De locos, ingenuos, ilusos, utópicos,
es decir, de realistas
A los luchadores por la Libertad
Por Jose Almeida
Alguna vez he dicho que las personas, los seres humanos, viven y luchan para expresarse, para convivir en paz y libertad, para, como diría el escritor Víctor Ramírez, "intentar ser feliz con dignidad".
Entonces, cuando se te niegan estos mínimos elementales derechos, los menos, actúan, combaten, con todos los medios que tienen a su alcance -desde la denuncia y el desenmascaramiento por la palabra reivindicativa, insumisa, rebelde, hasta la utilización de la lucha armada, si fuera necesario, preciso- para intentar transformar el indeseable estado de tiranía que reina, y los más, aceptan resignados por temor, miedo o ignorancia.
Aunque las injusticias, las tropelías y los abusos cometidos contra la mayoría de la población sean más que evidentes, serán muy pocas las personas que reaccionen rebelándose contra esta terrible situación, contra este espantoso estado de cosas; y es por esto, que los posibles cambios y progresos en la soñada libertad, de la humana dignidad, se demoren continuamente.
Pero aunque es cierto que estos cambios se demoran, se retrasan continuamente, también es cierto que siempre hay personas en todas las latitudes, que no cejan en su firme empeño combativo, en su tenaz vehemente rebeldía, en su inquebrantable anhelo dignificador, en su persistente afán libertario.
Por bendita suerte -en todos los tiempos y geografías- han existido -existen- hombres y mujeres de ojos y miradas claras, de corazones limpios. Mujeres y hombres que ven y van más allá de lo que nos quieren imponer los "bienpensantes únicos", sin posibilidad alguna de ofrecer -ni tan siquiera aceptan- otras alternativas para dar respuestas mayoritariamente satisfactorias, otras formas de enfrentar los problemas, otras maneras de andarse por este ya más que "problemático y febril" siglo XXI.
Como la experiencia les ha enseñado en multitud de combates extenuados hasta el amanecer - aunque vienen de perder muchas batallas, y sepan que van a perder algunas más, jamás se rinden ni dan su brazo a torcer- son muchos, muchísimos los malditos, viles, los infames obstáculos a salvar para alcanzar los altos y nobles objetivos de la libertad y la dignidad, el respeto.
A estos hombres y mujeres solidarios, generosos, rebeldes, les asiste la más lúcida de las razones existenciales: la más aguerrida y osada de las valentías y una férrea voluntad por conseguir los fines que se han propuesto como seres creados para la libertad: intentar vivir, poder convivir en una comunidad de hombres y mujeres libres.
Estos especiales seres humanos aunque alguien -algo o todo- se ponga tozudamente en contra, "cuanto más dura sea la prueba, más energía y tesón mostrarán al enemigo", como dijo Secundino Delgado Rodríguez, y que "no importa que sus ataques sean viles, los nuestros serán dignos de la idea que defendemos".
Éstos, cuando más solos y despreciados, cuando más olvidados y desdeñados, antes de renunciar a sus "sagrados" principios, antes de claudicar y rendirse ante los tiránicos poderes perversamente oscurantistas, renacen de sus propias cenizas impulsados por un extraño y vigoroso afán de superación, y cada día emprenden la hermosa tarea libertaria que, gustosa y libremente, se han prometido cumplir.
Lo que para otras personas supondría un enorme sacrificio, es para éstos una sublime dedicación; y a ella se entregan incluso después de cumplir con sus obligadas jornadas laborales.
Desde hace mucho tiempo ya saben -y están duramente curtidos- de lo costoso de la lucha por la reivindicación de condiciones más dignas para vivir, de los casi infranqueables muros que tienen que salvar, del voraz y despiadado enemigo a los que se enfrentan. La mayoría de ellos están acostumbrados a estos combates contra la cerrazón y el despotismo, y por eso no se desaniman fácilmente cuando todo se pone en contra.
Una la de las características que más llama la atención en estos luchadores por la soñada libertad, la humana dignidad, la justicia necesaria es que, a pesar de los innumerables obstáculos y dificultades miles, siempre han combatido sin tener en cuenta horarios ni salarios -cosa bastante rara en unas personas que no son curas o misioneros, precisamente.
Estos bellos gestos los ennoblece y su ejemplo de entrega y solidaridad debería ser guía para todas aquellas personas que, a la primera de cambio, tiran la toalla y ceden en la lucha por esos irrenunciables derechos.
Si algo nos enseña la Historia es, precisamente, que sólo con la lucha, la entrega y la solidaridad pueden los pueblos alcanzar su libertad y progreso relativo.
Aunque parezca extraño, todavía hay personas que no han vendido sus sueños; que creen en la posible construcción de una comunidad de hombres y mujeres libres, donde cada uno tenga lo que necesita, es decir, poco.
Estas personas, que pueden parecer ingenuas por la altura de sus ideales, por la profundidad de sus sentimientos, saben a ciencia cierta que casi todo está por hacer; y esto, en vez de empequeñecerlos de impotencia, los llena de un cierto orgullo, los empuja vigorosos hacia su objetivo poseídos de un sorprendente y hermoso afán.