecinos, que de buenas a primeras son capaces de soltar un "gracias a los que habéis venido" o un "propongo una derrama, si os parece bien". El "os" sí queda muy fino.
Recuerdo que en los inicios de mis estudios universitarios una profesora nos preguntó: "¿el habla de Canarias es correcta?". La práctica totalidad de los alumnos contestó que no lo es. Hablo de jóvenes de no más de 20 años convencidos de que su vida diaria se desarrollaba en una especie de lenguaje bastardo y corrupto que toma una posición decididamente inferior a la del lenguaje correcto, que no sé muy bien cuál es, imagínenselo ustedes. Y cuando uno está convencido de que la lengua de los padres, en la que uno creció y se formó, la lengua que aglutina al grupo, en la que se conciben ideas, no es digna de consideración ni cuenta con ningún valor por sí misma, la concepción de quiénes y qué somos por fuerza no puede ser muy positiva que digamos.
Dice Marcial Morera en uno de sus preciosos libros algo así como que no tendremos verdadero desarrollo hasta que no asumamos plenamente nuestro patrimonio cultural y lingüístico. Pues podríamos ir empezando, ¿no creen?
Fuente: canariasahora.com