Llanto por Masca

 

Adrián Alemán de Armas

 

Fue como el primer flechazo. La visión del Caserío desde la Degollada del Cherfe me enamoró y me produjo todas esas sensaciones juntas que, con el paso de los casi cuarenta años, no he dejado jamás de sentir. La sensación de ingravidez; la superación de los vértigos sobre los despeñaderos desde Las Portelas; la visión de un mundo inmenso, casi infinito, donde solo destacan los picos del Lomo del Medio; el remanso de paz de los laureles de India de la Plaza donde pervive la escuela y surge la iglesia; cuando sólo se llegaba a pie y casi se escuchaba la voz lejana del cabrero que volvía solitario del Barranco, donde habían quedado las cabras parideras y él regresaba sujeto a su lanza, enredado en su media manta, musitando palabras desprendidas entre sus dientes negros de sarro y la pipa tapada con su bronce, humeante y los ojos desencajados del esfuerzo y de la propia hazaña de vivir en el abismo mismo de la Isla, casi en el centro de gravedad del volcán, con las manos desolladas de las zarzas y el pensamiento perdido por América o por Alemania, donde ya habían ido y vuelto algunas generaciones de masqueros en busca de Eldorado.


Multitud de idas y venidas; por Santiago del Teide o por Buenavista. La inmensidad de los Gigantes Acantilados; la siempre intrigante garganta por donde se vislumbraba La Gomera, que desde antiguo era de donde venían los niños al mundo, el único contacto de la infancia con el resto del planeta. Juan de Armas con su mulo hasta arriba de encargos traídos de los Valles, repartiéndolos en el primer rellano de la vuelta de abajo; Leonila Pérez tejiendo sus palmas, para hacer las grandes esteras; el viejo alcalde José Pérez que un día nos dejó porque otro incendio, en La Gomera, nos había dejado a todos sin Francisco Afonso y a él se la robó aquel accidente de carretera, cuando iba a su entierro. El fuego, maldito fuego.


Vi en el telediario los caminos iluminados por los postes eléctricos. La luz daba una sensación de esperpento porque parece que nos estaba diciendo ¡véanlo bien, Masca está ardiendo! Dos lágrimas asomaron a los bordes y logré mantenerlas porque sabía que no iban a apagar el fuego; el viejo Caserío moría como había muerto José Pérez, Leonila, Juan de Armas, La Artillera y toda aquella multitud de masqueros que cada año y durante mis últimos cuarenta habían subido por el tortuoso camino hacia Santiago, descansado el fatigoso laberinto en el Risco del Muerto, donde se echaba la última mirada hacia atrás diciendo adiós a aquel paraíso perdido.


Masca, que en otro momento (1985) fue incoado como BIC, ha quedado desolado por las arrogancias, las ineptitudes, las soberbias, las UTES, las carencias económicas y sobre todo por la inoperancia de las autoridades regionales que ni siquiera han sabido proteger ese medio del que tanto han presumido con eslóganes ya marchitos y palabrerías inútiles. Lo siento. Me duele como ciudadano y como estudioso del medio rural canario, a sabiendas que ya estará alguien pensando restaurar sus modestas construcciones. Difícil me lo ponen; Masca es un homenaje a la vida autogestionada, al ecosistema mínimo, a la autosuficiencia. Así era su arquitectura irrepetible como trozos de lava emergidas de la base volcánica de sus asentamientos. Es imposible copiar la naturaleza, repetir sus formas y sus sentimientos, por muy osados patrimonialistas que los haya. Masca ha sido mutilada por el fuego. Nadie le había hecho caso como Bien de Interés Cultural; y ahora qué quieren ¿recopiar la miseria?, ¿resucitar la indigencia? Ahora Masca debería convertirse en denuncia permanente de la estupidez política mostrando su maltratadas estructuras como hiriente mensaje a la sociedad canaria y como homenaje a todos aquellos que siempre han luchado por sacarla del olvido, olvido en la que se vio envuelta tras las importantes horas previas que pudieron haber impedido su destrozo. A mi me queda la última vez que estuve inmerso en su paisaje, el primer domingo del pasado mes de Octubre, cuando se descubrió un monumento en la misma plaza a José Pérez. Seguramente desde la soledad de los laureles de Indias, Pérez habrá llorado junto con todos sus con vecinos de antes y de ahora la desazón de la pérdida del pueblo vital más pequeño de las Islas.