Un majorero excepcional

Juan Manuel García Ramos

En una reciente reunión plenaria de la Academia Canaria de la Lengua, celebrada en su sede del palacio Rodríguez Quetgles de la calle Pérez Galdós en Las Palmas, no tuve recato en reconocer que si el Gobierno de Canarias había decidido añadir a su organigrama una Dirección General del Libro, este nuevo departamento debiera dedicarse, más que a editar más volúmenes, a distribuir con inteligencia y agresividad mercantil las numerosísimas publicaciones institucionales que guardan el sueño de los justos -mejor, de los injustos- en los sótanos de ayuntamientos, cabildos, consejerías del Gobierno Autónomo, Parlamento y demás organismos que viven del presupuesto público.

Lo decía muy en serio, porque estoy cansado de descubrir pequeñas joyas de nuestra bibliografía sacadas de la imprenta hace muchos años y arrinconadas en dependencias oficiales por incapacidad de sus patrocinadores para culminar la cadena de hacerlas llegar a los lectores interesados.

Todo esto va sin malicia, pues conozco al responsable de esa nueva Dirección General, José María Hernández Aguiar, ex alumno aplicado y hombre de la cultura más allá de nombramientos en el BOC, y sé de su empeño por sacar adelante los programas que se ha impuesto.

Pero este largo preámbulo viene a cuento porque la semana pasada descubrí en Tiscamanita, ese pueblo de lo que ya empieza a ser el sur de Fuerteventura, en la sede de la Fundación Canaria "Manuel Velázquez Cabrera", un libro que bien podría ser de lectura obligatoria -si me permiten esa modalidad- en nuestros centros de enseñanza primaria y secundaria, tan necesitados de santos y de señas que no desperdicien tantas vocaciones como las que malogramos cada día.

El libro en cuestión es Memorias de Manuel Velázquez Cabrera, y fue editado por el Parlamento de Canarias en el año 2003. Primera noticia.

La generosidad del gerente de la Fundación citada, un viejo luchador de la democracia en nuestras islas, Felipe Bermúdez Suárez, me hizo llegar esas páginas de Velázquez Cabrera y sólo me bastó una madrugada de insomne para devorarlo como un apetitoso alimento espiritual. Y no crean que me he vuelto ñoño al usar el término "espiritual", pues son esas memorias el testimonio de una personalidad sensible y exquisita, puro ejemplo para cualquiera de nosotros.

Desde el punto de vista político, Manuel Velázquez Cabrera se conoce como el hombre del "Plebiscito", una iniciativa política que tuvo nuestro protagonista a principios del pasado siglo XX, en el año 1910, mediante la cual consiguió no sólo impulsar la Ley de Cabildos de Canalejas de 11 de julio de 1912, sino obtener para las conocidas como islas menores de nuestro Archipiélago una representación en las Cortes españolas del momento.

Pero el libro del que les hablo nos da un perfil mucho más rico del personaje. Ese texto nos coloca frente a un majorero nacido un 11 de noviembre de 1863 en Tiscamanita que a los doce años ha de viajar a Uruguay a encontrarse con su padre, que ya ha muerto a su llegada -a su madre la había perdido a la edad de tres años-. Ante un majorero que regresa pronto de América para estudiar en el Seminario Diocesano de Las Palmas, en el Instituto de Canarias de La Laguna y que marcha luego a la Universidad de Madrid donde termina licenciándose en Derecho. Tras años de dedicarse a los intereses públicos de su tierra, Velázquez Cabrera moriría en Madrid a los cincuenta y tres años en una habitación del Hotel Universal.

No es una vida muy audaz ni aventurera a simple vista, otra cosa es cómo se nos narra ese itinerario en las Memorias a las que nos estamos refiriendo.

Nos llama la atención en primer lugar el leit motiv de su escritura memorialista: se trata de dejar sentado para aprovechamiento de sus hijos, a los que cita con una ternura que estremece, las "lecciones dolorosas" de su experiencia existencial.

Nos habla de sus pasos por las escuelas de Antigua, Tuineje y Pájara, y de las "distancias" de aquella época entre unas y otras; de su aventura uruguaya, donde fue a dar con su padre, de las peripecias de él y de su hermano Sebastián tras conocer la desaparición del cabeza de familia, de cómo se colocan en una botica, uno, y en una tienda de tejidos, otro, hasta embarcar de nuevo rumbo a Europa; nos habla con detalles meticulosos del nombre de los transportes marítimos, de la tardanza de las travesías atlánticas; nos habla de cómo se dedicó a la labranza y al cultivo de la cochinilla por los años 1876-1881; de sus lecturas por aquel entonces de los libros de Julio Verne, Eugenio Sue, de Víctor Hugo, de Renan, de Rousseau, nos habla de su ingreso en el Seminario Diocesano de Las Palmas, donde el primer año de pupilaje costaba ¡ciento ochenta pesetas!, bastante difíciles de reunir, por otra parte.

Velázquez Cabrera en sus Memorias nos hace confesiones de su precario desarrollo físico, debido a su deficiente alimentación y a las frecuentes enfermedades padecidas en su infancia, lo que incubó en él "un poderoso deseo de que nadie lo aventajara" ni a la hora de discutir de lo divino ni de lo humano, ni a la hora de nadar, luchar o montar a caballo.

Esa fuerza de voluntad es lo que más llama la atención de este majorero que cuenta parte de su biografía para inculcarle a sus hijos lo que significa el esfuerzo y el trabajo en la vida de un hombre que quiera llegar a ser algo.

Tras cinco años interno en el Seminario, Velázquez Cabrera se traslada a Tenerife a encontrarse con su hermano Miguel que en esos años de 1886 y 1887 sustituía en sus labores al jefe de recaudación de contribuciones del Sur de la isla del Teide. En ese tiempo asienta en sus Memorias algo que nos da pista del caciquismo de la época: "Allí me enteré de cómo los ayuntamientos instruyen expedientes, valiéndose de las tracamundanas de colonerías, aparcerías, censos, etc., etc... para imponer las contribuciones al proletariado y descargarlas al dueño...".

Entre junio y septiembre de 1887 se examina de las catorce asignaturas que constituían el Bachillerato en el Instituto de La Laguna, en enero de 1888 se graduará bachiller en Sevilla y continuará viaje a Madrid donde terminará la carrera de Derecho en la Universidad Central merced a la generosidad de su hermano Miguel que lo beca con cien pesetas mensuales durante los tres años que tardan sus estudios superiores.

El Madrid de Velázquez Cabrera es la capital sórdida de las pensiones estudiantiles, pero también el de los cafés cantantes de la época.

En ese momento se cortan las Memorias de Velázquez Cabrera, pero antes nos ha regalado todo tipo de detalles sobre el tiempo que le tocó vivir y el optimismo con el que enfrentó todas las vicisitudes de sus años de formación antes de convertirse en el político respetable que en 1910 redimió a nuestras islas menores del trato vejatorio jurídico-político sufrido hasta aquel entonces por la administración española en connivencia con el centralismo de Tenerife y Gran Canaria. Una lección.