Menores
inmigrantes en los calabozos coloniales
Francisco P. De Luka
Y no lo decimos nosotros. Esto es lo
que afirmó, con algunas variantes en sus expresiones, el sindicalista español
residente en Tenerife, Maximiliano Correa, del SUP (Sindicato Unificado de Policía),
organización que agrupa a cientos de miembros pertenecientes a la propia policía
colonial. Y lo hizo el pasado 23 de Agosto a partir de las 15 horas en
la Cadena
Cope
Madrid, en un determinado programa de radio. El citado sindicalista mostró su
malestar y el de sus compañeros por el esfuerzo y la presión a que están
siendo sometidos un mismo número de funcionarios, trabajando 14 horas diarias,
en la recepción de los miles de inmigrantes de nuestro continente que llegan
continuamente a Canarias. El susodicho se despachó a gusto afirmando que a
pesar de pedir a sus mandos el relevo y refuerzos suficientes desde España
-para estas funciones-, no se les hace el más mínimo caso. Antes al contrario
-indicó- los referidos mandos policiales en Canarias se jactan ante Madrid de
que con los efectivos con que cuenta el Archipiélago se bastan
y sobran para este cometido, buscando el reconocimiento oficial y las consabidas
“medallitas”. Criticó indirectamente al Delegado del gobierno colonial español
en Canarias por su dura actuación en esta crisis humanitaria que adquiere ya
tintes dramáticos.
Se
indignó, en un gesto que le honra, al denunciar que muchos menores inmigrantes
africanos permanezcan en los calabozos de las islas sin las debidas garantías
de protección, bienestar e higiene, contradiciendo
la Ley
del Menor reconocida a nivel internacional, y no entendía como no se
habilitaban casas prefabricadas, o incluso tiendas de campaña, para acogerlos.
Indicó asimismo que la entrada de los llamados despectivamente “sin
papeles”, procedentes de nuestro continente, representa una ínfima parte de
la inmigración total ilegal que entraba en Canarias, cifrándolo sólo en el 1
o 2 % del total. Reveló finalmente lo que es de dominio público: que la
inmensa mayoría de los ilegales entran por puertos y aeropuertos con un visado
de turistas por un tiempo limitado, y que transcurrido
este tiempo se quedan en nuestro pequeño país. Abundó en el dato de que el
mayor porcentaje de este tipo de inmigrantes lo constituye los ecuatorianos.
Hasta aquí las objetivas declaraciones de un no canario que al menos tuvo el
valor de decirlas públicamente.
Lo
que a nosotros nos crispa y repatea es el cinismo de
la Delegación
del gobierno español, que niega los recursos suficientes para atender
debidamente, con los medios humanos y materiales necesarios, a los infelices que
llegan buscando legítimamente una salida para sus vidas, desde un continente
secular y vilmente explotado por el colonialismo europeo saqueador de sus
materias primas. Pero sí pidió, en cantidad desproporcionada, fuerzas
antidisturbios para reprimir a pacíficos independentistas durante el paseo del pendejo
por las calles de Aguere. Por supuesto, cuadran las
cifras que se barajan desde el gobierno canario cuando se habla de la presencia
de casi 700 menores inmigrantes en el Archipiélago, cuando la capacidad máxima
para tenerlos en aceptables condiciones es de 250 plazas. Es claro pues que a
los demás los meten en los calabozos como si de vulgares delincuentes se
trataran.
Nos
encochina también, y nos avergüenza, aunque nada
nos debe sorprender de esta gente, la blandenguería del gobierno de CC que no
tiene la testosterona necesaria para denunciar estas sinvergonzonadas
colonialistas. Y que no le grite verdaderamente a la metrópoli, porque tiene más
miedo que vergüenza. Y que no descargue el puñete emancipador en la mesa
internacional porque les aterra el concepto dignificador
y liberador de la independencia isleña. Y que sigan aguantando sin poder, ni
querer, decidir políticamente en nuestra propia tierra. Patético.
Terriblemente patético. Los gabinetes de crisis -y van tres- se lo pasan los
españoles por el forro. Es leche cacharro. Todo se resuelve con la reciente
visita del primer ministro español en la que, entre sonrisa y sonrisa, se dedicó
a tomarnos el pelo aludiendo a la hospitalidad y a los buenos sentimientos de
nuestro pueblo, que por supuesto existen, pero que a ellos les sirve de
justificación nihilista. Mientras tanto, no nos dejan desarrollar una Ley de
Residencia que ponga coto de una vez a los miles de europeos -del este y del
oeste- o a los latinoamericanos que sí que nos invaden y que sí que quitan los
puestos de trabajo a nuestra juventud, aparte de introducir la maldita droga. Un
mar inmenso comparado con las gotas de agua que proceden de nuestro noble
continente africano.
Por
otro lado, ¿mentía el gobierno senegalés cuando acusó a España de dejar sin
combustible ni alimentos a los inmigrantes, a los cuales obligó a retornar a
mitad de camino, resultando varios muertos en las playas del continente? ¿Por
qué naufragan y acaban ahogados a
mitad de la travesía o incluso cerca de sus puntos de partida? Según
la Delegación
del Gobierno colonial deben ser “rechazados y reenviados a África”, cuando
aún se encuentren cercanos a sus costas, por supuesto antes de que entren en
aguas canarias, en cuyo caso hay que “salvarlos”. Mira a ver si no. El
gobierno mauritano sospecha (vocablo bien empleado, ¿expresado en clave?) de
que los inmigrantes subsaharianos muertos aparecidos
cerca de la costa de Nouackchott el 26 de Agosto
pasado, lo sean como consecuencia de un “naufragio”. ¿Patrulleras? ¿Helicópteros?
¿Navíos de guerra? ¿Frontex? ¿Qué está
pasando? ¿A quién creemos? Por supuesto la respuesta es clara, conociendo de
sobra al personal. Sólo la respuesta generosa de los hombres y mujeres de las
distintas ONG canarias en nuestras playas nos alivia un poco de tanta desgracia.
Puestos
ya, habría incluso que investigar a fondo los sucesos de los subsaharianos
rechazados en las “fronteras” de Sebta y Mililia
de hace algún tiempo. Habría que hacerlo.
Para
finalizar, las declaraciones del Director General de Protección al Menor del
Gobierno canario en la prensa isleña, el 21 de Agosto pasado, en el sentido de
considerar “gravísima” la situación de absoluto desbordamiento en la
atención a los menores y de la grave responsabilidad del gobierno español,
cuya Delegación en Canarias no está
haciendo todo lo que tiene en su mano, supone ya una auténtica señal de
alarma, teniendo en cuenta la tradicional pusilanimidad de los gobernantes y políticos
canarios.