Ser maestro, alto riesgo

Emilio Hernández (*)

Además de ejercer una alta misión, los profesores corren un alto riesgo. Algunas aulas se han convertido en jaulas llenas de fierecillas indomables, y quienes se dedican a la misericordiosa tarea de enseñar al que no sabe, ya saben lo que les espera: sufrir agresión del alumno o del padre del alumno, que es bruto por parte de hijo. La violencia escolar está al desorden del día; con el tiempo se demandará un plus de peligrosidad a los profesores y un seguro para sus coches. También se recomienda a los docentes que no se queden a solas con ciertos papás, de esos que creen que suspender a sus tiernos vástagos es un agravio que sólo se paga con sangre.

La sangrada profesión de maestro ingresa legítimamente en el club de oficios peligrosos. La enseñanza es tan arriesgada como el automovilismo o las carreras de motos. Ser profesor es como ser árbitro de fútbol regional o ser corresponsal de guerra. Se ha abierto la veda de los enseñantes que, como los juglares, "llevan la vida jugada y andan a mucho peligro". Se dice que la insurrección de las tribus escolares deriva de la obligatoriedad de estudiar hasta cierta edad. Hay muchos alumnos que no tienen el menor interés en hacerlo y, una vez adquirido el hábito, no lo tendrán nunca. Su entorno familiar, por otra parte, que viene a ser la misma, no les facilita la normal integración en las aulas, y oponen una notable resistencia a ser desasnados. El padre, ante todo debe ser padre y no amigo de su hijo. Ya hay centros que han creado aulas "para alumnos que no quieren estudiar", que es como crear pistas de atletismo para quienes no quieran hacer deporte.

"Urge poner coto a la degradación", pero ya se sabe que las cosas urgentes se prestan siempre al aplazamiento. Mientras, continúan las agresiones y va a llegar un momento en el que los maestros deban acudir a los centros con protección.

Enseñe, pero seguro. La letra con sangre entra, se decía. No es cierto. Ni siquiera con la sangre de los profesores.

(*) Maestro La Gomera