El Mediterráneo, un mar para el fracaso
Juan Jesús Ayala
La Conferencia Euro-mediterránea de Barcelona ha servido de poco, como no sea para dar testimonio, una vez más, de un nuevo fracaso. Y es así porque las decisiones que se han tomado en el tiempo sobre el destino del Mediterráneo se han hecho fuera de él, sin él y eso, al decir de muchos observadores, lo único que engendra es frustraciones y fantasmas.
Hay un empeño de unir las dos orillas, tanto la septentrional como la meridional; la orilla septentrional presenta un enorme retraso respecto al norte de Europa y la meridional, igual respecto a Europa. Ese empeño se ha visto enmarcado en diferentes reuniones, conferencias, planes y convergencias, desde las Cartas de Atenas, Marsella y Genova, el Plan de Acción para el Mediterráneo hasta las Conferencias Euromediterráneas de Barcelona, Malta y Palermo.
Y si en Barcelona se ha intentado lograr un consenso sobre el terrorismo, aún en su definición poco o nada se pudo hacer porque muchos países árabes, que están implicados en el fenómeno de una manera u otra, no acudieron a la cita y se han basado las discusiones y propuestas en los problemas de la inmigración. La bomba demográfica de los países del Mediterráneo sur no cabe duda de que están con la espoleta recalentada y que acecha a las sociedad europea, a la vez que, paradójicamente, se le considera como salvadora del estado de bienestar y por eso de alguna manera se le intenta regular.
En el tiempo de la Conferencia de Barcelona, que se inauguró en 1995, la renta media de los países del norte mediterráneo era 10 veces mayor que la del Sur. Ahora, cuando concluye una vez más esta conferencia, se dice que el acercamiento es utópico y las distancias se hacen más evidentes. Hoy, la diferencia viene a ser de 15 a 1; 28.550 dólares en los países de renta alta y 2.085 en los meridionales, excluido Israel. Y si se ha querido que el Mediterráneo sea un mar con una sola orilla, que dé unión y seguridad a los que viven a su alrededor, se ve que es todo lo contrario lo que sucede. El Mediterráneo está funcionando como esa frontera donde se plasma el gran abismo económico, religioso y cultural entre Oriente y Occidente.
Se ha querido, por parte de Rodríguez Zapatero y Tony Blair, sacar la cabeza con cierto aire de triunfalismo, pero hay que considerar, sobre todo, ante la ausencia de muchos, que esto se traduce en falta de interés y que la conferencia no ha servido de nada, y más aún si se refiere al control que se pretende hacer sobre la inmigración, cuando se sabe que los 25 países miembros de la Unión Europea carecen de una política económica de inmigración.
El Mediterráneo es un cúmulo de culturas; no hay una sola cultura, las culturas son diferentes y unas tienen unas peculiaridades comunes y otras totalmente dispares. Las religiones son diferente, las propuestas para llegar a una determinada meta son también diferentes y los objetivos son diametralmente contrapuestos.
Los países mediterráneos que tienen un cierto bienestar intentan, después de haber influido en el saqueo y en el desajuste dejando países en la miseria, reconvertir la historia y ser consecuentes con una mayor y mejor toma de conciencia. Los otros, los desfavorecidos a los que se le han infligido guerras, no quieren apartarse de su posición y, paradójicamente, intentan sacar tajada de una historia malinterpretada y ser ahora fieles testigos de su propia historia.
El Mediterráneo, por lo que se ve y por lo poco que se ha logrado, seguirá su rumbo; sus aguas femeninas y tranquilas por donde ha circulado parte de la civilización occidental, continuarán siendo un mar para la confusión, de no integración y el tiempo estará de espaldas de los acontecimientos imprevisibles. Estamos en la revancha y no se han encontrado las palabras adecuadas para enmarcar al terror, ya que lo que subyace es la desconfianza de una orilla frente al miedo de los de la otra.
Y al final, y como conclusión de la Conferencia de Barcelona, es que cada cual seguirá navegando por su lado ante la incapacidad para marcar el rumbo a los demás y de una Europa que no sabe hacia dónde debe dirigir la proa ante el fracaso y la perplejidad del momento.