Los verdaderos amos del mundo (
y II)Ramón Moreno
La crisis financiera de Méjico, desencadenada a finales de diciembre de 1994, demostró claramente que los Estados poco pueden hacer ante las mastodónticas finanzas de los considerados amos de los mercados. Apenas una docena de privilegiados que son los que saben manejar con utilidad (para su mayor beneficio) el curso de las monedas y los valores, y donde una palabra de uno de ellos puede hacer que todo bascule, se deprecie el dólar, o se hunda la Bolsa de Tokio...
¿Cuál es el peso de las reservas acumuladas en divisas de Estados Unidos, Canadá, Japón, Reino Unido, Alemania, Francia o Italia -los siete países más ricos del mundo- frente a la fuerza de choque financiera de los fondos de inversión privados, en su mayor parte anglosajones y japoneses? Casi nulo. Téngase en cuenta, que las transacciones sobre los mercados monetarios alcanzan un billón de dólares por día, lo que supone el equivalente a cincuenta veces el montante de los intercambios de los productos manufacturados y de los servicios.
En el caso de Méjico, por ejemplo, pensemos que fue el más importante esfuerzo financiero jamás llevado a cabo en la historia económica moderna a favor de un país, donde los grandes Estados del planeta (EEUU entre ellos), el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional, consiguieron reunir conjuntamente alrededor de 50 mil millones de dólares. Una suma considerable. Pues bien, los tres primeros fondos de pensiones americanos, -los Big Tree de hoy, (durante los años 30 a 70 se llamó Big Tree a los tres fabricantes de automóviles más importantes del mundo: General Motors, Chrysler y Ford)-, Fidelity Investmens, Vanguard Group y Capital Research and Management controlan, ellos solos, más de 500 mil millones de dólares. Los gerentes de estos fondos concentran en sus manos un poder financiero de tal envergadura, que no poseen ningún ministro de Economía o gobernador de Banco Central.
En un mercado convertido en planetario e instantáneo, cualquier desplazamiento brutal de estos auténticos mamuts de las finanzas, conllevaría, de inmediato, la desestabilización económica de cualquier país del mundo.
Conscientes del grave problema, los dirigentes políticos de las principales potencias del planeta, reunidos con los 850 dirigentes económicos más importantes del mundo, en el marco del Forum Internacional de Davos (Suiza) en enero de 1995, ya mostraban claramente lo terrible que iba a ser la potencia sobrehumana de estos gerentes de fondos, cuya fabulosa riqueza es totalmente independiente de los Gobiernos y que se desenvuelven a su antojo en el cyberespacio de las geofinanzas.
Casi una década después, este hecho constituye, en efecto, una suerte de Nueva Frontera, un Nuevo Territorio del que depende el futuro de buena parte del mundo. Sin contrato social, sin sanciones, sin leyes, a excepción de las que fijan los protagonistas, para su mayor provecho. No es de extrañar, que en tales circunstancias, en Estados Unidos, especialmente, las desigualdades en el reparto de las riquezas sigan agravándose. Como constatara el International Herald Tribune, del 19 de abril de 1995, el 1% de las personas más ricas controlan alrededor del 40% de la riqueza nacional, o sea, dos veces más que el Reino Unido, que es el país menos igualitario de Europa Occidental.
En este sentido, son bastante elocuentes las declaraciones de algunos de los presentes en Davos. El financiero multimillonario George Soros, decía que: "Los mercados votan todos los días, fuerzan a los Gobiernos a adoptar medidas impopulares ciertamente, pero indispensables. Son los mercados los que tienen sentido de Estado".
Por su parte, el que fuera primer ministro francés, Raymond Barre, defensor a pesar de todo del liberalismo económico, decía: "Decididamente no se puede dejar el mundo en manos de una banda de irresponsables de treinta años que no piensan más que en hacer dinero"... Al tiempo que advertía que el sistema financiero internacional no poseía los medios institucionales adecuados para hacer frente a los desafíos de la globalización y de la apertura general de los mercados. Lo que era corroborado por el entonces secretario general de la ONU, Butros Ghali, diciendo que: "La realidad del poder mundial escapa ampliamente a los Estados, en cuanto que es cierto que la globalización implica la emergencia de nuevos poderes que trascienden las estructuras estatales".
Entre estos nuevos poderes, el de los medios de comunicación de masas aparece como uno de los más potentes y más temibles. La conquista de audiencias masivas a escala planetaria desencadena batallas homéricas, como se vio en EEUU con las megafusiones entre Time-Warner y CNN, o entre Disney y la cadena ABC.
Grupos industriales se implican en una guerra a muerte por el dominio de las redes multimedia y las autopistas de la información que según sostenía el vicepresidente americano de la anterior Administración demócrata, Albert Gore, "representan para los Estados Unidos de hoy lo que las infraestructuras del transporte por carretera representaron a mediados del siglo XX".
Ni Ted Turner de la CNN, Rupert Murdoch, de News Corporation Limited, Bill Gates, de Microsoft, Larry Rong de China Trust y otros, han sometido jamás sus proyectos al sufragio universal. La democracia no se ha hecho para ellos. A sus ojos, el poder político no es más que el tercer poder. Antes están el poder económico y el poder mediático. Y cuando se poseen estos -como demostró Berlusconi en Italia- tomar el poder político no es más que un simple trámite.
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