Los verdaderos amos del mundo (I)
Ramón Moreno
El gran semanario francés, Le Nouvel Observateur, publicaba el 5 de enero de 1995 un documentado informe sobre "Los 50 hombres más influyentes del planeta". Ni un solo jefe de Estado o de gobierno, ni un ministro o diputado, ningún representante por elección de ningún país figuraba en dicha lista.
Otro semanario de prestigio (Le Point 4 de marzo de 1995) consagraba meses después su portada a "El hombre más influyente del mundo". ¿Se trataba de algún importante mandatario de la época: Willian Clinton, de EEUU, Helmut Khol, de Alemania, o Boris Yeltsein de Rusia? No. Simplemente de mister Bill Gates, el poderoso patrón de Microsoft, que domina los mercados estratégicos de la información y que pretende controlar las autopistas de la información. Ahora, en nuestros días, esa influencia es patente. Los formidables cambios científicos y tecnológicos de los dos últimos decenios han adoptado, en muchos campos, las tesis ultraliberales. Y la caida del muro de Berlín, la desaparición de la Unión Soviética y el desfondamiento de los regímenes comunistas les han impulsado con gran potencia. La mundialización de los intercambios de signos, en particular, se han acelerado de forma fabulosa gracias a la revolución informática y de la comunicación. Estos cambios, concretamente, han entrañado la explosión -los célebres bigbang- de los principales sistemas nerviosos de las sociedades modernas: los mercados financieros y las redes de la información. A propósito de estos fenómenos, resulta muy ilustrativa la lectura de los importantes trabajos de Alvin Toffler, Les Nouveaux Pouvoirs París, 1991; Paul Alvin y Haidi Toffler, Guerre et contre-guerre, Fayad 1994; y Paul Kennedy, Preparing for the Twenty-first century, Randon House, Nueva York, 1993.
Por otra parte, la transmisión de datos a la velocidad de la luz (300.000 kilómetros por segundo); los satélites de telecomunicación; la revolución de la telefonía; la generalización de la informática en la mayor parte de los sectores de la producción y de los servicios; la miniturización de los ordenadores y su conexión a escala planetaria han trastornado, poco a poco, el orden del mundo, de forma particular, el mundo de las finanzas. Con respecto a esto último, ha reunido para el futuro las cuatro cualidades que lo constituyen en un modelo perfectamente adaptado a la nueva apuesta tecnológica: planetariedad, inmaterialidad, permanencia e inmediatez. Atributos, por así decirlo, divinos, y que, lógicamente, han dado lugar a un nuevo culto, una nueva religión: la del mercado.
Se intercambian instantáneamente, veinticuatro horas sobre veinticuatro, datos de un extremo a otro de la tierra. Las principales Bolsas están ligadas entre si y funcionan en bucle. NonStop. Mientras, a través del mundo, ante sus pantallas electrónicas, miles de jóvenes superdiplomados, superdotados, pasan sus días colgados del teléfono. Son, como si dijéramos, los clérigos del mercado. Intérpretes del nuevo racionalismo económico. El que siempre tiene razón. Y ante el que cualquier argumento -si es del orden social o humanitario- debe inclinarse.
Pero a pesar de todo, con mucha frecuencia, los mercados financieros funcionan a ciegas, integrando parámetros acogidos casi a la brujería o a la psicología de bazar como la "economía de los rumores, el análisis de los comportamientos gregarios, e incluso el estudio de los contagios mimétricos" (Pierre-Henri de Menthou, Les dix qui font grimper les taux, Le Nouvel Economista, 6 de enero de 1995).
Mientras que, en razón de sus nuevas características, los mercados financieros han puesto en funcionamiento numerosas gamas de nuevos productos, extremadamente complejos y volátiles, que pocos expertos conocen bien y a los que les otorgan -no sin riesgos, como se demostró en la quiebra de la banca británica Barinas a comienzos de 1995, y en otras posteriores- una ventaja considerable en las transacciones.
Son apenas una decena en el mundo los que saben manejar con utilidad -es decir, para su mayor beneficio- el curso de las monedas y los valores. Están considerados como los amos de los mercados, una palabra de uno de ellos y todo puede bascular, bajar el dólar, hundirse la Bolsa de Tokio... Frente a la potencia de estos mastodontes de las finanzas
Qué pueden hacer los Estados? No gran cosa. La crisis financiera de Méjico, desencadenada a finales diciembre de 1994, lo demostró claramente. Cuál es el peso de las reservas acumuladas en divisas de Estados Unidos, Japón, Italia, Francia, Alemania, Reino Unido o Canadá -o sea, los siete países más ricos del mundo- frente a la fuerza de choque financiera de los fondos de inversión privados, en su mayor parte anglosajones o japoneses? Casi nada.
Las transacciones sobre los mercados monetarios alcanzan un billón de dólares por día (el equivalente a cincuenta veces el montante de los intercambios de los productos manufacturados y de servicios).
A título de ejemplo, pensemos que en el más importante esfuerzo financiero jamás llevado a cabo en la historia económica moderna a favor de un país -en este caso Méjico-, los grandes Estados del planeta (entre ellos EEUU), el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional, consiguieron reunir conjuntamente alrededor de 50 mil millones de dólares, frente a los 500 mil millones de dólares que controlan los tres primeros fondos de pensiones norteamericanos.
Continúa...
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