Más madera

Juan Manuel García Ramos

El periodismo es la historia haciéndose, según afirmó hace algún tiempo el escritor hispano-peruano Mario Vargas Llosa.

Y eso es lo que he experimentado al leer hace unos días un periódico donde en páginas cercanas se hablaba por un lado de las amenazas lanzadas a Israel por el presidente de Irán y, por el otro, de la "inexistencia de un choque de civilizaciones" por parte de los bienintencionados y angelicales participantes en el Foro Atman en Madrid.

Si con la que está lloviendo en el mundo, tras los atentados suicidas en Nueva York, Mali, Londres, Madrid, por poner sólo algunos ejemplos, tras las contiendas bélicas inconclusas en Irak y Afganistán, y los descalabros en Palestina e Israel, no le damos importancia a las palabras del presidente iraní, Mahmud Ahmadineyad, durante el seminario académico celebrado en Teherán el miércoles 25 del pasado mes, al impartir una conferencia de título más que elocuente e incendiario, El mundo sin el sionismo, es que nos hemos vuelto definitiva e irremisiblemente estúpidos de toda solemnidad.

De nada valen las excusas diplomáticas de las embajadas iraníes en todos los continentes, en la más alta magistratura de la vieja Persia se sienta un loco, con cara de loco y con reflejos de loco.
No lo digo yo, que podía ser acusado de islamófobo (¿será correcto el término?) por la progresía de siempre; lo dice el antecesor en el cargo del actual provocador presidente de Irán, el reformista y respetable Mohamed Jatamí, quien ha criticado a Ahmadineyad con una dureza que es de agradecer por el mundo entero.

Por lo menos queda alguien cuerdo en la vieja nación de Oriente Medio.

Dicen que las palabras pronunciadas por Mahmund Ahmadineyad en el seminario académico aludido eran un eco puesto al día de posiciones defendidas en su momento por el temible Ayatolah Jomeini. Los destinatarios más directos de esas reflexiones de Ahmadineyad fueron cuatro mil estudiantes, cuatro mil jóvenes en edad de formación, que las recibieron como una consigna autorizada del primer mandatario de su país. Y el tono era éste: "Como dijo el imán -refiriéndose a Jomeini-, Israel debe ser borrado del mapa… Todo el que reconozca a Israel arderá en el fuego de la furia de la nación islámica; cualquier [líder islámico] que reconozca al régimen sionista reconocerá la rendición y la derrota del mundo islámico… No hay duda de que una nueva ola de ataques en Palestina borrará este estigma [Israel] del rostro del mundo islámico".
Si comparamos este vocabulario pendenciero con las confortables meditaciones de los especialistas convocados en Madrid para empezar a definir la !Alianza de civilizaciones" planteada por Rodríguez Zapatero en el seno de la ONU, no desembocaremos sino en la mera estupefacción.
Dicen los especialistas de turno que en el mundo actual "no hay choque de civilizaciones, sino problemas de aceptación del otro", y proclaman ese hallazgo con una candidez que es de agradecer, si no fuera por la simpleza que significa.

Todavía Occidente no ha terminado de pedir perdón al pueblo judío por el Holocausto y ya sale a escena el presidente de un país tan poderoso como Irán a solicitar que el resto de las naciones islámicas colaboren para borrar del mapa al Estado israelí fundado en territorio palestino de entonces -bien es verdad- al terminar el mandato británico sobre esos suelos de la costa mediterránea en 1948.

¿En qué se diferencia el exterminio de judíos durante el Tercer Reich y este nuevo exterminio que ahora reclama el presidente de Irán?

¿Avanza la humanidad o retrocede?

Aunque la prensa y los analistas políticos en general no se han prodigado en airear las amenazas del líder iraní ni en subrayar la dimensión que alcanzan con respecto a una nueva inestabilidad internacional, a nosotros esa conferencia antisionista y ese requerimiento a los vecinos árabes a acabar con el pueblo judío, nos parecen uno de los acontecimientos más graves de los vividos y padecidos por la humanidad en los últimos decenios.

Un acontecimiento que no nos anima a pensar que el choque de civilizaciones denunciado en 1993 por el catedrático de Ciencias Políticas de la Universidad de Harvard, Samuel P. Huntington en la revista norteamericana Foreign Affairs, se haya deslegitimado a lo largo de estos años. Todo lo contrario.

Al margen de los intereses económicos internacionales que gravitan sobre los apetecidos depósitos petroleros de ese Oriente Medio asiático (en ese espacio se encuentra el 61,7% de las reservas mundiales), hasta ahora los miembros de Naciones Unidas -Irán está en esa organización mundial- habían mantenido las formas diplomáticas.

El hecho de que un presidente recién nombrado de un pueblo como el iraní vocifere a los cuatro vientos que uno de los objetivos de su mandato es suprimir de la faz de la tierra a otro pueblo como el judío, significa un antecedente insólito y descabellado de la diplomacia planetaria.
Las palabras de Mahmud Ahmadineyad son algo más que una declaración de guerra a un país en concreto, son una comprobación de que gran parte de los gobiernos del mundo en manos islámicas, con razón o sin ella, no entramos ahora a juzgar, se han propuesto, mediante medios repugnantes, perseverar en una crisis internacional cuyo fin no vislumbramos.

Y cuando hablamos de medios repugnantes nos referimos a escenificaciones como las llevadas a cabo en las calles de Teherán, días después de la citada conferencia del presidente iraní. El viernes 29 de octubre no sólo se celebró una manifestación en pro de la causa palestina, sino que al lado de los ciudadanos que recorrían las calles de la capital iraní, desfilaron los candidatos del martirio. Para entendernos: los terroristas suicidas ataviados de muerto, con cartuchos de dinamita falsos alrededor de su cuerpo y cubiertos sus rostros de pintura roja imitando sangre.

Si el presidente iraní no tuvo inconveniente alguno en compartir esa marcha fúnebre con terroristas suicidas con caras al descubierto, es que el presidente iraní -y perdón por la redundancia, que no es sólo redundancia sino asombro personal- es uno de los avalistas de los indiscriminados y sangrientos ataques recibidos por el mundo entero, por civiles de tantos países, a manos de esos nuevos asesinos.

Si tras lo sucedido hace días en Teherán, la ONU se queda muda, mejor es cerrarla y que cada palo aguante su vela.

¿Está la Unión Europea en condiciones de autorizar el programa nuclear iraní para dejarlo en manos de Mahmud Ahmadineyad? ¿Puede el mundo entero hacer oídos sordos ante palabras como las puestas en circulación por un mandatario como el presidente de Irán?

Ahmadineyad no es sólo un teórico del exterminio, su poder lo convierte en un asesino en potencia. Desde luego su estreno presidencial no invita precisamente a desmentir a Huntington. No estamos ante un choque de civilizaciones, esto es la guerra, de la que, tal vez, todos somos culpables. De nuevo.

Y pensar que fue Teherán también el sitio donde Churchill, Roosevelt y Stalin se reunieron por primera vez en 1943 para hablar del futuro del mundo cuando terminara la Segunda Guerra Mundial...