Masca, sin campesinos

Wladimiro Rodríguez Brito

Este fin de semana presentábamos en el caserío de Masca un vídeo de las vivencias recientes de sus gentes y de la localidad. El sencillo acto contó con una amplia asistencia de vecinos, que también habían participado como actores y actrices en el citado reportaje. En el visionado de este documental se capta con suma facilidad no sólo la riqueza etnográfica y social de dicha localidad sino lo que nos debe preocupar, el incierto futuro. Asimismo, se pone de manifiesto que los jóvenes tienen serias dudas de poder permanecer en Masca, de ganarse la vida en la tierra de sus padres o de poder habitar una vivienda digna.

Las tierras antaño cultivadas, abancaladas casi hasta el infinito, se conjugaban con las viviendas tradicionales y los ricos palmerales, configurando en definitiva un paisaje de oasis, un paraíso de verdor y de vida, insólitos por su aislamiento y por su topografía en el oeste más abrupto de la isla de Tenerife. De esa "fotografía" apenas nos separan unas décadas pero la realidad es que los matorrales invaden y destruyen los bancales que ya nadie cuida, a excepción de unos pequeños fragmentos en las orillas de la carretera. Las palmeras se secan y se pierden porque ya nadie las cuida ni prepara su entorno para aprovechar los escurres de los canteros. Las paredes de las huertas se vienen abajo y carecemos ya de campesinos que las levanten.

Los jóvenes nos pusieron este viernes pasado "la cara colorada" ante sus lógicas reivindicaciones por la forma en que la Administración está acabando con sus posibilidades de progresar en la tierra que les vio nacer y les obliga a emigrar a tierras de turismo y cemento, sin arraigo, sin raíces. El caserío fue declarado hace años Bien de Interés Cultural (BIC), por lo que no se ha podido mover una piedra o una teja en los últimos años. Además, esto ha servido para convertirlo en destino obligado de los turistas interesados en conocer una parte importante de nuestra historia y geografía. Es la otra Canarias, la profunda, la que se rebeló contra la topografía, contra la escasez de recursos y contra el aislamiento. La que demostró que este pueblo es diferente, orgulloso y trabajador. Masca es un recuerdo que nos llena de orgullo a todos los canarios, que tenemos la obligación de proteger y conservar para nuestros descendientes.

Ahora bien, tal y como expresaban con mucha razón los jóvenes del Caserío, no debemos permitir que se convierta en un museo, sin vida, sin gente, sin niños, sin futuro. Hay que apoyar las más que razonables demandas de los vecinos que ven cómo un río humano, de turistas y viajeros, discurre por sus empinadas cuestas sin dejar apenas un euro en los bolsillos de los masqueros. Apenas se vende un plato en los bares del caserío con alimentos autóctonos de la zona, las antaño valoradas naranjas de Masca, las batatas o los ñames, entre otros. Tampoco son hombres o mujeres de Masca los que guían a las cientos de personas que -casi a diario- descienden su barranco hasta la congestionada playa, llena de embarcaciones de recreo y de empresas que los llevan hasta Los Gigantes. Y, por supuesto, no se permite mejorar una vivienda para que sea más habitable para una familia joven que quiera permanecer en el caserío.

Las varas de medir son diferentes si se aplican a los campesinos o si se aplican a la propia administración en otros usos del territorio. Así, por ejemplo, doña Cristina Narbona, ministra de Medio Ambiente, inauguró hace 15 días, en Izaña, un imponente edificio de seis plantas, con ascensores, construido en un espacio protegido de las cumbres de Tenerife. Son paradojas sangrantes que detectamos con frecuencia en nuestra sociedad. Siempre son los mismos los que salen perdiendo, los agricultores y los jóvenes que quieren vivir en la tierra de sus antepasados. Los únicos que aún son capaces de defender su paisaje y su identidad canaria.

Es necesario que funcionarios, legisladores y responsables políticos, en general, demostremos mayor sensibilidad y compromiso social con las demandas de estos sectores de la población que aún quieren apostar por lo nuestro, por permanecer en el terruño, de vivir dignamente "en" y "del" campo. En estas reivindicaciones, los jóvenes de Masca tenían y tienen todo el derecho a quejarse. Es nuestra responsabilidad recoger esas quejas y trabajar para lograr cumplir sus justas y razonables expectativas.

Masca sin campesinos será un jardín sin flores. Hasta las palmeras requieren el mimo de unos agricultores casi extinguidos en el angosto valle. Las paredes de las terrazas se desplomarán y la erosión se hará dueña del antiguo vergel. Es importantísimo que asimilemos todos que tanto los canteros como los campesinos que los construyeron también forman parte de un valioso patrimonio que debemos proteger y conservar, por nuestro propio bien.

* Consejero de Medio Ambiente y Paisaje del Cabildo de Tenerife