Las leyes laborales y la Revolución Industrial
Por
Gabriel Boragina (c)La leyenda negra marxista sobre la Revolución Industrial ha sido muchas veces refutada por la Escuela Austríaca de Economía. Sin embargo dicha refutación ha sido cuidadosamente silenciada por los historiadores marxistas de todas las épocas. No está de más contribuir a aclarar una vez más la verdad sobre tal periodo histórico. La "Factory Act" no mejoró las condiciones laborales de los trabajadores. Simplemente fue una expresión de deseos. Las jornadas laborales se reducen a la par que los salarios aumentan por efecto de la introducción de maquinarias y el perfeccionamiento de éstas. A su vez, la maquinaria se introduce en los ámbitos laborales por efecto de la previa acumulación de capital, lo que a su vez supone ahorro previo.
Las jornadas que hoy nos parecen extenuantes e "inhumanas" de los obreros de la Revolución Industrial lo eran porque la capitalización de entonces era baja. Es decir, no existían capitales suficientes que permitieran equipar a las incipientes industrias con máquinas que ahorraran el esfuerzo manual de los primeros trabajadores. Las condiciones de trabajo de las primeras épocas de la Revolución Industrial no dejaron de ser intolerables después de la sanción de la "Factory Act", por la sencilla razón de que no existía ninguna posibilidad fáctica de que la "Factory Act" pudiera ser cumplida, excepto sacrificando puestos de trabajo, que es lo que ocurre ni más ni menos con las actuales leyes laborales. Solo logran disminuir las remuneraciones de los trabajadores y suprimir puestos laborales.
Como ocurre hoy día el legislador siempre fue ignorante en cuestiones económicas y nunca pudo entender el proceso de capitalización. Siempre creyó que todo el tema laboral se reducía a un mero existir de una ley adecuada que regulara el orden del mercado, ignorando, justamente que el mercado es un orden que no carece de regulación. El "maquinismo" La introducción de las primeras máquinas permitió algo desconocido para la época, un fenómeno nunca logrado antes: el ahorro. El ahorro permitió capitalizarse al empresario y con dicha capitalización invertir en adquirir mejor maquinaria o perfeccionar la existente. La mejora tecnológica a su vez permitió aumentar la productividad de la mano de obra. La mayor productividad a su turno significó una mayor oferta de productos y el abaratamiento de su coste, lo que a su vez se reflejó en un aumento del salario de cada trabajador que --en la misma línea-- era el principal consumidor de producto que colaborara a producir.
Del lado de la jornada laboral, la máquina permitió elaborar mayor cantidad de unidades del producto en cuestión en menos tiempo. Ergo se necesitaban menos horas de trabajo para producir más alfileres (esto lo explica Adam Smith en "La riqueza de las naciones"), telas o lo que fuere. Por lo tanto la jornada laboral se reducía. Poco a poco, en la medida que la sociedad se capitalizaba, el obrero iba mejorando su salario y sus condiciones laborales. Las ganancias del capitalista alentaron la aparición de competidores ansiosos de abrir sus propias fábricas y obtener las mismas o superiores ganancias. En un marco de poca capitalización como era el que se dio en los primeros tiempos de la Revolución Industrial la mano de obra era indispensable. Este fue el punto de partida de la competencia empresarial por la obtención de mano de obra.
Comienza la competencia. Los primeros capitalistas se vieron pues obligados a atraer mano de obra para sus fábricas, para lo cual sólo contaban con dos elementos para tentar a los obreros:
1) el ofrecimiento de jornadas laborales más cortas a las que tenían con su actual empleador y
2) un salario mayor.
Este proceso contribuyó a lograr ambos objetivos mencionados. La competencia por obtener mano de obra hacia que la jornada de laboral se fuera reduciendo paulatinamente a la vez que el salario iba aumentando. Como explica Ludwig von Mises, una ley que en ese estado de cosas hubiera decretado una jornada de trabajo de 8 horas y un salario superior a la productividad marginal el trabajo para ese estado de capitalización, hubiera condenado a los incipientes trabajadores a una desocupación instantánea, simplemente porque tales condiciones laborales hubieran sido incumplibles para cualquier incipiente capitalista de la época. Algo semejante ocurriría hoy día si un legislador bondadoso dictara una ley, ordenanza, decreto que estableciera una jornada única de trabajo de cuatro horas diarias con un salario de 10 mil dólares mensuales. Una legislación semejante sería hoy día incumplible y sus únicos efectos --de insistir en imponerse-- sería la condena de todos los actuales asalariados a una desocupación (paro) seguro.
Nada quita que el progreso de la economía de mercado logre en un futuro --mas o menos inmediato en la medida que se le permita actuar-- mejorar las condiciones laborales hasta ese punto o mayores aun. Pero --siguiendo el mismo proceso descripto antes-- ese será un logro del capitalismo y no del legislador social. El imaginario folclórico socialista compara al industrial del siglo XVIII con el moderno industrial. Nada mas alejado de la realidad. Aquel "poderoso" industrial del siglo XVIII no sería comparable hoy día a un humilde almacenero (en cuanto al volumen de capital que manejaba). Aquel "poderoso" industrial del siglo XVII nada tendría de "poderoso" en nuestra era. Pero aviesamente, primero Marx y con él todos los socialistas posteriores extrapolaron la imagen de aquel industrial parangonándola con el actual. Tampoco tiene sentido referirse a aquellas condiciones como "explotación" toda vez que, conforme enseñan los autores de la Escuela Austríaca de Economía ninguno de los primeros empleadores industriales tenía poder de compulsión para obligar a los primeros trabajadores a acudir a sus fábricas. Eran libres esos trabajadores de someterse a jornadas de labor exigidas y eran libres asimismo de aceptar los salarios ofertados, que, nuevamente, dado el estado de capitalización de aquella época no podían ser mayores (los salarios) ni menores (las jornadas) a los existentes. Abusos laborales.
Nada de lo dicho quita, desde luego, que producto de las debilidades humanas, algunos de los primeros empleadores se comportaran inhumanamente con sus primeros empleados, llegando inclusive a los castigos físicos. Fácil es comprender la rudeza, la poca cultura, educación, ignorancia y además la poca experiencia (nula en rigor) de los primeros empresarios industriales. No eran precisamente graduados universitarios en management y menos aun necesitaban saber leer y escribir para encarar sus empresas. Eran toscas personas con afán de lucro y su pobreza cultural y educativa no era una situación extraña en la época sino la generalidad. No obstante, la situaciones de violencia física laboral eran excepcionales. Muy poco frecuentes. Por lo general los primeros empresarios eran personas que poco o en nada se diferenciaban en cultura, educación, modales y preparación de sus primeros empleados, o sea de las mismas personas que tomaban para trabajar. Lo único que apenas los diferenciaba era el afán de lucro y alguna pequeña habilidad para encarar un emprendimiento propio. Pero el estado cultural y educativo de aquellas gentes era paupérrimo vistos con nuestros ojos actuales. Ningún capitalista niega eso. Pero lo que si sin duda cabe negar es que cualquier ley laboral que se dictara en vista de solucionar tales abusos fuera efectiva para corregirlos.
Tales abusos no provenían de la falta de una legislación que los contemplara y los castigara. Provenían de la situación monopolística que describimos antes y de la cual "gozaron" los primeros empleadores industriales. Obviamente, el primer empleador industrial concitó gran cantidad de mano de obra en su fábrica. Al no haber otras fábricas las masas estaban deseosas de trabajar en la suya. Eso ponía al primer empleador en situación monopolística y en tal situación podía darse el "lujo" de maltratar, castigar y despedir a quien no cumpliera las órdenes. Ninguna ley hubiera corregido eso, porque imponerle a dicho empleador una reducción forzada de la jornada laboral y un aumento de salarios hubiera puesto en cabeza de dicho empleador una obligación de cumplimiento imposible. Si el estado hubiera tenido un fuerte poder de policía laboral y hubiera estado presente en esa fábrica para obligar efectivamente al empleador a cumplir con la ley, ello hubiera implicado el cierre de la fábrica por medio de su quiebra. Sencillamente el empleador no disponía de capital suficiente para aumentar salarios y reducir la jornada de trabajo. Las máquinas eran muy rudimentarias y necesitaban de mucha mano de obra para poder ser operadas. Nuevamente el mercado libre vino a corregir tales abusos a través de la competencia.
La aparición de nuevos empleadores, competidores del primero --pocos al principio desde luego-- permitió que mediante el ofrecimiento de mejores condiciones laborales los trabajadores "explotados" dejaran al empleador "explotador" por uno menos "explotador" y así sucesivamente, logrando a través de este proceso mejora tras mejora en las condiciones laborales, que jamás se hubieran alcanzado mediante el solo concurso de una ley que prohibiera jornadas laborales mayores y salarios menores. Quienes trabajaban en las primeras fábricas. Los obreros en el siglo XVIII no existían. Al no haber fábricas no existían los obreros. La Revolución Industrial hizo entrar en la vida laboral a los obreros. ¿De donde provinieron los primeros obreros?. Del campo. Eran los campesinos de la declinante sociedad feudal los que tomaron las primeras posiciones en la nueva forma de vida que se abría con la Revolución Industrial.
Como campesinos que apenas sabían labrar la tierra estos primeros "obreros" no tenían experiencia ni calificación alguna en el manejo de máquinas toscas, imperfectas, de costoso y trabajoso empleo. Ello atentaba --sumado a todo lo dicho antes-- contra una mayor carga salarial y una menor carga horaria. Tampoco era culpa de los primeros industriales que no tuvieran mano de obra capacitada y calificada. Todo era nuevo para la época: la máquina, la actividad, la tarea, el capital. La todavía vigente sociedad feudal no conocía ni estaba preparada para actividad industrial alguna. El entrenamiento de los primeros obreros fue trabajoso, dificultoso, engorroso, necesariamente improvisado. Su capacidad de aprendizaje era torpe y baja. La imperfección de la máquina, su tosquedad y peligrosidad sumadas a la impericia de sus ignorantes operadores la hacían un instrumento peligroso. La imperfección de la máquina, sus permanentes desperfectos originaban un sinnúmero de accidentes, obligando al dueño de la fábrica al continuo reemplazo de uso y otros, de máquinas y trabajadores. Todo era nuevo para todos. Tanto para empleadores como para empleados. Se asistía al nacimiento de una actividad absolutamente desconocida e impensable en todos los siglos anteriores de la humanidad. Era lógico que se cometieran errores, hubiera abusos y torpezas.
Ninguna legislación podía solucionar las mismas. ¿Por que los campesinos dejaron el campo y fueron a las fábricas? Porque fueron empujados por el hambre, la pobreza y la miseria de su vida campesina. La versión marxista de que fueron arrebatados del campo y llevados a punta de bayoneta a las fábricas es una gran falsedad histórica. Ningún incipiente industrial tenia poder suficiente para semejante cosa. Ningún industrial del siglo XVII hubiera tenido el dinero suficiente para contratar ningún ejercito que realizara esta tarea. La nueva actividad industrial los independizaba del destino de una mala cosecha o una caída del precio del producto de la misma en el mercado de granos y cereales. A cambio de eso obtenían un salario que les permitía subsistir, escapar al hambre y a una segura muerte por inanición. Nuevamente, toda traspolación socialista con el mundo de nuestros días es absolutamente arbitraria en este punto. Tampoco en este caso ninguna ley laboral hubiera cambiado este cuadro de situación.
La alternativa del campesino en la época de la Revolución Industrial era seguir en el campo y vivir pobremente hasta perecer por inanición o bien ir a la fábrica y sobrevivir (penosamente diríamos hoy, pero -- una vez más-- no son comparables ni extrapolables las épocas y las condiciones). Los campesinos de la era pre--capitalista elegían entre convivir con el rigor del invierno, insectos infecciosos, microbios y alimañas en el campo hostil o bien vivir en las incipientes urbes en condiciones comparablemente mejores a las rurales de entonces (no a las de hoy). La fábula marxista de que el campesino de la era pre--capitalista vivía feliz y contento en el Jardín del Edén gozando de todos los bienes que la madre naturaleza generosamente le proveía hasta que un ejercito de perversos y malvados industriales burgueses vinieron a levarlos y conducirlos a punta de bayoneta a las fábricas es una burla histórica y un insulto al sentido común más elemental. Enseñanzas actuales de la Revolución Industrial.
La regulación y legislación del mercado de trabajo, excesiva o no, siempre causa paro, tanto en épocas de crisis como en épocas consideradas normales. Es más es, la regulación laboral la que contribuye a la crisis lejos de aventarla. ¿La ausencia de leyes garantiza el pleno empleo?. La pregunta así formulada es falaz. El mercado libre no implica ausencia de leyes. Tales leyes existen. Son las leyes económicas de la oferta y la demanda. Si hay demanda de trabajo habrá oferta del mismo, y viceversa. Por otra parte la experiencia indica que la existencia de leyes laborales legales (no económicas) NO garantiza el pleno empleo. Con abundante legislación laboral (el siglo XX fue el siglo de la legislación social) las tasas de desocupación (paro) crecen. ¿Garantiza la ausencia de ley laboral unas condiciones aceptables de trabajo?. Sin duda.
Los acuerdos libres y voluntarios implican siempre condiciones aceptables. Si alguna de las partes no lo considera así no hay trato. El empleador se busca otro candidato y el empleado sale en busca de otro tipo de empleador. Ambos emprenden la búsqueda hasta que cada uno encuentre el que ofrezca y acepte las condiciones mas aceptables. Los casos de países como la India donde el "volumen" legal laboral es "apabullante" es un claro ejemplo. Dicha legislación es inoperante por lo arriba explicado. Las leyes legales no pueden violar las leyes económicas. No es que en la práctica es como si no existiera dicha ley, ya que no difiere de los otros países donde hay un volumen menor de regulaciones laborales, ni difiere de lo que ocurría con las leyes laborales de la Revolución Industrial. Una sola ley que diga que el salario no puede ser inferior a la productividad marginal del trabajo rompe el equilibrio entre oferta y demanda laboral y es impotente para remediar la ausencia de capital. Por esta vía solo se condena al trabajador a la desocupación, al paro, con directa ausencia de todo salario. Se lo pone en la misma alternativa que tenía el campesino de la Revolución Industrial (morir en el campo o sobrevivir en la urbe).
Las condiciones laborales calificadas emotivamente de "auténticamente pavorosas" (juicio de valor a la luz de las condiciones de progreso del mundo occidental) de los países orientales no vienen dadas en manera alguna por la "ausencia práctica" de dichas leyes sino por su opuesto, su existencia, además del agravante de la inexistencia de capital ya indicada. Cierta es su inoperancia a la hora de mejorar las condiciones de trabajo. Por el contrario, como efecto no querido, agravan dichas condiciones. Igual es el caso de los "dragones asiáticos". Las jornadas de 18 horas, trabajo infantil, etc.. emocionalmente calificadas a los ojos de nuestra época como "auténticas dictaduras laborales con derecho de pernada incluido. Esclavitud en suma, casi, casi en el sentido clásico", son el producto de la falta de capital. Dichos países están en una situación similar a la que hemos descripto en los párrafos precedentes.
No es la ausencia de leyes la que provoca esas condiciones, sino, además de la existencia de tales leyes, la ausencia de capital, de herramientas, de tecnología. En un marco de descapitalización como el mencionado, el tiro de gracia lo da la ley laboral impidiendo la formación de ese capital. Dicho sea de paso, tales condiciones laborales no son vistas como "dictaduras" a los ojos de quienes se emplean en dichas circunstancias. Las prefieren a el paro. Ya que el paro es ausencia de todo salario.