La trampa del consenso

Juan Manuel García Ramos

Una de las tesis principales que contiene el libro La trampa del consenso (Editorial Trotta, Madrid, 2005), del analista alemán Thomas Darnstädt, es la de que el federalismo alemán nada tiene que ver con los sistemas federales de países como EE.UU., Canadá, Suiza, Austria o la India.

Según Thomas Darnstädt, especializado en Derecho público, profesor en Hamburgo y director de la sección de política alemana de la revista Der Spiegel, la conclusión a la que han llegado politólogos de todo el mundo es que en ninguna otra modalidad federal planetaria existe una locura semejante a la que se da en Alemania: "Dieciséis Estados pequeños que se embrollan mutuamente para que ninguno pueda hacer nada sin el otro, y que han delegado casi todas las decisiones en una central (Bundesrat) que a su vez controlan celosamente, de modo que allí nadie puede tomar una decisión porque los dieciséis continuamente la vetan".

Para Darnstädt, el Bundesrat o Consejo federal es una pieza clave del singular federalismo alemán y para conocerlo a fondo es necesario irnos hacia atrás en la historia y fijarnos en las reformas que Otto von Bismarck hizo en 1871 y los ajustes de ese órgano como garantía de vinculación de los soberanos de los Estados alemanes de entonces -entre ellos, reyes, grandes duques, príncipes y demás jerarquía- a su proyecto unificador.

Bajo el manto de su Constitución, la de Bismarck, el Bundesrat se convirtió en un segundo órgano de gobierno que colaboraba en la legislación aprobada por el Parlamento (Bundestag) y que, al mismo tiempo, participaba en las tareas y responsabilidades del Gobierno.

Una suerte de Senado a la española, pero con representación territorial efectiva y con competencias ejecutivas, nada menos.

Les confieso que para mí ha sido un hallazgo el análisis al que somete Thomas Darnstädt a la potencia económica más firme de Europa, a su Alemania natal, pero agradece uno libros como éste, como dice el prologuista, Francisco Sosa Wagner, libros que movilizan ideas y principios tenidos por intocables y nos animan a aventuras intelectuales nunca experimentadas.

Una de esas aventuras puede ser la comparación de la Ley Fundamental de Bonn de 1949 -la Constitución de la Alemania de posguerra- con la Constitución española de 1978, y, por extensión, el contraste entre un país federal, Alemania, y un país parafederal, o autonómico, como es España en estos momentos.

Existe un correlato entre la diversidad de los Länder alemanes, unos con una tradición histórica como Estados, como es el caso de las ciudades hanseáticas de Hamburgo y Bremen, y del antiguo reino de Baviera, otros de creación más bien artificial y reciente. Turingia, el Sarre, Baden-Wurtemberg…, y entre las nacionalidades históricas españolas, País Vasco, Cataluña, Galicia y otras regiones de generación tardía, caso de Murcia, La Rioja…

Pero, como ya anticipamos, la tesis de Darnstädt sobre el funcionamiento del sistema federal alemán es muy pesimista y tiene en el "consenso" el chivo expiatorio que no ha hecho sino paralizar una ingeniería legislativa y de gobierno hasta límites insoportables.

En especial para el Canciller de turno, Schröder hasta hoy, Merkel, mañana, que se ve incapacitado para llevar adelante las líneas políticas. Entre sus decisiones y la aplicación de las mismas, se cuelan el Bundesrat, o Consejo federal constituido por los representantes de los Länder, los sindicatos y asociaciones de todo linaje, los consejos de expertos, y los grupos de trabajo entre Federación, Gobierno central, y Estados regionales, las autoridades europeas, los tribunales comunitarios, las conferencias de los presidentes de Gobierno de los Estados, entre otros, convertidos todos ellos en poderes con derecho a veto. Como simple ejemplo, está comprobado que si las mayorías en el Parlamento (Bundestag) y en el Consejo federal (Bundesrat) son contrarias, queda paralizada cualquier reforma que se quiera llevar a cabo por el Gobierno Federal.

Algunos alemanes achacan a "los aliados", victoriosos de la Segunda Guerra Mundial, el invento de este envenenado sistema federal alemán, que más que un sistema es un artefacto diabólico para impedir la reconstrucción de un país grande.

Para los expertos, uno de los fallos del sistema constitucional alemán radica en la convivencia de dos poderes de decisión diferentes que se entrelazan y se bloquean mutuamente: el Bundestag y el Bundesrat.

Un problema que desde luego no se vive en la España de nuestros días, pues el Senado, llamado a cumplir los cometidos del Consejo federal alemán, el Bundesrat, es poco menos que una cueva de dinosaurios que sólo en ocasiones se permiten ciertos bufidos y resoplidos ante las acciones de la otra cámara de soberanía o ante algunas iniciativas gubernamentales. Pura decoración democrática.

La necesidad del consenso entre dos órganos como el Bundestag y el Bundesrat, entre el poder central y el poder de las regiones alemanas, conlleva un sentimiento de que en realidad nadie es responsable del resultado de cualquier negociación. Si algo sale mal, todos pueden decir: ya decía yo que debía hacerse de otro modo, pero como nadie me hizo caso…

Pero, Thomas Darnstädt no es sólo pesimista con la fórmula del consenso, sino que extiende su mirada sobre las democracias occidentales y repara también en los partidos que conforman ese sistema de gobierno. Para nuestro autor, los electores han pasado a comportarse como consumidores que recogen del supermercado político de los partidos las promesas y los lemas que necesitan a muy corto plazo.

Otro autor citado por Darnstädt, Franz Walter, un estudioso del funcionamiento de las organizaciones políticas, es aún más contundente en sus juicios y considera a los partidos de hoy como "formaciones caducas, fuera de servicio" donde ya no se dan debates agitados, duros y apasionados sobre las cuestiones fundamentales de cualquier nación.

Según Darnstädt, los partidos no deberían necesitar para nada la participación del Estado. El poder puede ser la recompensa del buen quehacer de un partido, pero no su objetivo. Los partidos han de hacerse cargo del camino hacia el poder, no del poder mismo.

Un investigador de la realidad política alemana pronostica, en el sentido apuntado por Darnstädt, que una vez que los Verdes de Joschka Fischer abandonen el gobierno de Schröder, no quedará nada de los Verdes como partido.

Ese investigador se llama Hubert Kleinert, un político que se ha pasado a la reserva y que ahora dicta clases sobre democracia y partidos políticos en Wiesbaden, y ha llegado a precisar además las cinco funciones que los partidos deben desempeñar dentro del modelo democrático: 1) reclutar a las nuevas generaciones políticas; 2) aglutinar y articular los diversos intereses de una sociedad; 3) contar con un programa político y ofrecerlo a la ciudadanía; 4) asegurar la participación ciudadana en las tomas de decisión políticas en el Estado; y 5) explicar las decisiones políticas a los ciudadanos para darles legitimidad (a esas decisiones, no a los ciudadanos).

El decálogo no está mal, ahora lo que falta es lo que el mismo Darnstädt denuncia: lo que falta es que los ciudadanos vuelvan a creer en los partidos y se decidan a militar en ellos. Pesimismo por todos lados.