El libro de José Sanmartín

Juan Jesús Ayala

José Sanmartín es catedrático de Filosofía de la Ciencia en la Universidad de Valencia y director del Centro Reina Sofía para el Estudio de la Violencia, además de autor de libros que giran en torno a cuestiones relacionadas con la violencia. Pero al libro que me refiero es a El Terrorista. Como es. Como se hace, publicado recientemente. Este libro es de suma trascendencia si se quiere entender el fenómeno del terrorismo, fenómeno que desgraciadamente parece estar de moda, para que de una vez se diagnostique y se llegue a su conocimiento para poner la solución adecuada para su erradicación desde los poderes políticos. Y el terrorismo que hoy nos quita el sueño es, sin más, el islámico. Y acercarse a él desde la teoría y desde su análisis no cabe duda de que ayudará a comprender el porqué del fenómeno y de cómo tratarlo.

Los terroristas islámicos -ellos no se consideran así- son grupos 'cuyo principal elemento vertebrador no es una ideología de carácter laico o si se quiere político, sino la creencia en que los valores fundamentales de su religión, el islam, están siendo violentados por la forma de vida representadas por sus víctimas, y "consideran necesario volver a los momentos en los que el islam representaba su mayor pureza".

Este carácter religioso radical es lo que está detrás de la enorme carga de letalidad de los atentados de los grupos de terroristas islámicos. El islamista considera que sólo ha de dar cuenta de sus actos a Dios y no a los hombres, pues cree con firmeza que los realiza en la "senda de Dios". Cuando deciden ejercer la violencia no eligen las personas; es el lugar lo que ponen bajo su mortífero punto de mira. Se trata de lugares de gran carga simbólica, como las Torres Gemelas, a las que consideraban el corazón del mundo financiero-capitalista, liderado por su gran enemigo, EEUU. Atocha fue elegida, así como los autobuses de Londres, por su carácter de espectáculo y por ser escenarios propicios para representar la hecatombe.

El terrorista islamista suele ser una persona culta y con recursos económicos, cuyo móvil principal es una lectura radical del islam y no la pobreza ni la injusticia social. Para él, "la pobreza desaparecerá en todo caso cuando la pureza del islam vuelva a reinar en la tierra". Si bien es verdad que existe a su alrededor, para comprenderlo mejor, una cierta patología psicopática, en realidad no lo son.

Según José Sanmartín, "no sienten remordimiento alguno por los actos que cometen y duermen tan tranquilos después de haber ejecutado el terror o se autoinmolan con alegría porque creen abiertamente que es eso y no otra cosa lo que los mueve y dignifica".

De ahí que la mejor política antiterrorista, en versión de este catedrático de Filosofía, sería aquella que pasaría por favorecer la cooperación internacional judicial, la cooperación de los servicios de inteligencia, el control de las finanzas, el esfuerzo colectivo internacional para el intercambio creciente de tipo cultural y económico entre Occidente y Oriente, (¿la Alianza entre civilizaciones de Zapatero?) y, sobre todo, la solución de conflictos regionales, y eliminar situaciones flagrantes de injusticia que existen en Oriente Próximo. Así como no tener la cortedad de miras que han tenido EEUU y todos aquellos que colaboran en la invasión de Irak, donde estaba instalado un régimen laico sustentado por el partido Bass de Sadam Husein, que tenía controlado el islamismo radical y que servía de baluarte. Y la torpeza de los americanos no sólo no ha conseguido restaurar la paz, sino que los atentados y las muertes no cesan.

Acciones como ésta de EEUU en Irak, y no digamos si pretenden repetirla en Irán, es lo mejor que pueden hacer para seguir alimentando el caldo de cultivo del terrorismo islámico radical. De ahí que comprender las culturas, respetar los pueblos y no ser tan voraces a cualquier precio, y a la búsqueda del petróleo no es, desde luego, la mejor política a seguir.

Combatir el terror debe ser tarea de todos y desde el entendimiento del fenómeno, del porqué se produce, saber de manera clara que las culturas nunca han permitido que se les pisotee. Ni la nuestra, la Occidental, ni ahora la Oriental. Buscar puntos de conexión y políticas del siglo XXI, que vayan al encuentro de los problemas del hombre y no a la satisfacción de las multinacionales sería lo deseable. Sabemos que es pedir un imposible, pero es el camino. Si se inicia, estaremos en él, pero si continuamos empecinados en torcer los rumbos y a la búsqueda del desencuentro, malo.