Historias locales / diseños globales

Juan Manuel García Ramos

En 1926, el universal Jorge Luis Borges se pronuncia en estos términos sobre su ciudad natal: "Ya Buenos Aires, más que una ciudá (así lo escribe en sus años más nacionalistas), es un país y hay que encontrarle la poesía y la música y la pintura y la religión y la metafísica que con su grandeza se avienen. Ese es el tamaño de mi esperanza, que a todos nos invita a ser dioses y a trabajar en su encarnación".

A lo largo de su fecunda vida, Borges depositó sus ojos de ciego en muchas tierras ajenas y en otras muchas literaturas, pero su mirada nunca dejó de sentir en porteño, como Gabriel García Márquez no ha dejado de escribir desde el Caribe aunque hable del amor universal, Valle-Inclán llevó siempre a Galicia en su gramática o Yeats a su Irlanda.

Los insulares oceánicos somos gente más abierta por regla general, aunque algunos crean lo contrario, y otros no sólo crean lo contrario, sino quieran imponernos lo contrario.

Nuestra identidad ha sido dinámica, nuestro estilo de vida, nuestra cultura, no ha sido ajena a las visitas, se ha nutrido de lo más apropiado y lo ha ordenado siglo tras siglo para demostrarnos a todos que la poesía, la música, la pintura, la novela, el pensamiento en general, el folklore elaborados en Canarias han contribuido a cambiar algo más que nuestra sociedad: han cambiado la conciencia y la sensibilidad de los seres humanos que habitan estas Islas, base desde la cual se han transformado las estructuras y las relaciones globales de todos nosotros.

Como colectividad, es imposible zafarse de esos troquelados espirituales; como imposible es para el individuo deshacerse de todas y de cada una de sus etapas vitales. Por esa razón, es necesario seguir promocionando todas nuestras creatividades. En ellas está la clave para situarnos en el mundo y para contribuir a la riqueza plural y diversa de la llamada cultura universal.

 La memoria universal está construida a base de memorias particulares. Sólo ingresamos en la escala planetaria desde la pura experiencia personal y localizada. Lo demás es empezar la casa por el tejado. No hay globalidad que valga sin localidad que sirva. Lo ha dicho de esa manera tan taxativa, y nos gusta recordarlo a menudo, el escritor mexicano Carlos Fuentes.

Estos días concluiré la lectura de un libro del escritor y crítico argentino, Walter D. Mignolo, profesor en la universidad estadounidense de Duke, de título muy sugerente Historias locales/ diseños globales, y de subtítulo mucho más esclarecedor: Colonialidad, conocimientos subalternos y pensamiento fronterizo. En España lo ha publicado Akal.

A Mignolo lo conocí personalmente en Pittsburgh en 1979 y lo he seguido leyendo con los años como un gran especialista en los siglos coloniales hispanoamericanos.

Aunque este libro del que les hablo me lo señaló mi colega Alicia Llarena durante un almuerzo al pie de la Playa de las Canteras, celebrando una tesis de un discípulo de Eugenio Padorno que nos ha entregado la versión más solvente de lo que significó Saulo Torón para la literatura de nuestras islas y para la literatura en lengua española en general. El discípulo se llama José Yeray Rodríguez Quintana y no debemos perderlo de vista.

Historias locales/diseños globales es un texto en la línea de los estudios poscoloniales, una modalidad de investigación que cobró fuerza en los últimos decenios del siglo XX y que trata de interpretar la significación de las tradiciones culturales de los pueblos colonizados en su día por Europa desde una perspectiva no eurocéntrica, no metropolitana.

Posiblemente uno de los títulos más influyentes de esa poscolonialidad sea Orientalismo, del profesor y crítico palestino-estadounidense Edward W Said, compañero del virtuoso Daniel Barenboim, con el que concibió en 1998 la creación de una orquesta formada por jóvenes músicos judíos y musulmanes, la West-Eastern Diván, lo que los hizo merecedores del Premio Príncipe de Asturias en 2002.

Digamos que lo planteado por Walter D. Mignolo en Historias locales/diseños globales es la otra cara del Orientalismo de Said, es decir, el análisis de lo que significó el colonialismo de las Américas y la necesidad de revisar todo lo escrito sobre esos acontecimientos desde una nueva mirada: la del Occidentalismo.

Y todo esto viene a cuento porque las reflexiones de Mignolo nos animan también a impulsar estudios de nuestra realidad histórica, literaria, artística, de nuestras potencialidades creativas insulares, desde articulaciones teóricas del pensamiento no necesariamente españolistas. No como si fuéramos una simple y pasiva provincia cultural marítima de la España continua, sino como un fragmento desgajado del viejo imperio hispánico, ese imperio del que muchos siglos después siguen hablando tantos españoles sin tener conciencia de su pérdida irremisible.

Y, aunque pequemos de reiterativos, ahí vemos nosotros la necesidad de vincularnos a esa Atlanticidad abarcadura de tantas maneras de ver y de enfrentar al mundo; y de escribirlo.

Mignolo insiste una y otra vez en desarrollar el concepto de "imaginario atlántico", un término que nosotros nos empeñamos en descifrar en un libro de título más que elocuente: Por un imaginario atlántico. Las otras crónicas, publicado en Barcelona por la editorial Montesinos en 1996, algunos años antes de la aparición de Historias locales/diseños globales.

Pero al margen de vanidosas cronologías de imprenta, lo que nos resulta de utilidad para descolonizar nuestro propio conocimiento, es descubrir que en esa nueva rearticulación que sufrió el mundo en el siglo XV en esa apertura de lo que Mignolo denomina con acierto el "circuito atlántico", estas islas, su cultura de sustrato y su cultura de proyección, tuvieron mucho que ver. Contribuimos casi como nadie a facilitar la circulación oceánica y bajo cualquier punto de vista, somos culturalmente el resultado de esa circulación.

La poesía, la música, la pintura, la religión y la metafísica particulares que Jorge Luis Borges adjudicaba a su Buenos Aires natal, y que la convertían en un país, son asimismo aplicables a nuestra realidad cultural atlántica.

Somos una historia local más de las que habla Mignolo, una historia local donde gravitan aún muchos signos coloniales. Necesitamos ser más "nosotros" y menos "los otros", esos otros que han escrito nuestra historia, nuestra literatura y han decidido nuestro pasado en general.

Estos días, compartidos con profesores y alumnos de la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria, me he percatado de que esfuerzos como los que está haciendo desde hace algunos años Eugenio Padorno a favor de la literatura de las Islas, nos ayudan a reescribir una historia que otros habían escrito en nuestro lugar. No se trata de invocar el rencor del colonizado, simplemente de arreglar nuestras cosas sin los corsés del mandato metropolitano.

Igual que el modernismo de Tomás Morales, de Alonso Quesada o Saulo Torón merece un enjuiciamiento al margen de lo que ese movimiento literario nacido en América tuvo en la España peninsular, igual debemos proponernos mirar nuestro futuro político sin mimetismos con respecto a soluciones tomadas por otras comunidades española en esta hora de clave confederal.

La literatura siempre enseña más de lo que parece.