MENTIRAS, EMBUSTERÍAS...
NICOLÁS GUERRA AGUIAR
Resulta extraordinariamente rica la lengua española en términos referidos a intencionados mensajes lingüísticos que crean confusiones en las personas, a veces creencias en lo que no es. Así, el término mentira se refiere a decir lo contrario de lo que se sabe, se cree o piensa; las voces embuste, trápala, embustería y comento significan mentiras artificiosamente disfrazadas; bola, trola y volandera hacen referencia a rumores que se echan a volar con ligereza; fraude, falsedad, superchería, engaño, embeleco, falacia, suponen intención de aprovecharse de la mentira; patraña y cuento son mentiras de pura imaginación inventiva; engañifa es pequeña falsedad; farsa sugiere embuste de larga duración; y cuando el asunto es poco importante o prolongado, los vocablos chapuza, chapucería y paparrucha.
Es muy significativo que el castellano entre con tantas matizaciones y precisiones, ya teniendo en cuenta la duración temporal de la mentira, ya considerando su propia cualificación. Sin duda, una realidad muy curiosa para quienes se dediquen al apasionante estudio de la lengua y la sociedad en la que se desarrolla. Tengo la impresión de que no es casual que veintiuna palabras pertenezcan al mismo campo de significados, toda vez que la lengua la hacen los hablantes por necesidad.
Esta exquisita variedad de sinónimos me va a permitir entrar en la consideración de un tema -la invasión de Irak- justificada desde sus primeros momentos por el supuesto almacenamiento de armas químicas y biológicas, las llamadas de destrucción masiva. El pasado doce de enero el jefe de los inspectores de EE UU, Charles Duelfer, concluye ante la Comisión de Inteligencia del Senado: "No espero que se vayan a encontrar depósitos importantes de armas de exterminio en Irak". O lo que es lo mismo, un país soberano no sólo es ilegal e ilegítimamente ocupado por ejércitos de otros países en contra de la decisión de Naciones Unidas, sino que es falso el más importante argumento esgrimido para justificar la guerra. Suenan, pues, a mentiras, embustes, falacias, patrañas, y comento las palabras del señor Aznar, en aquel momento presidente del Gobierno español: "Créanme si les digo que hay armas químicas y de destrucción masiva". Rotundas aseveraciones que, por otra parte, fueron sonorizadas en un pleno informativo -no decisivo- del Congreso de los Diputados ante la democrática representación popular, es decir, ante los voceros de los millones de españoles que allí los colocaron.
De la misma manera se comportó el secretario de Estado de los EE UU, señor Powell, cuando manejó en Naciones Unidas papeles que demostraban (supuestamente) la fabricación y almacenamiento del material de guerra que, por otra parte, los norteamericanos ya habían usado en Vietnam: recordemos la foto de una niña que huye, desnuda, por una carretera y muestra en sus quemadas espaldas los efectos del napalm (líquido incendiario formado por gasolina con jabones de aluminio y variados ácidos) lanzado por los superbombarderos B 57 (USA) sobre la población civil vietnamita.
Cuando EE UU inició su macabra invasión militar apoyado por Gran Bretaña y el hierático y deshumanizado señor Aznar, siguió insistiendo en que los iraquíes mantenían ocultas (e incluso embarcadas) ingentes cantidades de armas biológicas y químicas (prohibidas a Irak por Naciones Unidas tras la Guerra del Golfo de 1991). Hoy, después de aquel 19 de marzo de 2003, las conclusiones son irrefutables y coincidentes con las del anterior jefe de los inspectores, el señor Kay, quien había dimitido tras asegurar que no existían aquellos arsenales. Menosprecio, también, al Derecho Internacional.
Pero el señor Aznar siguió mintiendo a sabiendas de que los informes negaban toda posibilidad. Sin embargo, su monomaniática y enfermiza obsesión por hacerse un personaje universalmente conocido le llevó, con frenética machaconería, a insistir en la guerra santa, en la guerra de salvación de Occidente, en la guerra del guerrero del antifaz. Extasiado y casi místicamente elevado a los mundos de ficción, fantasía e irrealidades, quiso seguir hasta el final con el señor Bush, aquel que le dio coraje y empuje, que lo elevó a la categoría de héroe porque ya se sentía protegido por el más fuerte. Y sin consultar al Parlamento, sin tan siquiera sopesar como estadista las consecuencias de su comportamiento, envió a soldados españoles no ya en cumplimiento de las solicitudes de Roma y el Papa como cuando la Edad Media, sino para estar con los pies sobre la mesa en la Casa Blanca. Se había convertido, por fin, en un hombre temido. Y no estuvo solo, bien es cierto: voces multitudinarias de ministros, subsecretarios, directores generales, delegados... coincidieron en transmisiones de mensajes únicos en monótonos e ininterrumpidos comportamientos. Todos, como una única voz, siguieron gritando a los vientos y a los españoles las inconfundibles palabras de su guía, de su líder, de su adalid y caudillo: "”Salvemos al mundo, ayudemos a la cristiandad!".
Casi dos años después del comienzo de la interesada conquista de Irak, la verdad sigue imponiéndose: no hay armas químicas. Pero tampoco hay un pueblo en paz, en libertad. Los muertos siguen, en diarios y cotidianos enfrentamientos. Quedan en los españoles, también, las mentiras, embusterías y falsedades. Y en su soberbia inconmensurable, no he oído a nadie de su anterior Gobierno pedir perdón por las mismas: es que ni se han disculpado.
niguea@telefonica.net
La Provincia,
14-01-05