La prisa de Madrid
Ali Salem Iselmu *
Cuántas veces intenté
fraguar mis sentimientos y recomponer mis ideas pensando en el esfuerzo que he
de realizar para llevar mi voz de un sitio a otro, porque la voz de uno es
también de otros cuando más la dotamos de contenido y nos comprometemos en
trasladar a los demás nuestra experiencia mediante historias, anécdotas
compartiendo lo que nos pertenece de forma generosa.
La última vez que estuve en
Madrid sentí la sensación de llegar a una nueva ciudad gobernada por el
movimiento y la velocidad, tantas caras se cruzaron con mis pasos; caras de
diferentes tamaños, ojos con distintos colores y personas que se mezclan con
las luces y los anuncios de la navidad; pero en todas se nota cierto cansancio
y el agobio de subir un metro todas las mañanas y ver las mismas personas, cada
una hundida en su propia vida. En medio de aquello me sentí un espectador en la
jungla urbana pero en ningún momento quise ser partícipe y me conformé con
guardar mi sitio hasta bajar en la parada de metro; a toda prisa subí la
escalera y rápidamente busqué el autobús, después de unos minutos en medio del
frío que me parecía más suave que el de Vitoria llegué a una avenida que era el
punto de encuentro de un tráfico acelerado y en la mitad había una preciosa
fuente de agua que reflejaba toda la luz en los chorros que iba soltando de
forma continua. De repente me vi perdido y llamé
inmediatamente a Bahia por teléfono porque no sabía
dónde me encontraba; me explicó que él estaba en el sitio donde habíamos
quedado pero yo me equivoqué y no lo supe distinguir, después de describirle el
color de los edificios y la fuente decidí preguntar a una mujer el nombre de la
calle y me indicó que cruzara el puente hacia la avenida, en la cual debí
bajarme en un primer momento.
Después de caminar unos
metros y cruzar el puente vi a Bahia
dirigirse hacia mí y en ese instante supe que estaba en la calle en la que debí
de bajarme; nos saludamos e intercambios las principales novedades, después compramos
pan para la cena y subimos a su casa, allí estaba Conchi
muy hospitalaria como siempre, pendiente de los platos, la cocina y la
conversación; me saludó e intentó en todo momento que me sintiese cómodo pero
yo le insistí que era uno más de la casa y que no se preocupe absolutamente por
nada. A medida que nuestra charla iba adquiriendo, alrededor de los platos y el
té, tono de poesía, literatura, el Sahara y
Nos levantamos a media
mañana y empezamos a leer antologías de poesía y a seleccionar poemas, yo
decidí leer unos versos de Limam Boicha
y Chejdan Mahmud, mientras
observaba el sol entrar en el salón jaima y bebía
tranquilamente mi primer vaso de té verde; en ese momento recordé el sol
caliente del Sahara pero estaba convencido que el invierno madrileño es
bastante helado y la temperatura muy baja.
Los tres decidimos coger el
metro e ir a divulgar la cultura saharaui mediante la poesía y la música en el
multicultural barrio de Lavapiés, acudimos a nuestra
cita a las seis de la tarde, el teatro
estaba semivacío y la gente fue llegando de forma pausada hasta que nos
reunimos un buen grupo, pronto estaba el teatro lleno de amigos y gente muy
conocida en la poesía como la escritora Ana Rosetti y
otros más… y empezamos
a hablar de cultura, la saharaui, y la necesidad de divulgar la historia
del Sahara a través de canciones y versos que arranquen los sentimientos de la
gente como complemento a los discursos políticos que muchas veces aburren al
auditorio porque no dialogan directamente con el individuo ni le arrebatan
parte de sus emociones.
Al terminar mi intervención
a toda prisa corrí hacia el autobús en una frenética carrera en la que apenas
percibí la prisa del metro, desesperado llegué a mi asiento, miré a todos los
que estaban a mi alrededor, saqué el libro “Memoria del Fuego” de Eduardo Galeano
y seguí leyendo la belleza de su lenguaje profundo describiendo la historia de
América; mientras las luces y el ruido de Madrid iban desapareciendo lentamente
y yo quedaba inmerso en el silencio de la noche.
* Generación de