Mis novelas gratis
Alberto Vázquez-Figueroa
A
partir de ahora mis novelas se editarán simultáneamente en edición “cara”, de
las llamadas “de tapa dura”, en edición de bolsillo a mitad de precio, podrán
descargarse gratuitamente en “Internet” y todos los periódicos o revistas que
lo deseen están autorizados a publicarlas al estilo de las antiguas novelas por
entregas con la diferencia que en este caso no tendrán obligación de pagarme nada
en concepto de derechos de autor.
Me han preguntado si es que me he vuelto
loco, me sobra el dinero o pretendo arruinarme y arruinar de paso a mi editor. No
es el caso.
He meditado largamente sobre el tema y
he llegado a la conclusión de que hoy en día hay público para todos los niveles
adquisitivos del mismo modo que quien lo desea puede almorzar en un restaurante
de lujo, en una simple hamburguesería e incluso acudir a un comedor social.
También puede hacerse un traje a medida,
comprárselo en unos grandes almacenes o en un rastrillo dominguero.
Igual ocurre en la mayor parte de las
facetas del consumo, excepto en lo que se refiere a los lectores que tienen que
resignarse a pagar el precio que marca el editor que ha adquirido los derechos en
exclusiva de un determinado libro o aguardar años hasta que se edite en
bolsillo.
Y desde luego nunca lo obtendrá gratis.
Y se me antoja injusto porque la cultura
es tan importante como comer o vestirse, y desde luego mucho más importante que
adquirir un coche donde se ofrecen cien gamas de precios donde elegir.
Mi próxima novela trata sobre Irak y las oscuras maquinaciones de las
grandes compañías americanas que inventaron la existencia de armas de
destrucción masiva con el fin de iniciar una guerra que ha costado casi medio
millón de muertos y nunca podrá ganarse,
pero que produce miles de millones de beneficios a empresas directamente
ligadas a lo mas altos cargos de la administración republicana.
Y a mis lectores, cualquiera que sea su condición
social o capacidad adquisitiva, ese tema
les interesa conocerlo a fondo en estos momentos, no dentro de dos años,
que sería cuando cualquier otra editorial considerase que ya había exprimido al
máximo el limón de la “tapa dura” y tuviera a bien editarla en bolsillo para
unos lectores “De Segunda Categoría”.
No deben existir lectores de segunda ni
de tercera categoría, porque lo que importa es su relación directa con el autor
independientemente de lo lujoso que sea el vehículo que proporcione dicha
relación.
Al cumplir cincuenta años como escritor
muchas personas me han asegurado que se acostumbraron a leer con mis novelas de
aventuras, y aunque algunas me han sido infieles con el paso del tiempo, lo que
importa es el hecho de que empezaron a leer y aficionaron de igual modos a
quienes les rodeaban.
Folletines del estilo de “Los tres
mosqueteros”, “Los Miserables” o “El Conde de Montecristo” consiguieron que, al poder acceder
gratuitamente a tan magníficos textos, en el transcurso de una sola generación
el número de lectores franceses se multiplicara por tres.
Los editores no tienen derecho a
quejarse de que “se lee poco” mientras mantienen el control sobre el precio de
lo que en ese momento interesa, ni las autoridades deberían promover absurdas campañas
publicitarias que no conducen mas que a gastar dinero; lo que deben hacer es presionar
a los editores a la hora de poner los libros al alcance de todos los bolsillos.
Personalmente
prefiero que me lean dos estudiantes, obreros o secretarias en el autobús por
siete euros, que un alto ejecutivo en su cómodo despacho por veinte, porque
aunque gane menos si el libro es bueno esos dos lectores se convertían en
cuatro y luego en ocho, y resulta evidente que existen muchos mas obreros,
estudiantes y secretarias que altos ejecutivos.
Y si el libro es malo ni unos ni otros
lo comprarán.
En
cuanto al hecho de ofrecerlo gratuitamente en “Internet” tengo claro que quien
lo descargue de la red nunca hubiera comprado mi novela, o sea que prefiero que
me lea gratis a que no me lea.
Tal vez la próxima vez se decida a
comprar un libro aunque no sea mío.
Algo es cierto: he vendido casi
veinticinco millones de libros y todo el dinero que me han pagado me lo he
gastado, pero una gran parte de los lectores que he conseguido, aun los
conservo.
Y de todo el dinero que gané la mitad se
lo llevó Hacienda.
Sin embargo Hacienda aun no ha logrado
arrebatarme un solo lector.
En Inglaterra, país culto donde los
haya, los escritores no pagan impuestos por el fruto de su trabajo, pero en
España, pese a pertenecer también a
Eso significa que un escritor ingles
cuenta con el doble de medios económicos que yo para viajar o investigar a la
hora de encarar un nuevo trabajo.
Eso no evita que las autoridades españolas
se lamenten de que nos esté invadiendo la cultura anglosajona, y lo único que
se les ocurre para remediarlo es adquirir los más emblemáticos y costosos
edificios de cada capital con el fin de instalar un nuevo Instituto Cervantes
en el que dar cobijo a “intelectuales” afines al partido que se encuentre en
esos momentos en el poder.
Para nuestra voraz, inculta y derrochadora administración
tan solo somos europeos cuando conviene, y esa es una de las razones por la
que prefiero regalarle la mitad de mis
ganancias a unos lectores anónimos que tal vez me lo agradezcan, que a un
gobierno que no solo no lo agradece, sino que no acepta que para escribir un una
novela interesante sea necesario viajar e investigar, e incluso amenaza con
quedarse con mi casa.
Siento curiosidad por saber si las
editoriales continuarán con su absurda política inmovilista o comprenderán que
es hora de renovar unos hábitos que no han evolucionado un ápice en trescientos
años mientras que a su alrededor el mundo se transforma a marchas forzadas.
En mi juventud una película se estrenaba
en una única y enorme sala, estaba casi un año en cartel y tan solo entonces
pasaba a los cines de barrio. Hoy se estrena en cuarenta multisalas, a los quince
días se edita en “DVD”, al mes se compra en televisión, y se puede ver en las
cadenas abiertas a los tres meses.
Si las grandes productoras
cinematográficas, con sus complejos estudios de “marketing” han llegado al
convencimiento de que esa es la formula que conviene en los tiempos que corren,
las editoriales deberían tomar buena nota al respecto.
El mundo del libro tiene la enorme
suerte de que no resulta rentable a los “piratas” del “Top-Manta” que tanto daño hace a las industrias del cine
y la música, pero por eso mismo, y por la gran competencia de la televisión y
todo tipo de deportes de masas, los que lo gestionan deberían plantearse un
cambio radical e intentar conseguir lectores antes que beneficios.
Sin lectores no hay beneficios, y cuando
haya muchos lectores ya llegarán los beneficios.
Resultará
muy interesante comprobar si los Ministerio de Cultura y Hacienda seguirán
opinando que es preferible que los empresarios -en este caso los editores-
continúen manteniendo el privilegio de abaratar los precios únicamente cuando les
convenga sin tener en cuenta los intereses de los lectores, al tiempo que no
cesan de apretarle las clavijas al pobre trabajador -en este caso el autor.
Por lo visto un gobierno que se
autodenomina socialista considera que es preferible proteger al que se
beneficia económicamente de la cultura que al que la crea.
Existen varias editoriales
multimillonarias, pero ni un solo autor español mínimamente
“acomodado”
El viejo dicho, “En España escribir es llorar”
ya no tiene sentido: debería decirse “En España escribir -y leer- es pagar”.
Aunque
lo cierto es que a la hora de pagar la mitad de lo que se gana a una
Hacienda que no da nada a cambio, entran ganas de llorar.
A.V-F