Por segunda vez, me dirijo a esta asamblea universal para traer la palabra de Brasil. Cargo un compromiso de vida con los silenciados por la desigualdad, el hambre y la desesperanza. A ellos, en las palabras tremendas de Franz Fanon, el pasado colonial les destinó una herencia común: 'Si quieres, ahí la tienes: la libertad de morir de hambre'
Jefes de Estado y de Gobierno,
Señor Jean Ping, presidente de la 59ª Asamblea General de la Organización de las Naciones Unidas,
Señor Kofi Annan, secretario general de las Naciones Unidas,
Señoras y señores,
Saludo, en la persona del Canciller Jean Ping, a los representantes de todos los pueblos aquí reunidos,
Saludo fraternalmente al secretario general Kofi Annan, que ha conducido a las Naciones Unidas con sabiduría y abnegación,
Señoras y señores,
Por segunda vez, me dirijo a esta asamblea universal para traer la palabra de Brasil. Cargo un compromiso de vida con los silenciados por la desigualdad, el hambre y la desesperanza.
A ellos, en las palabras tremendas de Franz Fanon, el pasado colonial les destinó una herencia común: 'Si quieres, ahí la tienes: la libertad de morir de hambre'.
Hoy somos 191 Estados-nación. En el pasado, 125 fueron sometidos al yugo de unas pocas potencias que originalmente ocupaban menos del 2% del globo. El fin del colonialismo afirmó, en la esfera política, el derecho de los pueblos a la autodeterminación.
Esta Asamblea es el signo más alto de un orden fundado en la independencia de las naciones. La transformación política, sin embargo, no se completó en el plano económico y social. Y la historia demuestra que esto no ocurrirá espontáneamente.
En 1820, la diferencia de renta per capita entre el país más rico y el país más pobre del planeta era inferior a cinco veces. Hoy, esa diferencia es de 80 veces.
Los antiguos súbitos se convirtieron en deudores perpetuos del sistema económico internacional.
Barreras proteccionistas y otros obstáculos al equilibrio comercial, agravados por la concentración de las inversiones del conocimiento y de la tecnología, sucedieron al dominio colonial.
Poderoso y omnipresente, un engranaje invisible comanda a distancia el nuevo sistema. No es raro que revoque decisiones democráticas, deshidrate la soberanía de los Estados, se sobreponga a gobiernos electos, y exija la renuncia a legítimos proyectos de desarrollo nacional. Se mantuvo la lógica que drena el mundo de la escasez para irrigar el del privilegio.
En las últimas décadas, la globalización asimétrica y excluyente profundizó el legado devastador de miseria y regresión social, que explota en la agenda del siglo 21. Hoy, en 54 países la renta per capita está más baja que hace diez años. En 34 países, la expectativa de vida disminuyó. En 14, más niños mueren de hambre.
En África, donde el colonialismo resistió hasta el crepúsculo del siglo 20, 200 millones de seres humanos están enredados en un cotidiano de hambre, enfermedad y desamparo, al cual el mundo se acostumbra, anestesiado por la rutina del sufrimiento ajeno y distante.
La falta de saneamiento básico mató más niños en la década pasada que todos los conflictos armados desde la Segunda Guerra.
De la crueldad no nace el amor. Del hambre y de la pobreza jamás nacerá la paz. El odio y la insensatez que se extienden por el mundo se nutren de esa desesperanza, de la absoluta falta de horizontes para la gran mayoría de los pueblos.
Sólo en este año, más de 1.700 personas ya murieron víctimas de ataques terroristas alrededor del mundo; en Madrid, Bagdad, Yakarta.
Tragedias que se vienen a sumar a tantas otras, en India, en Oriente Medio, en Estados Unidos, y recientemente, al bárbaro sacrificio de los niños de Beslan.
La Humanidad está perdiendo la lucha por la paz.
Sólo los valores del Humanismo, practicados con lucidez y determinación, pueden detener la barbarie. La situación exige, de los pueblos y de sus líderes, un nuevo sentido de responsabilidad individual y colectiva.
Si queremos la paz, debemos construirla. Si queremos de hecho eliminar la violencia, es necesario remover sus causas profundas con la misma tenacidad con que enfrentamos los agentes del odio.
El camino de la paz duradera pasa, necesariamente, por un nuevo orden internacional, que garantice oportunidades reales de progreso económico y social a todos los países.
Exige, por eso mismo, la reforma del modelo de desarrollo global y la existencia de instituciones internacionales efectivamente democráticas, basadas en el multilateralismo, en el reconocimiento de los derechos y aspiraciones de todos los pueblos.
Más que cualquier estadística sobre la desigualdad social, lo que debe interpelar nuestras conciencias es la mirada torturada de los que hoy están del lado de afuera de la vida. Son ojos que vigilan en nosotros el futuro de la esperanza.
No hay más destinos aislados, ni conflicto que no irradien una dimensión global. Por más que nos señalen el cielo entre las rejas, es preciso no confundir la jaula de hierro con la libertad.
Tenemos conocimiento científico y escala productiva para equilibrar los desafíos económicos y sociales del planeta. Hoy, es posible reconciliar naturaleza y progreso por medio de un desarrollo ética y ambientalmente sustentable.
La naturaleza no es un museo de reliquias intocables. Pero, definitivamente, ella no puede ser más degradada por la expoliación humana y ambiental, en la búsqueda de la riqueza a cualquier costo.
Señoras y señores míos,
Se mide una generación no sólo por lo que hizo, sino también por lo que dejó de hacer. Si los recursos disponibles son fantásticamente superiores a nuestras necesidades, ¿cómo explicar a las generaciones futuras por qué hicimos tan poco, cuando tanto nos era permitido?
Una civilización omisa está condenada a marchitarse como un cuerpo sin alma. Las exhortaciones del gran artífice del 'New Deal', Franklin Roosevelt, resuenan con actualidad ineludible: 'Lo que más se necesita hoy es de audacia en la experimentación'. 'Lo que más se debe temer es el propio miedo'.
No se trata de la audacia del instinto. Sino del coraje político. Sin voluntarismo irresponsable, pero con osadía y capacidad de reformar.
Lo que distingue civilización de barbarie es la arquitectura política que promueve el cambio pacífico y hace avanzar la economía y la vida social por el consenso democrático.
Si fracasáramos contra la pobreza y el hambre, ¿qué más podría unirnos?
Señoras y señores míos,
Creo que es el momento de decir con toda la claridad que el retorno del desarrollo justo y sustentable requiere un cambio importante en los flujos de financiamiento de los organismos multilaterales.
Estos organismos fueron creados para encontrar soluciones, pero a veces por excesiva rigidez, se vuelven parte del problema.
Se trata de ajustarles el enfoque hacia el desarrollo, rescatando su objetivo natural.
El FMI debe tener crédito para proveer el aval y la liquidez necesarios para inversiones productivas, especialmente en infraestructura, saneamiento y vivienda, que permitirán, inclusive, recuperar la capacidad de pago de las naciones más pobres.
Señoras y señores míos,
La política externa brasilera, en todos sus frentes, busca sumar esfuerzos con otras naciones en iniciativas que nos lleven a un mundo de justicia y de paz.
Tuvimos ayer, una reunión histórica con más de 60 líderes mundiales, para dar un nuevo impulso a la acción internacional contra el hambre y la pobreza.
Confío firmemente que el proceso desencadenado ayer elevará la plataforma de la lucha contra la pobreza en el mundo. En la medida en que avancemos en esta nueva alianza, tendremos mejores condiciones de cumplir las Metas del Milenio, sobre todo la erradicación del hambre.
Fue con ese espíritu que África del Sur, India y Brasil establecieron, el año pasado, el fondo de solidaridad --Ibas. Nuestro primer proyecto, en Guinea-Bissau, será lanzado mañana.
También priorizamos el tema del HIV-Sida, que tiene una perversa relación con el hambre y la pobreza. Nuestro programa de Cooperación Internacional en el combate al HIV-Sida ya opera en seis países en desarrollo y brevemente llegará a tres más.
Señoras y señores míos,
Constato, con preocupación que persisten graves problemas de seguridad, poniendo en riesgo la estabilidad mundial.
No se vislumbra, por ejemplo, mejoras en la situación crítica de Medio Oriente. En este, como en otros conflictos, la comunidad internacional no puede aceptar que la violencia proveniente del Estado, o de cualquier grupo, se sobreponga al diálogo democrático. El pueblo palestino todavía está lejos de alcanzar la autodeterminación a la que tiene derecho.
Sabemos que las causas de la inseguridad son complejas. El necesario combate al terrorismo no puede ser concebido apenas en términos militares.
Necesitamos desarrollar estrategias que combinen solidaridad y firmeza, pero con estricto respeto al Derecho Internacional.
Fue así que acatamos, Brasil y otros países de América Latina, la convocatoria de la ONU para contribuir en la estabilización de Haití. Quien defiende nuevos paradigmas en las relaciones internacionales, no podría dejar de hacer algo delante de una situación concreta.
Promover el desarrollo con equidad es crucial para eliminar las causas de la inestabilidad secular de aquel país. En nuestra región, a pesar de los conocidos problemas económicos y sociales, predomina una cultura de paz. Vivimos un período de madurez democrática, con una vibrante sociedad civil.
Estamos aprendiendo que el desarrollo y la justicia social deben ser buscados con determinación y apertura al diálogo. Los episodios de inestabilidad en la región han sido resueltos con respeto a las instituciones.
Siempre que es llamado, y en la medida de nuestras posibilidades, Brasil ha contribuido a la superación de crisis que amenazan el orden constitucional y la estabilidad de países amigos.
No creemos en la interferencia en asuntos internos de otros países, pero tampoco nos refugiamos en la omisión y en la indiferencia ante problemas que afectan a nuestros vecinos.
Brasil está empeñado en la construcción de una América del Sur políticamente estable, próspera y unida, a partir del fortalecimiento del Mercosur y de una relación estratégica con Argentina.
El surgimiento de una verdadera Comunidad Sudamericana de Naciones ya no es un sueño distante, gracias a la acción decidida en lo que a integración física, económica comercial, social y cultural respecta.
Brasil ha actuado en las negociaciones comerciales multilaterales para alcanzar acuerdos justos y equitativos. En la última reunión de la Organización Mundial del Comercio, se dio un gran paso hacia la eliminación de restricciones abusivas que perjudican a los países en desarrollo.
La articulación de países de África, América Latina y Asia en el G-20 fue decisiva para mantener el movimiento de Doha en el sendero de liberalización del comercio con justicia social.
El éxito de Doha representa la posibilidad de librar de la pobreza a más de 500 millones de personas.
Es fundamental continuar diseñando una nueva geografía económica y comercial, que preservando las vitales relaciones con los países desarrollados, cree sólidos puentes entre los países del Sur, que por mucho tiempo permanecieron aislados unos de otros.
Señoras y señores,
Brasil está comprometido con el éxito del Régimen Internacional sobre Cambio del Clima. Estamos enlistados en el desarrollo de energías renovables. Por eso, seguiremos trabajando activamente por la entrada en vigor del Protocolo de Kyoto.
América del Sur responde por cerca del 50% de la biodiversidad mundial. Defendemos el combate a la biopiratería y a la negociación de un régimen internacional de repartición de los beneficios resultantes del acceso a recursos genéticos y conocimientos tradicionales.
Señoras y señores,
Reitero lo que dije el año pasado en este recinto: un orden internacional fundado en el multilateralismo es el único capaz de promover la paz y el desarrollo sustentable de las naciones.
Éste debe asentarse sobre el diálogo constructivo entre diferentes culturas y visiones del mundo.
Ningún organismo puede sustituir a las Naciones Unidas en la misión de asegurar al mundo la convergencia en torno a objetivos comunes.
Sólo el Consejo de Seguridad puede conferir legitimidad a las acciones en el campo de la paz y de la seguridad internacionales. Pero su composición debe adecuarse a la realidad de hoy, y no perpetuar aquella de la post Segunda Guerra o de la Guerra Fría.
Cualquier reforma que se limite a una nueva vestimenta para la actual estructura, sin aumentar el número de miembros permanentes es, con seguridad, insuficiente.
Las dificultades inherentes a todo proceso de reforma no deben hacer que perdamos de vista la urgencia de los cambios.
Señoras y señores,
No habrá seguridad ni estabilidad en el mundo mientras no construyamos un orden más justo y más democrático.
La comunidad de las naciones precisa dar respuesta clara e inequívoca a este desafío. Habremos de encontrarla en las sabias palabras del profeta Isaías: 'La paz sólo vendrá como fruto de la Justicia'.
Muchas gracias."