Márquez y Vargas
Juan Manuel
García Ramos
Esta semana tendríamos que hablar, por
motivos diferentes, y recordar la obra de Gabriel García Márquez y de Mario
Vargas Llosa, porque el pasado seis de marzo García Márquez cumplió ochenta
años y porque ese mismo día algunos novelistas canarios celebrábamos la primera
sesión del Foro Vargas Llosa, un proyecto impulsado y financiado por
Dos buenos motivos para recuperar el trabajo de esos dos grandes novelistas a
los que todos hemos leído desde hace más de cuarenta años y que en cierta forma
han influido en nuestras maneras de acercarnos a su continente de origen, a ese
inconsciente colectivo americano escrito en lengua española.
No es extraño que nosotros, los novelistas canarios, tengamos deudas con los
escritores hispanoamericanos que empezaron a darse a conocer en torno a la
década de los sesenta del siglo XX.
Ya se acepta sin mayores discrepancias que la literatura hispanoamericana se
encontró a sí misma de forma escalonada y que esos escalones comienzan con la
literatura gauchesca del siglo XIX y continúan sucesivamente con lo que significó
el movimiento modernista de Rubén Darío, el creacionismo de Vicente Huidobro y el movimiento narrativo de los citados años
sesenta.
Es decir, era natural que los novelistas insulares viéramos ejemplificadas con
satisfacción en nuestra propia lengua todas las conquistas de la novela moderna
que, desde Kafka hasta Faulkner,
habían revolucionado una manera de contar. Porque además esas cosmogonías
narrativas participaban, en una gran proporción, de nuestra manera de ver las
cosas: lo que supuso la revolución castrista para el resto del mundo, lo que
significaron los años sesenta en Europa y en todos los continentes.
No voy a descubrirle a nadie la vinculación canario-americana a estas alturas
de la historia. Siempre he sostenido que el Atlántico de Antonio Rumeu de Armas, como después el Mediterráneo de Fernand Braudel, fueron espacios
coherentes, abiertos a las relaciones humanas, políticas, económicas,
culturales, literarias, hasta convertirse no en una mera comarca cultural, sino
en una verdadera civilización, con sus claves a la vista de todos.
En ese sentido, los canarios no sólo fuimos fundadores de literaturas como la
brasileña, la cubana o la guatemalteca, también fuimos siempre lectores
aventajados de la literatura americana escrita en lengua española, desde el
modernismo que leyó Tomás Morales hasta la novela de mitad del siglo XX que
leímos nosotros con avidez.
Después de leer a los novelistas hispanoamericanos de los años sesenta, nos
atrevimos a faltarle al respeto al lenguaje común, nos atrevimos a forzar ese
lenguaje a favor de la literatura, y obras de nuestra narrativa ejemplares en
ese sentido fueron Crónica de la nada hecha pedazos,
de Juan Cruz Ruiz, y Cada cual arrastra su sombra, de Víctor Ramírez.
Hoy tendríamos que hablar de la influencia particular que un autor como Mario
Vargas Llosa ha podido ejercer en nosotros y no nos pueden doler prendas al
reconocer su liderazgo en todo lo que supuso la innovación de la técnica
narrativa, la valentía fabuladora y los asuntos que
escogió y trató en sus primeras novelas y cuentos.
Pero Vargas Llosa ha seguido influyendo en nosotros desde su actitud
intelectual, su manera insobornable de enfrentar la realidad que le ha tocado
vivir.
Si yo tuviera que sincerarme en cuanto a la precisa influencia recibida de la
literatura de Mario Vargas Llosa en los años que me adentraba en la escritura
narrativa, tendría que hacer un largo recorrido que iría desde mi
descubrimiento de La ciudad y los perros,
Aunque de todo lo leído y anotado tengo que reconocer el impacto que supuso en
mí el desenfado narrativo de un relato como Los cachorros, y sobre todo
las últimas diez líneas de esa historia, de ese triste tratado sobre el
machismo y la decadencia humana:
Eran hombres hechos y derechos ya y teníamos todos mujer, carro, hijos que
estudiaban en el Champagnat,
En las aulas
universitarias he hablado muchas veces con mis alumnos sobre esa pequeña novela
y siempre hemos terminado asombrados de la fuerza de su prosa y de la destreza
exhibida por su autor a la hora de hacernos llegar la historia en cuestión: esa
manera de estar dentro y fuera de lo que se cuenta. Esa feliz confusión que se
practica entre los tradicionales protocolos del autor, el narrador y el/los
personaje/s. Esa curiosa y descomplicada conjugación
del imperativo categórico del tiempo, el gran escultor de nuestras
personalidades, según Marguerite Yourcenar.
Esa entonación fue la que intenté usar en mi primera novela, la que me hizo
entrar a la escritura creadora con unas comodidades que nunca supuse que
deparara el ejercicio literario. Tengo que reconocerlo muchos años después.
Al margen del apego o desapego que podamos sentir por
la literatura de Mario Vargas Llosa, el autor peruano demostró este seis de
marzo en la embellecida Casa de Galdós, en la calle
Cano, número 6, de Las Palmas, que sigue disfrutando de una mente privilegiada.
Durante más de tres horas y media estuvo debatiendo con los escritores canarios
invitados y un público lector que no cesaron de destripar sus novelas hasta más
allá de lo que podía pensar el mismo autor de todas ellas.
Para los que empezamos a leer a los novelistas hispanoamericanos de los años
sesenta del siglo anterior, y en especial a García Márquez y a Vargas Llosa, y
en cierta forma a emularlos como fabuladores, es una satisfacción comprobar
cómo esa generación, conocida como la del boom
hispanoamericano, incluía algunos nombres reconocidos hoy en todos los
continentes, premiados con dignidad y respetados aún como autores en activo.
Tanto García Márquez como Vargas Llosa han sabido demostrarnos que todavía es
posible que un ser humano con vocación sea capaz de organizar su vida sólo en función
de la literatura. Esa disciplina inútil a primera vista que para algunos es la
única antropología que vale.