Libros y educadores

Juan-Manuel García Ramos

Volvemos, como cada año, a hablar de ellos, de esos fieles compañeros de viaje. Volvemos a hablar de los libros y de su lugar en la vida de todos nosotros.

El I Congreso Nacional de la Lectura, celebrado en Cáceres del 6 al 8 de este abril en curso, que venía a sustituir al no celebrado en el otoño de 1936 por motivos guerracivilistas, tan de moda en estos tiempos y por estos gobiernos, tuvo como conclusión definitiva una declaración algo altisonante: El libro es una cuestión de Estado.

żY ahora qué?, nos preguntamos algunos. Pues en principio parece que ese mismo Estado toma la iniciativa, a través de la nueva Ley Orgánica de Educación, aprobada por el Congreso de los diputados el 6 de este mismo abril, y se dispone a poner en funcionamiento el proyecto de las bibliotecas escolares, asumiendo el Ministerio de Educación la mitad de su financiación y dejando a las comunidades autónomas la otra parte del gasto.

En ese proyecto está previsto, además, una nueva especialidad de enseñante: la del maestro o profesor-bibliotecario, que estará al frente de las salas de lectura para estimular su uso entre los alumnos de los centros.

En principio, nada que objetar; todo lo contrario. Nos parece una idea oportuna para paliar el déficit lector de nuestros estudiantes en esos escalones del aprendizaje primario y secundario. Otra cosa será cómo se lleve a cabo eso que ahora está sólo en la letra de la ley de turno.

En Cáceres también se habló, una vez más, de los altos índices de no lectores en España, índices que llegan a alcanzar, como hace ya muchos años, al 48% de la población, una cifra que hay que conectarla con los datos del fracaso escolar y del analfabetismo funcional que padecemos.

La duda que uno tiene al respecto es si la vocación lectora puede ser inducida por unos planes de estudio burocratizados, como siempre, o si es algo que se adquiere por ósmosis familiar, ambiente cultural o puro capricho.

Lo que está sucediendo hoy en los centros escolares no universitarios es que hay una generación de profesores, nacidos y ensolerados hegemónicamente en la cultura literaria, que ejerce su docencia sobre generaciones de estudiantes amamantados y crecidos en la cultura de la imagen, de manera casi exclusiva.

Lo de Gutenberg y McLuhan en torno a los años sesenta del pasado siglo XX. La letra y la imagen en conflicto.

Neil Postman, un destacado académico de los medios de comunicación, citado por el sociólogo catalán Manuel Castells -gran especialista internacional de la era de la nueva información-, considera que la televisión representa una ruptura histórica con la mente tipográfica. Mientras que la imprenta favorece la exposición sistemática, la TV es más adecuada para la conversación informal.

Para hacer la distinción más marcada, en sus propias palabras: "La tipografía tiene el sesgo más fuerte posible hacia la exposición: una habilidad sofisticada para pensar conceptualmente, deductiva y secuencialmente".

La civilización da saltos a veces impensables y no es disparatado sostener que si esas generaciones de jóvenes se han ido formando en sus primeros años con los juguetes de la sociedad de la imagen puedan darse ahora de bruces en los bancos de sus escuelas cuando un profesor los coloca ante la lectura del Quijote o de los versos de Jorge Manrique. No digamos ya con don Luis de Góngora, que hizo de la oscuridad expresiva una profesión de fe.

Hasta ayer mismo, estos eran los programas con los que se encontraba nuestra juventud a la hora de iniciarse en la aventura lectora.

Y estos también son los resultados. Profesores frustrados en sus tareas y alumnos al margen de todo interés por lo que se les ofrecía como el súmmum de la cultura.

"ˇQue los lean sus madres!", se podía oír por cualquier pasillo de instituto de barrio, como respuesta a esas imposiciones de las leyes educativas.

Y sumados a estos desencuentros entre docentes y discentes, los acostumbrados hábitos de todo tipo arrastrados por las distancias generacionales, llámese drogas en las aulas, llámese gustos musicales, gastronómicos, de libertad sexual, precariedad laboral como futuro, de metas vitales en general.

Lo tienen difícil los maestros o los profesores-bibliotecarios para inculcarles a sus alumnos la grandeza de la lectura. Para hacerlos entrar en ese circuito del libro que nos acompaña y no nos abandona nunca si confiamos en él.

Sin la cultura de la imagen no tan apoderada aún de nuestra juventud, ya el Estado había instituido un "Día del Libro" por Real-Decreto 7/9/1930, durante la semidictadura del general Berenguer, a las puertas de la Segunda República.

En 1996, por iniciativa de Federico Mayor Zaragoza, la UNESCO declaró el 23 de abril Día Mundial del Libro. El 23 de abril de 1616 fue enterrado en Madrid Miguel de Cervantes; el 23 de abril de 1616 moría en Stratford, condado de Warwick, William Shakespeare, aunque Inglaterra entonces no había adoptado el calendario gregoriano, vigente en la España cervantina; el 22 ó 23 de abril moría en Córdoba el Inca Garcilaso.

Ya los estadistas le veían las orejas al lobo de la imagen generando desgana entre los nuevos niños y jóvenes televisivos.

Un crítico tan polémico como el estadounidense Harold Bloom puede sentirse muy seguro cuando afirma que los personajes erguidos por la imaginación de Shakespeare y de Cervantes inventan lo humano, encierran en sus conductas la cifra de lo humano.

Los amantes de los libros no cejan en sus esfuerzos por convencer a los no iniciados en ese placer intelectual de lo que se pierden.

Hay libros enteros dedicados a ese apostolado de la lectura. Quizá uno de los que más apreciamos dentro de ese género sea El defensor, del poeta y ensayista Pedro Salinas.

Cada veintitrés de abril nos acordamos de él y de sus recomendaciones a la hora de enseñar literatura y de familiarizar a los jóvenes con la lectura. Nos acordamos de algunas de las citas que hace en sus páginas y que radicalizan las recomendaciones de la lectura frente a la delectación de la imagen. Según uno de los autores escogidos por Salinas, un solo verso retenido y degustado en la mente de cada uno de nosotros puede producir más pensamiento y lleva a más claridades que el más completo repertorio de imágenes sobre cualquier asunto determinado.

El lenguaje es la memoria y la imaginación, y la literatura es lenguaje en su más exquisito régimen. Todo parece claro en principio, lo difícil es transmitir estas recomendaciones a aquellos que no están dispuestos a oírlas. Los maestros y los profesores tienen por delante una nueva Ley Orgánica de Educación -otra más-, espero que Dios los ayude a encontrar lectores entre las jóvenes generaciones para que el libro siga siendo un instrumento no caducado para el cultivo de nuestra inteligencia y de nuestra sensibilidad.