Cultura ...o
de la necesidad de "organizar" nuestro pesimismo
Sobre
el dolor del mundo, el miserabilismo y la voluntad de
vivir
Andrés
Devesa
"El
carácter destructivo no vive del sentimiento de que la vida es valiosa, sino
del sentimiento de que el suicidio no merece la pena"
Walter
Benjamín
Afirmar que nos encontramos ante un callejón sin
salida y que a cada paso que damos adentrándonos en su interior, cegados por la
esperanza de hallar una salida lateral, nos será más difícil salir de él, se
suele calificar de fatalista. Pero quienes no nos conformamos con una vida
diferida observamos cómo la dominación avanza día a día colonizando esferas de
la vida que creíamos tan profundamente propias, únicas e intangibles que por
ello mismo estaban protegidas y nos protegían a nosotros mismos de esa bestia
que trata de convertirlo todo en mercancía. La sumisión de la vida a
El desasosiego que se siente al despertar una mañana
y, al mirarse al espejo, ser plenamente consciente de que nada -o casi nada-
hay que pueda permanecer ajeno a la mercancía, pues todos, incluidos aquellos
que nos hemos declarado en guerra abierta contra su dictadura, estamos
sometidos cotidianamente a su silenciosa pero implacable dominación, provoca un
shock tan brutal como el que se experimenta al
escuchar el estruendo producido por el revólver percutido sobre la sien. Pero
es necesario apretar el gatillo sin miedo, pues sólo así podremos, al
contemplar nuestro cadáver yaciendo en el suelo, despertar verdaderamente del
sueño provocado por la manzana envenenada que nos ofreció el Capitalismo.
Nada hay ya que pueda asombrarnos. Sólo un ingenuo o
un cínico podrá llevarse las manos a la cabeza, llorando y maldiciendo, al
toparse con lo excepcional, lo indecible o lo monstruoso, como si esto no fuese
la norma, como si fuese algo más que una rutina sorda a cualquier lamento. Se
me acusará de pesimista, pero... ¿cómo no serlo? Basta echar una breve ojeada
al mundo en el que vivimos para hundirse en él. Cómo no ser pesimista al
comprobar la supeditación de la vida a
Así pues, ¿cómo no ser pesimista? ¿Y cómo no
revolverse ante el peligro cierto de que aquello que entendemos como
irrenunciable, como último baluarte de nuestra libertad -el amor, la
sensibilidad, los deseos, las pasión, la capacidad de soñar e imaginar- pueda
llegar también a sernos arrebatado y sustituido por tristes sucedáneos? ¿No habrá
ocurrido esto ya sin que nos diésemos cuenta? Creo que todavía no, al menos no
del todo, y que todavía podemos, a pesar de las adversidades, no sólo evitar
que esto suceda, sino también recuperar todo lo perdido e ir mucho más allá,
hasta lograr apropiarnos del control absoluto de nuestras vidas y cumplir todas
las expectativas y posibilidades que nos ofrece ésta. Nuestra derrota no es
definitiva, pero puede llegar a serlo. Tenemos que empezar a ser conscientes de
que el tiempo corre en nuestra contra.
La realidad nos obliga a ser pesimistas, no serlo es
vivir de espaldas al mundo, creer todavía en cuentos de hadas. A quien no se
conforma con el miserabilismo al que estamos
sometidos no le queda otro remedio que ser pesimista. Pero este pesimismo debe
estar muy lejos de cualquier fatalismo, no es un pesimismo vital, sino un
pesimismo crítico que se afirma insumiso frente a las condiciones que nos
vienen dadas y cree posible, y más que necesario, cambiarlas. El pesimismo
crítico ha de ser activo, tenemos que ser más rápidos y astutos para acortar la
ventaja que nos lleva el enemigo. Ése es su valor. Debemos organizar nuestro
pesimismo y para ello es necesario echar la vista atrás y descifrar en el
pasado algunas claves del presente, pues el mundo en el que vivimos es
resultado de un pasado que nos ha sido enajenado.
El progreso
no progresa
"No se
trata de conservar el pasado, sino de cumplir sus esperanzas. Hoy, sin embargo,
el pasado se prolonga como destrucción del pasado."
Max Horkheimer y Theodor W. Adorno
La poliorcética nos enseña que para tomar al asalto
una fortaleza hay que estudiar concienzudamente como se edificó, descubriendo
sus puntos débiles para concentrar en ellos el fuego de artillería. El estudio
de la historia debe desempeñar ese papel para el pensamiento crítico. Hay que
concebir el pasado como algo más que una sucesión de hechos y causas, rastrear
los restos del incendio sobre cuyas cenizas se ha construido la fortaleza que
ansiamos demoler. Para llevar a cabo esta tarea crítica es necesario ser
conscientes de que la historia, entendida como la historia de la lucha de
clases o, si se prefiere, la historia de los avances y retrocesos del ser
humano por conquistar su libertad, se compone de una serie de derrotas que son
las que han dado lugar a esta realidad que queremos destruir. Asumir y
aprehender esas derrotas, esto es, arrebatárselas al vencedor que se las ha
apropiado como trofeo de guerra, es el camino para la superación de las
condiciones que nos han marcado, empezando a rearmarnos para una nueva batalla.
Sin embargo, lejos de esa mirada crítica al pasado, a
menudo sucede que aquellos que se reclaman enemigos de lo existente conciben el
pasado con nostalgia, glorificando las luchas del pasado y llorando amargamente
sus derrotas, limitándose a anhelar aquello que pudo ser y no fue. Temen
implicarse en él, pues esto puede llevar a sacar conclusiones incómodas. Por
eso prefieren concebirlo como un corpus cerrado en cuyas páginas poder
encontrar siempre las palabras que les reafirmen en sus propias teorías, aunque
la realidad diste de acomodarse a esas teorías. Esta ideologización de la
historia despoja al pasado del bien más preciado que nos ofrece: la esperanza
de redención fundada en la enseñanza de que "el «estado de excepción» en
el que vivimos es la regla" (Walter Benjamin,
"Tesis sobre el concepto de historia", § VIII). Asumir plenamente
este enunciado nos obliga a repensar la concepción que tenemos de la historia y
del papel que le corresponde en ella a la crítica. Pues, si la regla no se ha
roto, es que el «estado de excepción» sigue vigente. Y, desgraciadamente, esto
es así, incluso es más cierto hoy que nunca. Sobran los ejemplos que lo
confirmen, los sufrimos a diario. Por ello debemos preguntarle al pasado por
qué esa regla sigue siendo todavía válida, aunque las respuestas que nos
ofrezca no nos gusten y nos golpeen con violencia.
Hay que cuestionárselo todo y quizás debamos empezar a
pensar que el pasado no es lo que era. El presente que vivimos no se funda en
el fracaso de ese proyecto histórico que se marcaba como objetivo la liberación
del ser humano sino en su realización parcial, convenientemente expurgado su
contenido emancipador y redentor, esto es, reduciéndolo a materialismo barato,
a una ideología que abandona su pretensión de transformación radical del mundo
a cambio de la seguridad que le proporciona asumir un rol en el mismo. Poco a
poco, la izquierda fue abandonando la promesa de felicidad contenida en el
proyecto de emancipación integral del ser humano que comenzó a gestarse en el
siglo XIX. Y lo hizo reduciéndolo a su aspecto meramente económico,
posponiéndose su realización absoluta a un futuro que se anunciaba próximo pero
que no terminaba nunca de llegar. En este reduccionismo
se encuentra una de las claves del miserabilismo al
que estamos sometidos actualmente. Ese materialismo vulgarizado para el que lo
único que cuenta es la satisfacción de las necesidades más básicas contribuyó a
reducir al ser humano a nuda vida, a la expresión más simple de la existencia:
la meramente biológica. Todo aquello que no fuese la pura supervivencia, pero
que sin embargo es lo que nos habla de una vida plena y auténtica -el amor, la
pasión, la poesía, los deseos, el erotismo, la imaginación,.- fue descartado
por el positivismo del que se contagió la izquierda como algo irrelevante o,
cuanto menos, secundario. El pensamiento científico-racional y la moral
burguesa descartaban esos valores porque no podían ser cuantificados, medidos,
comparados y, por tanto, sometidos a su ordenamiento del mundo. Al hacer suyo
este planteamiento y desdeñar lo sensible, el movimiento obrero estaba
aceptando el lenguaje del enemigo y, peor aún, empezando a pensar como él,
aceptando el axioma que asegura que lo importante es impulsar el desarrollo
económico y que éste traerá de por sí el bienestar de la humanidad. Aceptar
esto supone reconocer y asumir la separación, pensar que la vida no es más que
supervivencia, lo que lleva inevitablemente a contentarse con el miserabilismo y la pobreza vital que impone el Capitalismo.
Se cercena así una parte de nuestra humanidad y se descarta una de las armas
más valiosas para luchar contra el enemigo, la que se carga con los
sentimientos, los deseos y las pasiones. Prácticamente todo el movimiento
revolucionario asumió este planteamiento, sólo unos pocos grupos -como los
surrealistas- e individuos -como Walter Benjamín- se aferraron a esa
sensibilidad, reconociendo su valor y tratando de llevar a cabo una síntesis
entre el materialismo histórico y la dimensión mágica y poética de la vida. Es
de justicia hacer mención de ellos, pero por desgracia fueron despreciados e
ignorados por la mayoría de sus contemporáneos y prácticamente hasta los años
sesenta no se volvió a plantear seriamente en los medios anticapitalistas la
importancia de lo sensible, de la poesía, del amor o de la vida cotidiana en la
lucha contra el orden dominante. Pero, para entonces, el Capitalismo había
tenido el tiempo necesario para preparar una estrategia con la que neutralizar
la amenaza que podían suponerle estos fenómenos, se le concedió una ventaja
más, un tiempo precioso que aprovechó para rearmarse y para confundirnos con
falsos regalos. Ese error del socialismo lo pagamos todavía.
El resultado conseguido por esta interpretación
simplista del materialismo histórico y su fe ciega en el progreso, la ciencia y
la razón instrumental fue el contrario al deseado, pues, queriendo liberar al
ser humano, se le condenó, por el contrario, a la peor de las esclavitudes, la
de su supeditación a
Este poder separado ejercido por el Estado y
Hay quien piensa que ciertas cosas es mejor callarlas,
opino lo contrario, nunca hay que callarse, aunque lo que se diga no guste a
nadie. Theodor W. Adorno escribió hace sesenta años
que "todo aquel que combina la crítica del Capitalismo con la crítica del
proletariado -que cada vez refleja más las tendencias evolutivas del
Capitalismo-, se hace sospechoso." (Minima moralia, § 73). Lamentablemente sigue siendo cierto. Pero,
aunque se tache de sospechoso a quien formule esta crítica, es necesario
insistir en el papel que ha jugado la mayor parte de la izquierda -desde el
anarquismo y la extrema izquierda hasta la socialdemocracia- en la construcción
de este mundo que dicen impugnar al reducir las infinitas posibilidades de
realización de la vida humana a su aspecto más simple, convirtiéndolo así en
una cosa, desdeñando las esferas no cuantificables de la vida e incumpliendo la
promesa de felicidad, de realización plena de todas las aspiraciones del ser
humano. No sólo olvidaban el viejo ideal del movimiento obrero, abandonándolo
en algún oscuro cajón a cambio de unas cuantas bagatelas, estaban además
colaborando con su carcelero ajustándose ellos mismos las cadenas. Se
reconocían como esclavos. Y todavía hoy siguen siendo muchos los que asumen su
condición de esclavos, limitándose a pedirle a su amo que les afloje un poco la
cadena para que no les apriete demasiado, cuando lo que deberíamos hacer es
coger la hoz y degollar al señor, pues sólo cuando deje de existir podremos
dejar de ser esclavos.
Parcheando
las goteras
"Hay que
conquistar la desesperación más intransigente para llegar a las formas más
duras y más vacías para construir nuestro castillo."
Leopoldo
María Panero
Quienes se acercan a la historia lo suelen hacer para
recrearse en lo ya conocido, para reafirmarse en sus ideas; no quieren que ésta
les diga lo que no quieren escuchar. La visión de la historia de la izquierda
no es ajena a esta verdad. El historiador izquierdista se recrea en todo lo que
cree que se ha conseguido arrancar al Capitalismo, pero pocas veces fija su
mirada en lo que se perdió por el camino. La tarea del historiador que se tenga
por revolucionario es, por contra, "cepillar la historia a
contrapelo" (Walter Benjamin: "Tesis sobre
el concepto de historia" § VII) para tratar de desvelar todo lo que se
abandonó a cambio de las migajas que nos cedió el vencedor, mostrando como
"quien hasta el día de hoy haya conseguido alguna victoria, desfila con el
cortejo triunfal en el que los dominadores actuales marchan sobre los que yacen
en tierra" (ibidem.). Aceptar desfilar en ese
"cortejo triunfal", aunque sólo sea una vez, supone asumir la
barbarie del mundo al que nos enfrentamos con normalidad, aceptar la
legitimidad del enemigo y reconocerle como el vencedor al que hay que rendir
vasallaje.
Los revolucionarios de todas las épocas y tendencias
se han creído siempre inmunizados frente al cáncer del reformismo, considerando
esta enfermedad exclusiva de la socialdemocracia. Pero lo cierto es que ésta ha
terminado por extenderse de una forma u otra a prácticamente todos los
movimientos que se han alzado alguna vez contra el Leviatán capitalista. Este
cáncer que ha afectado a tantos movimientos revolucionarios tiene sus orígenes
en el progresismo, el pragmatismo y el optimismo ciego que los inundaron,
ahogándolos en sus aguas. El fiarlo todo al futuro, a un momento en el que se
den unas condiciones más favorables no lleva más que a la postergación
indefinida de los objetivos últimos y a la aceptación, aunque a regañadientes,
del mundo que se pretende impugnar. La creencia de que se está nadando con la
corriente y que el curso de la historia está a nuestro favor no puede ser
sostenida más que por aquellos que se encuentran a gusto con este mundo, que no
quieren transformarlo en absoluto, aunque necesiten repetir a cada instante lo
contrario para asegurarse una clientela que les permita tener una fuerza en la
que poder apoyarse a la hora de acudir a pactar con el poder. No quieren
destruir el edificio, tan sólo hacer unas reformas que den la impresión de que
algo ha cambiado, pero el edificio está podrido y dándole una mano de pintura
no se arregla nada más que la conciencia de estos listos. Si de verdad queremos
cambiar algo debemos derribar el edificio y no dejar ni los cimientos, todo lo
demás sólo sirve para asegurar la continuación de lo existente. Pretender
reformar el Capitalismo y darle un "rostro humano" es una quimera y
colaborar con él, aunque sea coyunturalmente, sólo lleva a ser fagocitado por
ese monstruo. Hay que luchar contra el dañino virus del reformismo y para ello
se debe conocer cómo se desarrolla y cómo el poder lo utiliza para reforzarse.
La historia de la lucha del proletariado por su
emancipación es la historia de una eterna renuncia. Cuando los ludditas abandonaron su firme intransigencia contra la
introducción de las máquinas en las fábricas o cuando los anarquistas españoles
aceptaron colaborar -con la excusa del antifascismo- con el Estado que ansiaban
destruir estaban cavando su propia tumba. El miedo es un sentimiento natural,
pero cuando se tiene al enemigo contra las cuerdas el hecho de arrojar la toalla
no es un síntoma de cobardía, sino de algo mucho peor, demuestra que no se
quiere ganar. Los líderes, burócratas y jefecillos nunca consideran llegado el
momento de ir a por el todo por el todo, retrasando siempre éste a cambio de
una parcela de poder o de una mejora parcial. Con ello se refuerza al enemigo y
se alimenta la resignación y el desaliento entre las propias filas. Se clava un
puñal por la espalda al propio movimiento. El abandono de la lucha por
conseguir la realización de la totalidad de las expectativas que se habían
marcado a cambio de una mísera parte de las mismas y la remisión de la
realización de la revolución a un futuro indeterminado "más propicio"
es la peor de las traiciones, el más vil de los engaños. Al dejar de concebir
la lucha y la realización absoluta de sus aspiraciones como un todo
indivisible, aceptando una mejora parcial, por valiosa que sea, se está
aceptando la legitimidad del orden que se pretende derrocar, se reconoce como
interlocutor válido a aquel que crea las condiciones que hacen invivible este mundo y, sobre todo, se le concede una
ventaja intolerable, pues se olvida que el Capitalismo es un tahúr que se salta
a su antojo las reglas que él mismo impone, pero que jamás acepta que haga lo
mismo su rival o que se retire de la mesa una vez ha entrado en el juego.
Para el Capitalismo todo es negociable -ya sea la
jornada y condiciones del trabajo, el salario, la igualdad entre hombres y
mujeres o el reconocimiento de otras identidades sexuales-, todo salvo su
propia existencia como gestor y administrador de la totalidad de las
condiciones de la existencia por medio del Estado y
A poco que se repase la historia se encuentran huellas
de esa estrategia del poder de realizar concesiones parciales con el doble
objetivo de controlar aún más nuestras vidas y de desarmar y recuperar las
luchas contra su dominación. Muchos son los ejemplos que podrían citarse. Me
limitaré aquí a dejar unos someros apuntes sobre algunos de ellos. Al hacerlo no
pretendo estar en posesión de verdad absoluta ninguna o de dar lecciones a
nadie. Tan sólo se trata de analizar críticamente algunos fenómenos que
normalmente se asumen de forma aséptica como victorias objetivas y plantear
cómo algunos movimientos que se dicen enemigos del orden imperante en el mundo
trabajan en realidad en la dirección contraria, asegurando su continuación,
aunque afirmen lo contrario. Las conclusiones a las que llego serán rebatidas o
reconocidas, pero espero que tanto una como otra opción se tomen
desde una lectura crítica y no desde la complacencia con la propia ideología.
El objetivo no es crear nuevas verdades, sino cuestionárselas todas, pues sólo
así podremos avanzar e ir más allá de lo que nos ofrece esta realidad.
"Enviamos a
nuestros hijos a la escuela para que se vuelvan tan repulsivos como los adultos
que encontramos a diario en la calle" (Thomas Bernhard)
La extensión de la educación a todas las capas de la
sociedad es algo que se tiene por una de las más importantes
conquistas sociales de la historia. Pero una mirada crítica sobre esta
"conquista" nos descubre claroscuros que la matizan. A lo largo de
los siglos XVIII y XIX el Estado toma conciencia de la importancia de la
educación para conseguir su afianzamiento, por lo que progresivamente va
asumiendo su control hasta convertirla en una prerrogativa exclusiva, cediendo
en ocasiones esas competencias a quien considere adecuado y comparta sus
planteamientos. Se trata de un fenómeno bien conocido y paralelo a otros que
tienen el mismo objetivo: asentar el poder del Estado moderno surgido de
"El
ecologismo lo recupera todo, y aporta la propia ambición tecnoburocrática
de reglamentar, de restablecer el orden a su manera, transformándose, en tanto
que ciencia de la economía generalizada, en el nuevo pensamiento de la
dominación."O nosotros o el caos" dicen los ecólatras
y los expertos reciclados, promotores de un control totalitario que existe gracias
a ellos, para poder adelantarse a la catástrofe en marcha. Así pues, serán
ellos y el caos." (Encyclopédie des Nuisances)
Una de las tareas más importantes a las que los
enfrentamos desde hace decenios y que habrá de serlo aún más en los próximos es
la lucha contra la degradación de las condiciones objetivas de la existencia.
El ecologismo se ha autoerigido como portavoz de esa lucha, reduciéndola a una
cuestión de expertos, técnicos y gestores. Pero esta lucha es mucho más, es la
lucha de siempre contra el Capitalismo, con un carácter más urgente si cabe
ante el peligro cierto de que la vida pueda ser destruida -o modificada de tal
forma que ya ni la reconozcamos- por el propio desarrollo independiente de
Los ecologistas, aunque afirmen luchar contra aquello
que está destruyendo la vida en
En tanto que lucha parcial y fragmentaria, el
ecologismo es incapaz de ver más allá de sus propias narices, lo que es
aprovechado por el Capitalismo para reforzar su dominio aún más. Sabe lo
importante que es lavar su deteriorada imagen y por ello cede en determinados
asuntos, pactando con los ecologistas protocolos, moratorias, tratados y demás
papeles que no sirven para otra cosa más que para asegurar su continuidad, pero
que los ecologistas exhiben como la mayor de las conquistas, aunque hasta ellos
mismos saben que no son más que papel mojado. ¿Qué es lo que hay que pactar?
¿Que los grandes petroleros no recalen en los puertos europeos pero sí en los
del tercer mundo? ¿Que los organismos modificados genéticamente introducidos en
el medio no sobrepasen un determinado porcentaje? ¿Que los países más
industrializados puedan comprar su derecho a contaminar a los países más
pobres? ¿Que las fábricas de productos tóxicos se trasladen a remotos países
donde no perturben la vista y la conciencia de los ecologistas, que no las
quieren ver cerca de sus casas pero que ni por asomo se plantean vivir sin los
productos que les venden? ¿Qué se planten mil o dos mil árboles mientras al
lado se construye una nueva megaciudad? ¿Qué un día
al año se dejen los coches en casa y la gente pueda volver a utilizar sus dos
extremidades inferiores para al día siguiente volver a la normalidad,
habiéndose, eso sí, "concienciado"? ¿Que nos indiquen en las latas de
comida el grado de "nocividad" del producto en cuestión, como si
pudiésemos elegir lo que comemos? ¿Acaso existe un margen en que la
"nocividad" sea aceptable? No. La cuestión no está en establecer más
controles, ni en aumentar el número de técnicos y burócratas que vigilen su
cumplimiento, sino en destruir aquello que arrasa
"Pero la
emergencia político-teórica de la cuestión homosexual, es decir, la creciente
aceptación institucional, política y teórica del tema, señala también el fin de
una sensibilidad específica germinada al calor del fascismo moral, de la autorrepresión, de la vida ghettica.
Cuando la ciudad decide entregar sus llaves al gay le exige a modo de
contraprestación que evapore a la mariquita
escandalosa." (Christian Ferrer)
Otra lucha que ha sido desarmada y recuperada en gran
medida, y hasta transformada en espectáculo, es la de los homosexuales por el
reconocimiento de su identidad sexual, así como el de otros movimientos que
entienden la sexualidad y el amor de una forma más amplia y rica en matices que
la simple monogamia heterosexual. Con el tiempo, la intransigencia del poder
hacia cualquier forma de entender el amor y la sexualidad que se saliese de lo
"normativo" se ha ido matizando, pasando de la represión más
encarnizada a la tolerancia y aceptación como normal de éstas. Pero esa
tolerancia es engañosa, pues no se trata tanto de un reconocimiento de la
naturalidad y normalidad de esa(s) otra(s) forma(s) de vivir sino, antes bien,
de neutralizar el potencial desestabilizador de las mismas para el orden
imperante. Es por ello que las reconoce, para controlarlas, regularlas y
legislar sobre ellas, convirtiéndolas en una expresión más de lo existente. El
derecho a contraer matrimonio entre homosexuales, concebido como una gran
conquista de este movimiento, supone la inclusión de un sector de la población
en esa regulación de lo más íntimo que existe, el amor entre dos personas, en
el que el Estado aparece como intermediario, arrogándose un papel y un poder de
mediación que jamás debería haber tenido, pues a nadie incumbe esto más que a
las personas que comparten ese amor. Esta intromisión se acepta por
pragmatismo, porque en la sociedad en la que vivimos "no queda más
remedio" que pensar así, por cuestiones legales, económicas y
burocráticas. Se acepta así la supeditación del amor y de la vida misma a
criterios ajenos a ella, a lo que dictan
No quiero estigmatizar a este movimiento y su lucha,
pues si los heterosexuales aceptan esto no hay razón para que los homosexuales
deban convertirse en héroes, en vanguardia de la lucha. Pero no puedo dejar de
preguntarme dónde quedó el viejo sueño que nos hablaba de un amor y una
sexualidad libres, sin mediación de ningún tipo, en el que lo único que
importasen fuesen las personas implicadas y sus sentimientos. Se perdió en el
camino, como tantos otros, a cambio de unos cuantos "derechos" que
sólo sirven para que todo siga igual. El matrimonio ya es universal y
democrático, ni cuestiones religiosas ni de orientación sexual son un
impedimento para firmar el contrato. Y a quien no quiera o no pueda concretar
ese contrato el sistema le ofrece otros recursos para satisfacer sus
necesidades: la pornografía, la prostitución, la promiscuidad dentro de los
márgenes establecidos. Lo más hermoso que hay en la vida, el amor y el
erotismo, queda reducido a una mercancía más, a un triste sucedáneo. Saben del
potencial subversivo del amor y de ahí su imperiosa necesidad de regularlo, de
controlarlo y convertirlo en otro aspecto más de lo existente. Quieren impedir
que podamos pensar que es más importante y más valioso que el trabajo, el
dinero, la moral,
"Del
presente se puede decir que es una bolsa siniestra que transforma en mierda
todo lo que traga" (Ai ferri
corti)
Soy consciente de los errores que entraña despachar
temas tan complejos como éstos con la rapidez con que lo he hecho y que puedo
haber caído en una simplificación exagerada en algún caso. Se podría -y
debería- decir mucho más, matizar y analizar más profundamente. Pero mi
intención aquí no era realizar un análisis riguroso, sino dejar unos breves
apuntes que lleven a quien los lea a indagar más sobre estas y otras cuestiones
que también podría haber tratado -el sindicalismo, el feminismo, la lucha por
los derechos civiles.- , pues creo que hay mucho que reflexionar sobre ellas,
haciéndose preguntas incómodas que nos conduzcan a respuestas que nos
sorprendan incluso a nosotros mismos, no conformándonos con lo ya sabido, con
lo que nos dicta una ideología cualquiera que sea. Al criticar esas luchas y
experiencias no las estoy negando, sino todo lo contrario, las aprecio, las
asumo como mías y reconozco su valor y el de aquellos -tantos y tantas- que han
luchado hasta dar la vida en muchos casos por ellas, desde los obreros colgados
por destruir máquinas, a los miles que cayeron defendiendo la revolución en las
calles del París communard y de
Acercarse al pasado de nuestras luchas con
complacencia, buscando en él la seguridad que da una ideología que se piensa
inmaculada es vivir de espaldas a una realidad que se ha construido
precisamente sobre el desmembramiento de esas luchas. El Capitalismo devora
aquellas partes de sus enemigos que pueden ser aprovechadas y que le ayudan a
engordar aún más, desechando aquellas que se le podrían indigestar, hasta sólo
dejar una simple carcasa de la que ya no puede aprovecharse nada. Esa capacidad
carroñera del Capitalismo es lo que entiendo por recuperación, esto es, su
capacidad para tomar algunos elementos aislados de los movimientos opuestos a
su dominación y apropiárselos, readaptándolos y despojándolos de su contenido
crítico y revolucionario, para afianzar su dominio aún más. Hay que vigilar y
actuar activamente sobre el pasado para evitar la apropiación que de él hace el
poder tratando de borrar la memoria de nuestras luchas para convencernos de que
la única realidad posible es la suya y que todo lo que ocurrió no sirvió para
nada. Se lo debemos a todos los que cayeron y a nosotros mismos y nuestras
ansias de libertad. "El peligro
amenaza tanto a la existencia de la tradición como a quienes la reciben. Para
ella y para ellos el peligro es el mismo: prestarse a ser instrumentos de la
clase dominante. En cada época hay que esforzarse por arrancar de nuevo la
tradición al conformismo que pretende avasallarla. El mesías
no viene sólo como redentor; también viene como vencedor del Anticristo. El don
de encender en lo pasado la chispa de la esperanza sólo le es dado al
historiador perfectamente convencido de que ni siquiera los muertos estarán
seguros si el enemigo vence. Y ese enemigo no ha cesado de vencer."
(Walter Benjamin: "Tesis sobre el concepto de
historia" § VI). Si dejamos que el Capitalismo controle el pasado,
podrá controlar más fácilmente el presente. Aprendamos de la historia que la
recuperación no es el menor de los peligros a los que nos enfrentamos y que
nadie está a salvo de él. Con ello estaremos más cerca de esa promesa de
redención y habremos empezado a agitar, aunque sea débilmente, los rescoldos
del incendio.
Ni
arqueología ni restauración
"Si
deseo que el mundo cambie, si incluso deseo consagrar a su cambio tal como es
concebido socialmente una parte de mi vida, no es con la vana esperanza de
volver a la época de esos cuentos, sino más bien con la de contribuir a
alcanzar una época en la que no haya sólo cuentos."
André Breton
La crítica del progreso, de la tecnocracia y de la
razón instrumental es una tarea urgente y necesaria para tratar de derribar los
muros de la opresión. Desde que en los años treinta y cuarenta la escuela de
Frankfurt, con Adorno y Horkheimer a la cabeza, y
otras corrientes y pensadores -Benjamin, Ellul, Mumford, Camatte, por citar sólo algunos- empezasen a formular sus
planteamientos críticos con estos mitos, mostrando como esta visión del mundo
es uno de los pilares del Capitalismo, poco a poco estos planteamientos han ido
impregnando al pensamiento crítico, pero parece que no ha sido suficiente.
Queda mucho todavía por hacer. Tenemos que desprendernos definitivamente de ese
lastre, de esa confianza ciega y sorda que llevó a muchos a creer que la
ciencia, la razón y la tecnología traerían por sí solas la liberación de la
humanidad, cuando lo cierto es que han contribuido a esclavizarnos aún más.
Frente a estos mitos y su visión utilitarista de la vida hay que caminar hacia
un reencantamiento del mundo que nos permita enfrentarnos con más armas, conceptuales
y prácticas, a nuestro enemigo, articulando un lenguaje propio y no el que nos
impone éste. Este reencantamiento implica interactuar con la realidad desde una
perspectiva más abierta, utilizando recursos que a menudo han sido despreciados
como inservibles para la guerra social, como el amor, la sensibilidad, la
poesía, el erotismo o la ebriedad. A menudo nos hemos limitado nosotros mismos
el arsenal con el que nos enfrentamos al enemigo, es hora de ampliarlo, de
enriquecerlo.
Hace tiempo que se aprecian cambios muy interesantes
en este sentido, parece que por fin empezamos a expulsar de nuestro seno estos
mitos. Pero, en esta crítica al progreso y a la tecnificación del mundo, a
menudo se toma un atajo que no conduce más que a la continuación de lo
existente. Al rechazar la razón instrumental y la tecnocracia no se trata de
caer en la irracionalidad, sino todo lo contrario, de devolver el mundo a la
verdadera racionalidad. Así, tan peligroso como la glorificación del progreso y
la visión de la historia como una línea recta que conduce a un futuro marcado
de antemano lo es también el que se dice su contrario absoluto: la idealización
del pasado como un paraíso en el que todo era puro e inmaculado -los frutos del
campo, las relaciones humanas e incluso el trabajo- hasta que llegó el gran
mal, encarnado por la agricultura, la civilización, el cristianismo, la máquina
o la modernidad, según el caso. Sin restar importancia al papel que pueda haber
jugado la aparición de cada uno de estos fenómenos y otros semejantes en el
afianzamiento de la dominación, tampoco se puede caer en el error de
complacerse en la ensoñación con ese pasado, pues este pasado ideal en el que
la vida se habría desarrollado en toda su plenitud y libertad al margen de
cualquier coacción externa no ha existido jamás y, si acaso existió alguna vez,
hace ya mucho tiempo que perdimos cualquier vínculo con él.
Ni la banda de cazadores-recolectores, ni la ciudad
griega, ni la comuna aldeana pueden servirnos de modelo para la tarea que
tenemos por delante: derribar este mundo. No pueden ser un modelo porque esas
experiencias se desarrollaron en un contexto muy distinto al que nos
enfrentamos nosotros. Esto no significa que haya que desdeñarlas. ¡Desde luego
que no! Tenemos que apropiarnos de ellas, pero no para tratar vanamente de
repetirlas, sino para aprender la más valiosa de las lecciones que nos pueden
enseñar: que numerosas sociedades se han desarrollado a lo largo de la historia
al margen de la mercancía, si no totalmente, sí al menos en muchos aspectos y
que, por tanto, el Capitalismo, el Estado y
Esta visión nostálgica e idealista del pasado supone
la negación de la historia, pues, al igual que su aparente contrario, el
progresismo, la considera algo fijo e inamovible. Puede que sea cierto que
hemos ido perdiendo cada vez más parcelas de libertad desde el Neolítico hasta
la actualidad, pero al considerar este proceso constante y gradual, al ver en
la historia sólo una línea recta que jamás se ha torcido, se le está dando la
razón al enemigo, se asume el discurso que se pretende negar, aquel que asegura
que el curso de la historia es lineal y que ésta avanza guiada por el progreso
hacia un futuro que se asume como inevitable. Con la adopción de este discurso
se cometen dos graves errores que sólo contribuyen a la desorientación, la
inacción y la resignación. Por un lado, se desprecian todas las luchas que han
tratado de romper esa línea recta y que, aun con todos los errores que pudiesen
haber cometido, no se pueden ignorar como si no hubiesen existido, como si no
hubiesen logrado quebrar aunque fuese por breve tiempo ese continuum
histórico y como si no pudiésemos aprender nada de ellas. Y, en segundo lugar,
se cae en un nihilismo inoperante que asume esta realidad como inevitable, pues
se niega el materialismo dialéctico, la posibilidad de cambiar el curso de los
acontecimientos y tomar el control de nuestras vidas aquí y ahora.
A esta negación de la historia se suele unir en muchos
casos un individualismo extremo que cae en el absurdo al concebir cualquier
comunión de personas como una institución opresora, con lo que nos despoja de
una de nuestras mejores y más hermosas armas, la de unirnos a otras personas
con unos intereses y sensibilidades similares para crecer, no tanto
numéricamente sino sobre todo cualitativamente, enriqueciendo nuestra
experiencia con lo que nos aporta la compañía y el compañerismo de otras
personas. Puede que esta unión signifique renunciar a ciertas parcelas de
libertad, pero entre esa minúscula pérdida de libertad y todo lo que a cambio
puede ofrecernos unirnos con otras personas hay una diferencia abismal. Esta
concepción nihilista de la libertad sólo beneficia al orden actual, que nos
quiere solos, aislados, sin capacidad para comunicarnos entre nosotros para así
tenernos más indefensos frente a su dominio. No podemos renunciar a esa
comunicación si no queremos, con el pretexto de la defensa a ultranza de la
individualidad, caer en la inacción, en el no comprometerse con nada más que
con nosotros mismos. No podemos despreciar las infinitas posibilidades que nos
ofrece amar y compartir la vida con otros y otras que luchan por lo mismo que
luchamos nosotros. ¿Por qué despreciar algo tan maravilloso encerrándose en un
individualismo que en el fondo no es otra cosa que misantropía? No caigamos en
el error de cerrarnos puertas a nosotros mismos.
El mundo actual no es la consecuencia inevitable de la
historia sino el resultado de un desarrollo concreto de la misma y, por tanto,
no está predeterminada en absoluto, ha podido tomar caminos distintos y puede
hacerlo todavía, pero para lograr esto debemos intervenir directamente sobre
ella. Aquellos que tenemos deseos, anhelos, pasiones y amores que van más allá
de la miseria que nos ofrece esta sociedad tenemos que comprometernos y actuar
siendo conscientes del papel que debemos asumir para convertirnos en sujeto
revolucionario capaz de torcer el curso de la historia. El discurso nihilista
que niega la dialéctica está negando también la posibilidad de una intervención
activa de los oprimidos en la destrucción del mundo actual, más allá de
acciones meramente individuales y espectaculares. En muchos casos la única alternativa
que proponen es cruzarse de brazos y esperar a que el Capitalismo caiga por sí
solo como un fruto maduro, tras lo cual podremos regresar todos al "orden
natural", al paraíso terrenal del que habrá desaparecido toda opresión y
toda mediación. Ojalá las cosas fueran tan sencillas, pero desde luego que no
lo son. El Capitalismo no caerá por sí solo, sino que deberemos asestarle no
una sino veintitrés puñaladas. Y en el remoto caso de que, por su propia
incapacidad para resolver los problemas que él mismo crea, sucumbiese de un
infarto, si no intervenimos directamente y desde ya, si no actuamos y nos
dedicamos a contemplar el espectáculo, lo que vendrá puede que sea peor a lo
que ya soportamos. Entonces no seremos más que cómplices de la barbarie.
Hacia una
nueva revolución
"La
verdadera imagen del pasado transcurre rápidamente." Walter Benjamín
Todo lo dicho en las páginas precedentes no debe
llevar a pensar que debamos renegar de la historia, que haya que despreciar el
pasado como algo muerto y carente de valor para el presente. Todo lo contrario.
El pasado tiene un valor innegable para aquellos que luchamos por destruir el
mundo que se ha edificado sobre sus ruinas.
Por ello debemos huir de esas visiones del pasado que
sí lo consideran muerto al tratarlo como un objeto estático, pretendiendo "conocerlo como verdaderamente ha
sido" (Walter Benjamin: "Tesis sobre el
concepto de historia", § VI), pues la historia no es algo fijo e
inamovible, sino más bien un relámpago del que podemos llegar a vislumbrar ciertos
destellos que alumbran fugazmente el presente, no para marcarnos el camino a
seguir, sino para iluminarlo.
Si la historia ha de jugar un papel importante en la
lucha contra lo existente, y desde luego que así ha de de ser, no será por
medio de la repetición maquinal de tácticas y estrategias de luchas del pasado,
hermosas y valiosas, sin duda, pero que no engarzan con la realidad a la que
debemos enfrentarnos; tampoco lo hará de la mano del intento de recrear forzada
y artificialmente las condiciones que marcaron aquellas experiencias, como si
la realidad tuviese que adaptarse a nuestra lucha y no al revés; y, mucho
menos, de la conversión de esas experiencias históricas en ideología, por medio
de su glorificación e idealización nostálgicas. Con ello sólo se contribuye a
osificar el pensamiento y la acción revolucionarias, creando una mitología que
paraliza cualquier tentativa de transformación radical de la realidad al
establecer unos dogmas de fe que son los que han de marcar el rumbo de las
luchas según lo que dicten esa mitología y sus mistagogos revolucionarios que
se arrogan el papel de interpretar las sagradas escrituras de la revolución,
acusando de grave herejía a cualquiera que ose alejarse del camino que ellos
trazan.
Frente a estas posturas complacientes con el pasado o,
más bien, con su propia interpretación reduccionista
de éste como un cadáver que hay que diseccionar, reivindico una historia viva
con la que hay que interactuar, pero no para repetirla, sino para superarla
realizándola. Debemos activar el pasado, encender la chispa que reavive el
fuego y para hacerlo no tenemos más que nuestro olfato, nuestra imaginación y
nuestras ansias de libertad.
Hay que servirse del plagio, del robo, de la lectura
crítica e imaginativa, de la poetización de la experiencia, de todo aquello que
nos sirva para reapropiarnos de nuestra historia, pero cuidando siempre que
esta búsqueda no degenere en ideología, en culto, en mito. ¡Reivindiquemos la
herejía! ¡Rompamos los textos sagrados, acabemos con los sacerdotes y sus
ridículos templos y derribemos las estatuas de sus pedestales! ¡No queremos más
momias, sino fantasmas que se muevan entre las sombras y agiten de nuevo el
miedo del enemigo!
El Capitalismo se adueña del pasado para asentar aún
más su dominio, aprovechando todo lo que puede serle de utilidad y arrojando al
basurero de la historia aquello que no le sirve, aquello que habla de una vida
libre al margen de la mercancía. Como los traperos que recorren la ciudad
recogiendo los trastos rotos, los pedazos y retales raídos de viejas telas que
ya no son de utilidad a sus dueños, así habremos de actuar, recorriendo la
historia y recogiendo aquellos fragmentos del pasado que el Capitalismo no pudo
remendar para con ellos tejer un nuevo manto con el que cubrirnos y salir de
nuevo a afrontar el temporal. Bajo la protección de ese manto tendremos que
avanzar cara al viento, pero siendo conscientes de que éste no nos proporciona
ningún poder mágico, sólo nos protege y resguarda de la lluvia y el viento, el
resto será tarea nuestra. Somos nosotros los que debemos avanzar para escapar
de la ventisca, caminar hacia adelante, hacia una nueva revolución cuyo
objetivo último habrá de ser siempre cumplir la promesa de redención que se
quedó por el camino, aquella que nos conduce hacia la libertad integral.
Para lograr este objetivo hay que hacer saltar el continuum de la historia, rompiendo esa línea recta que se
sustenta en la inmensa fosa común en la que quedaron apilados todos lo
derrotados de la historia. "A
nosotros, como a cada generación precedente, nos ha sido dada una débil fuerza
mesiánica sobre la que el pasado tiene derechos. No se puede despachar esta
exigencia a la ligera. Quien profesa el materialismo histórico lo sabe."
(Walter Benjamin: "Tesis sobre el concepto de
historia" § II). Esta exigencia de los oprimidos de ayer sobre los de
hoy se fundamenta en el deseo frustrado de felicidad que aquéllos no pudieron
ver cumplirse y que a nosotros nos cabe realizar, con ello vengaremos a
nuestros muertos haciendo realidad su proyecto y lograremos alcanzar por fin el
objetivo último que nos marcamos: realizar aquí y ahora la revolución que sitúe
a la felicidad, la libertad, el deseo y el amor como los fundamentos de
nuestras vidas, sin mediación ninguna, sólo nosotros y nosotras y la vida en
toda su plenitud.
No habrá
pacto ni perdón para el vencido
"Aniquilad
por tanto para siempre todo lo que un día pueda destruir vuestra obra"
Marqués de Sade
Son tantas las ilusiones y esperanzas que hemos visto
desvanecerse entre las brumas, tantos los muertos arrojados a la fosa después
de ser despojados de las pertenencias que podían ser útiles al vencedor, tantas
las dolorosas derrotas y humillaciones, que hace ya tiempo que debimos aprender
que no podemos fiar nada al futuro y que cualquier pacto o arreglo con el
enemigo es un eslabón más que añadimos a la cadena que nos ata. Esta cadena se
alarga, dándonos así la posibilidad de movernos por nuestra celda, pero no por
ello dejamos de estar encadenados, no por ello abandonamos la prisión en la que
nos tiene encerrados. Sólo seremos libres cuando rompamos en mil pedazos esa
cadena y derribemos los muros de la prisión. Sólo seremos libres cuando
desaparezca todo poder ajeno a nosotros. Sólo seremos libres, por tanto, cuando
destruyamos al Estado y a
No hay que dejar que nuestro pesimismo se convierta en
un lastre, en una invitación a dejar caer los brazos y capitular ante el
enemigo. Debemos buscar un equilibrio entre el pesimismo y la búsqueda
incansable de la libertad. El pesimismo crítico debe ser un arma contra el
Capitalismo, haciéndonos más precavidos y conscientes de la magnitud de la
empresa a la que aspiramos: la de su destrucción total. Al no esperar nada, al
no tener ilusiones, al no confiar en el futuro sabemos que sólo podemos contar
con nosotros mismos y con nuestra fuerza y voluntad y la de aquellos que
comparten nuestro objetivo, que son muchos más de los que pensamos. Con esto,
aunque no lo parezca, tenemos ya mucho ganado, pues al aprehender nuestras
derrotas sabemos que no hay reconciliación posible con el enemigo.
Debemos conocer a ese enemigo al que nos enfrentamos
tan bien como conocemos a nuestros amigos, así podremos anticiparnos a sus
pasos y tomarle ventaja. La estrategia de recuperación es una constante del
poder, sólo cuando esta estrategia fracasa enseña su otra cara, la de la
represión. Represión y recuperación son dos estrategias complementarias, las
dos tienen la misma finalidad: asegurar la continuación de lo existente. No se
debe caer en el error de pensar que una es menos mala que la otra. Tenemos que
precavernos de las dos caras del Jano capitalista, pero más si cabe de la
primera, la "amable", y para ello debemos conocer muy bien nuestra historia
y tener muy claros tantos los objetivos últimos que nos marcamos como la forma
en que el Capitalismo neutraliza a sus opositores. No hay que dejar espacio a
las sorpresas.
El pesimismo crítico carece de esperanzas, pero no de
objetivos. Quizás no sepamos explicar detalladamente qué es lo que entendemos
por una vida plena y libre, tan sólo podemos esbozar algunas ideas sobre lo que
queremos. Pero aunque esto a veces nos frustre no debemos dejar que se traduzca
en impotencia, pues quizás lo más importante ahora sea saber qué es lo que no
queremos de ningún modo: esta vida falsificada y sometida a los criterios de la
mercancía y a unos poderes que nos son ajenos. Es más importante y más urgente
tener claro contra qué luchamos que tratar de definir con exactitud cómo habrá
de ser nuestra vida en libertad. Lo que sabemos -o intuimos de ella- es una
sensación que nos recorre a cada instante y que nos empuja a seguir adelante,
pero nos cuesta transmitirlo, no encontramos las palabras, pero tenemos que
aprender a hacernos comprender sin ellas, con nuestra pasión y vehemencia. Ya
encontraremos esas palabras poco a poco, las iremos enlazando para construir un
proyecto sólido y de una belleza que vaya más allá de todo lo que nos han
enseñado. Ese proyecto no será nunca definitivo, pero concretaremos todo lo que
debamos concretar si conseguimos alcanzar la victoria algún día. Y ahí reside
también la belleza de nuestro proyecto, aprenderemos a caminar caminando, sin
más guía que nuestros pasos y la alegría y felicidad que nos proporcionará el
hacerlo por nosotros mismos, sin importar que en ocasiones podamos dudar,
tropezar e incluso caer, porque podremos levantarnos y seguir caminando.
Tampoco sabemos cómo habremos de alcanzar esa
victoria. No nos debe preocupar no tener un programa definido que nos indique
como hacerlo, lo debemos ir creando y modificando conforme avanzamos,
aprendiendo de los errores. Conocer la historia nos puede ayudar, pero no para
establecer un guión que seguir al pie de la letra, sino para hallar pistas que
nos orienten y buscar estrategias que se irán completando con las que vayamos
descubriendo, inventando sobre la marcha, improvisando, pero improvisando sobre
la sólida base de un conocimiento profundo de nuestra historia, aprendiendo de
ella qué es lo que más daño le hace al enemigo y qué es lo que sólo lo hiere
superficialmente.
Hay que hostigar constantemente al enemigo,
confundirlo, desorientarlo y tratar de causarle el mayor número de bajas. Pero
sobre todo no debemos confiar nunca en él, no aceptar sus regalos, pues no son
más que caballos de Troya que se volverán contra nosotros. Y tampoco debemos
dejarnos atrapar en las redes que nos tiende, evitar siempre mover la ficha que
espera que movamos. La guerra social basa su fuerza en la belleza y verdad de
sus objetivos, no en la ideología, la organización o el militantismo, hay que
desterrar de ella estos males que la han aquejado durante tanto tiempo, pues no
son más que formas alienadas de combatir la alienación. La jerarquización,
la militarización y la subordinación de la acción a una ideología sólo sirven
para la continuación de lo existente, que se reproduce así en las propias filas
de aquellos que dicen combatir su dominio. Se actúa como el enemigo quiere que
actuemos, dándole la ventaja de poder adelantarse a nuestros pasos. Hay que
golpear como sin querer pero sin tregua, sin esperar nunca nada, pero sin ceder
ni desesperar jamás, "que tu enemigo no tenga tiempo de orientarse, y no
pienses en recoger los frutos de tu victoria más que cuando su derrota completa
te haya puesto en situación de hacerlo con seguridad, con tiempo y con
tranquilidad." (Sun Tzu: El arte de la guerra).
Seamos incansables y no cedamos al desaliento, utilicemos la imaginación, pues
una jugada que el enemigo no espere y que le ponga en ridículo haciendo ver lo
absurdo de su existencia puede hacer más por nuestra lucha que otros métodos
que son tan predecibles y por ello tan fáciles de controlar que el Capitalismo
puede darles la vuelta y utilizarlos para reforzar su poder. Desterremos de una
vez por todas esos métodos, seamos como sombras pero
no nos movamos en la sombra.
La revolución se construye cada día y no será a base
de militantismo, de rostros avinagrados incapaces de sonreír y de cultura de
ghetto como la haremos, sino compartiendo, creando, amando, riendo, soñando,
pues nada molesta más a los que se creen los dueños de la vida que alguien
pueda mirarles a la cara y volverles la espalda riéndose de ellos tras
asestarles un golpe. La revolución habrá de ser una fiesta y de la fiesta
deberá nacer la revolución: "Para
las masas en su existencia más honda, inconsciente, las fiestas de alegría y
los incendios son sólo un juego en el que se preparan para el instante enorme
de la llegada de la madurez, para la hora en la que el pánico y la fiesta,
reconociéndose como hermanos, tras una larga separación, se abracen en un
levantamiento revolucionario." (Walter Benjamin:
"Sombras breves"). Preparemos la mecha: riamos y dancemos hasta
en los propios salones de la burguesía. Y con una sonrisa en la cara golpeemos
sin piedad ni misericordia. Pero que esa fiesta no implique dejación de
responsabilidades, sabemos de la seriedad de nuestro objetivo y de la
responsabilidad de la lucha que nosotros mismos hemos escogido. Nuestra lucha
es alegre porque creemos en la vida, pero no por ello debe ser banal e
irresponsable.
Si el enemigo se infiltra en nuestras filas, ¿por qué
no habremos de hacer lo mismo nosotros? Pero lo haremos a plena luz del día y
con alevosía. Que cada lugar de trabajo sea un espacio para la práctica del
sabotaje. Que la escuela no forme ciudadanos sino que cree terroristas poéticos
que ataquen sin compasión. Que las mercancías dejen de serlo, convirtámoslas en
lo que queramos o hagámoslas arder por el simple placer de contemplar las
llamas, si nosotros no les concedemos el valor que nos dicen que tienen,
mágicamente dejan de tenerlo. Que la ciudad entera se paralice para contemplar
una puesta de sol. Que las banderas negras ondeen en los edificios del
gobierno. Que las llamas alcancen el corazón de las ciudades. Que la vida
vuelva a las calles y la embriaguez se contagie por doquier. Que en cada
ocasión que salgamos a la calle el poder tiemble pensando si será esta la
ocasión en la que volveremos a ponerlo contra las cuerdas. El Capitalismo se
sustenta en el control de la totalidad de nuestra vida, pero si dejamos de
pensar en él como un monstruo inabarcable dejará de serlo, pues no es una
abstracción, sino una realidad compuesta de hechos concretos y de personas que
la hacen posible y entre aquellos que la hacen posible también nos encontramos
nosotros. Cada día colaboramos, consciente o inconscientemente, nos guste o no
nos guste, en su sostenimiento. Empecemos a ser críticos con nosotros mismos y
a practicar la revolución cada día, negándonos a aceptar las condiciones que
marcan lo existente, neguemos el trabajo, el dinero,
Si empezamos a pensar que nuestra revolución puede
llegar a ser algo más que bonitas palabras y vagos ideales estaremos empezando
a construirla, a hacerla. Hagámosla ya, sin prisa pero sin pausa, tratando de
evitar los errores del pasado, aprendiendo de ellos y organizando nuestro
pesimismo para que éste no se convierta en un dejarse llevar a la melancolía y
la desilusión sino en un anhelo por cumplir la promesa de felicidad que tenemos
como objetivo supremo. Y nuestro pesimismo también nos debe enseña que la
liberación no llegará por arte de magia sino que habremos de conquistarla tras
mucho luchar, arrancándosela a nuestro enemigo de sus garras cuando yazca
muerto en el suelo. Pero esa lucha tiene que nacer de la alegría de vivir,
huyendo del estoicismo, del masoquismo y del moralismo amargado y autocastrante en el que ha caído tan a menudo la izquierda.
El enemigo nos quiere tristes y decaídos, sin posibilidad de comunicarnos ni de
amar. Utilicemos esas armas que trata de escondernos. Debemos luchar contra él
con rabia y con alegría, con las armas en la mano y el corazón en el puño, con
profundo odio e infinito amor, pues sólo así lograremos la victoria. Cuando la
hayamos logrado, la fiesta podrá continuar, la fiesta será entonces una
realidad.
"Siento
deseo y busco con ardor." (Safo)
Post
scriptum
Releyendo este breve texto tras un necesario período
de reflexión todos los errores que contiene se me aparecen
nítidamente, especialmente en su parte final, en la que he tratado de mostrar
que no todo está perdido y que todavía se puede luchar por derribar el sistema
que nos asfixia y tomar el control absoluto de nuestras vidas. Sin querer
disculpar mi autorreconocida incapacidad para ir más
allá de un vago esbozo al respecto, considero que este problema no me afecta
sólo a mí, sino también a análisis mucho más lúcidos, coherentes y profundos,
es un problema que afecta al conjunto de la crítica social. Parece como si
todos los análisis de la realidad y de la parálisis que afecta al pensamiento y
la acción críticos fallasen siempre en ese punto, en el de tratar de plantear
cómo podemos superar esta situación. Somos capaces de analizar la deriva
totalitaria de esta sociedad hasta en sus aspectos menos evidentes y más
oscuros con una gran eficiencia (en muchos casos), pero parece que no podemos
plantear un proyecto sólido que consiga inspirar algo más que desprecio hacia
el sistema capitalista. Y la situación empieza a ser desesperada, porque el
avance del capitalismo y de la artificialización de
la vida hace cada día más necesario que planteemos esa alternativa, pues puede
llegar un momento en que la situación sea irreversible. Ya no basta con
criticar, hay que empezar a golpear, pero para ello debemos tener algo más que
vagos ideales, necesitamos algo sólido a lo que aferrarnos y a partir de ahí
empezar a derribar este mundo.
Quizás uno de los problemas (entre otros muchos) para
lograr esto resida en la desconexión y la falta de comunicación existente entre
nuestras propias filas. Cualquier análisis, por lúcido que sea, fallará siempre
en este aspecto. Podemos encontrar individualmente una grieta por la que se
filtra la luz, enseñándonos la salida, pero para hacer realidad ésta hacen
falta muchos brazos que trabajen para agrandar esa grieta. Tal vez sea hora de
empezar a trazar una alternativa fuerte y coherente, porque si no, a pesar de
nuestras palabras, de todos nuestros análisis y buenas intenciones, algún día
habremos de echar la vista atrás y lamentarnos por no haber actuado a tiempo.
Desde aquí me atrevo a hacer un llamamiento a esa acción colectiva que supere
la crítica.
*
Colectivo
20-02-2007