Las primeras letras
Enrique González
A
los pocos días de vivir en la casa de La Carrera me encontré con una gran novedad. Un día apareció una señora que, según oí, para escándalo de la sociedad tradicional, se había casado por lo Civil, y puso delante de mí un libro lleno de letras. Venía todas las tardes a mostrarme aquellos signos desconocidos para mí. Primero las mayúsculas y luego las minúsculas. Eran los tiempos de la República. Pocos meses después de aprender las letras, mi madre, sin darme explicaciones, me llevó al colegio Nava La Salle. Un edificio situado en la calle de La Carrera que como signo de mal presagio, en unos oscuros locales de la planta baja se exhibían unos negros féretros, anuncio de una funeraria. Un portón con escudo. Un zaguán amplio. Una puerta de madera con cristales. Y un espacioso patio rodeado de columnas, que sostenían un pasillo acristalado que circundaba la totalidad del patio.Una habitación, entrando a la izquierda, servía de despacho. Allí, estaba un hermano de la Doctrina Cristiana con sotana negra y pecharón blanco. Una simple y breve formalidad. Fui conducido a un aula que estaba en el fondo del patio a la derecha. Tenía unas ventanas que daban a una huerta mal cuidada. El hermano estaba sentado en una mesa de tablero inclinado. Delante tenía un tintero y una regla de metal dorado. La mesa estaba más elevada que el espacio dedicado a los alumnos, que, en bancos de dos, parecían estar ocupados en hacer palotes en una libreta de rayas horizontales. El hermano tenía detrás de sí una pizarra que ocupaba toda la pared. A sus pies, una papelera, casi siempre llena.
Me sentaron en el único asiento que estaba vacío. Compartí banco con un niño gordo que, desde el primer momento, me pareció que era muy bondadoso. Fue una de las primeras lecciones de bondad humana recibida y escrita en mi conciencia. Los gordos de cara redonda y buen dormir son mejores que los flacos de mal dormir. En Julio César de Shakespeare lo leí, pero esto fue medio siglo después. El hermano maestro era un hombre cruel. Daba patadas a los pequeños, tiraba la regla con grave riesgo para sus alumnos y, como mal menor, tiraba una cinta de tela, arrollada muchas veces y mantenida por un grueso clavo, que utilizaba para limpiar la pizarra y como instrumentos de los suplicios menores, al menos porque se podía esquivar. Pasé mucho tiempo haciendo palotes. Los recreos eran bulliciosos y traumáticos. Juan Toral, que de mayor fue un buen pintor, se dedicaba a empujar y zancadillear a los demás. Eran tantos sus enemigos que cuando se terminaban las clases todos los alumnos corrían detrás de él para vengar sus travesuras. Nadie pudo cazarlo. Corría más que ninguno y cuando llegaba a su casa, que estaba en Juan de Vera, frente a la Catedral, cerraba la puerta y los más avanzados se lanzaban sobre ella golpeándola, al tiempo que lo insultaban. Al día siguiente ocurría lo mismo. Lo peor estaba cuando había que descomer o desbeber. El espectáculo era horroroso, tan horroroso como los negros cajones de muerto ofrecidos al público. Un retrete sin taza, un simple agujero en el suelo era el punto de mira excremental. Pero aquellos niños no tenían suficiente puntería. Para completar el espectáculo, las paredes, como pinturas rupestres, reclamo de no sé qué cosas, estaban repletas de caligráficos dibujos enmierdados. Y alrededor sobrevolaban moscas verdes de zumbidos circulares e interminables.
Tendría seis años cuando fui por primera vez al colegio. Mientras en las aulas se escenificaba a diario la tragedia del profesor brutal y el alumno sumiso, en las calles un ambiente creciente de agresividad desprendía un tufo desagradable. Las calles parecían un campo de batalla entre clases sociales. Los piquetes en las esquinas, las huelgas, el arrancamiento de cruces y la persecución religiosa eran noticias de todos los días. Los hermanos abandonaron sus hábitos, escondieron los motivos religiosos. Un hervor de violencia parecía que iba a despertar viejas y nuevas rencillas. En una huelga de taxistas, mi madre tenía que llevar a mi padre al médico, don Tomas Cerviá. Como no tenía posibilidad de transporte mecánico, alquiló un burro y, por la carretera vieja y la Cuesta de Piedra, ella andando y mi padre sobre la rústica albarda fueron a Santa Cruz y volvieron a La Laguna. Cumplieron con exactitud el horario marcado por el médico para la consulta.
A1 tiempo que yo había pasado las casi sangrientas primeras clases y recibía una enseñanza más razonable, en las calles la lucha de clases se acentuaba por días. Algo malo iba a ocurrir. Mientras en el colegio transitaba de la indiferencia a aprender a un deseo de saber, en la calle, unos deseaban matar y otros buscaban la paz. Mi casa era un observatorio privilegiado, como una roca elevada, inmejorable para la contemplación, situada en el mismo centro de La Laguna, donde de 8 a 9 de la noche, con puntualidad británica, había el paseo de "Las Desesperadas". Próximo al Casino, era el lugar preferido de tránsito de manifestantes y núcleo de opiniones. Paso obligado de los asistentes a misa y de los aficionados al cine, en el Teatro Leal. Todo aquello creaba sentimientos y producía modos de comportamientos que, años más tarde, influirían en decisiones personales importantes. Mientras el sentido de percepción se desarrollaba en mi mente, el mundo que merodeaba se destruía por la falta de percepción de unos y otros. El atraco al tranvía en la curva de Gracia, conducido por Rufino Cabrera y como cobrador Antonio Guerra, del que escaparon porque se refugiaron en unos matorrales; el asesinato de Calvo Sotelo, y las noticias de inestabilidad política hacían presagiar malos tiempos. Así coincidió el aprendizaje de las primeras letras de la lengua con el conocimiento de las primeras letras de la conducta humana. Recuérdese que Michael de Montaigne escribió que los errores humanos son errores gramaticales.